La nube en el suelo. Capítulo 1. 13

            Los paisajes se transforman, aun cuando los espacios sigan permaneciendo donde los dejamos años antes y se produce una lucha en el interior porque la memoria te los presenta de una manera extraña, distinta e irreconocibles porque los proyecta en el tiempo en el que los abandonaste, los superpone en la consciencia y lo idealizado se derrumba cuando observas que el paraje cambia, como cambiamos nosotros, que hay un ritmo en la naturaleza que continúa su rumbo imperturbablemente, sin tener en cuenta ni sentimientos ni deseos ni la nostalgia que anida en el corazón del humano. Hay una transposición de elementos que modifican la vista, que aturden los recuerdos. ¿Cómo nos verán aquéllos con los que compartimos los primeros juegos, los que nos formaron en los primeros años del colegio, los mayores que nos reprendían cuando ocasionábamos alguna trastada y huíamos aterrorizados del castigo que nos esperaba? ¿Cómo reaccionaremos cuando reconozcamos un brillo especial refulgiendo en una mirada, en la alegría reflejada en una sonrisa que retiene los mejores momentos, los recuerdos felices de un infancia, ya tan lejana, que ya sólo un tenue velo donde se plasma la nostalgia, de tan fina hilatura que se rasga con las primeras contradicciones y resonancias que invaden el presente para aletargarlo y mostrar la certidumbre de la vida que pasa, de los años que nos vencen?

            Reconocí en la tibieza de la mirada, en la vista que se vuelve cuando nos cruzamos y el sentido se torna palabra que se injerta en el oído de la acompañante y sobrevuela la sensación de los años que regresaban, la conmoción de la ruptura del tiempo que provocaban las imágenes contradictorias de un tiempo pasado, figuras que regresan despojadas de la edad que compartimos e inequívocamente nos sustraen del presente. No es la remémora lo que nos hace felices en ese instante sino la imagen de la amiga que ha siseado tu nombre a su confidente, casi un suspiro pero audible a tus sentidos, que ha reconocido tu imagen a pesar de los años, a pesar del tiempo que todo lo espacia, que todo lo remueve, que nos rescata del olvido en el que hemos estado sumidos porque no teníamos constancia de que seguimos siendo presencia en la mente de otros, que seguimos jugando, hasta aquel mismo y preciso instante en el que intercambiamos la luz de nuestros ojos, en los paraísos que compartimos en la infancia y que ahora en la mocedad renovamos para instituir una nueva imagen, un concepto de las manos, de unos ojos que preservan la misma vida que conocimos, de un cuerpo que ha evolucionado y que se muestra con redondeces y formas que sugieren sensaciones nuevas, que provocan el deseo y una leve alusión a la lujuria. Te reconforta saber que aún perdura el recuerdo de aquella aventura en la que participaste, de aquellos momentos en los que fuiste aclamado como un héroe junto a los amigos, emergiendo la figura del hombre de la luna instruyéndonos en la conciencia de la verdad y la solidaridad, la mente preclara del extranjero que asociamos con el primer astronauta que pisó la luna, el viajero de palabras extrañas que confundía las palabras en su significado, en la significación y tergiversaba las situaciones entre las risas de aquellos niños que le auxiliamos, que le ayudamos en aquel verano del sesenta y nueve. Te conforta que aun asocien tu figura a aquel tiempo de ventura e inocencia, vencidos por el albor de la niñez que comenzaba a destetarnos, que las calles por las que corrimos un día permanece aún la sombra de nuestras figuras estirándose por las fachadas, desapareciendo por una esquina y que, de un momento a otro, se asomará tu madre al pretil de la ventana y te reclamará para almorzar o porque llega la hora de la siesta. Es aquel reconocimiento el que ha restituido, por unos segundos, la época de la épica, la sucesión de los años vencida por el cruce de una mirada o el susurro de tu nombre, eclosionado por unos labios que reposan en el recuerdo, perpetuándose en la intrahistoria de alguien de quién no tenías constancia, para quién eras un desconocido, un ser inexistente hasta aquel preciso momento.

            Juanlu llegaría algo más tarde, esperaría a Carmen que regresaba de pasar unos días de vacaciones en la ciudad paterna. Al igual que Alonso, tenía un vespino con el que realizaban los encargos de en sus respectivos trabajos. El primero en la relojería familiar que les procuraba un sustancioso sustento a todos los componentes del clan de los Vázquez; el segundo, en el taller de mecánica, donde trabajaba y del que hacía uso, en las jornadas festivas, para su empleo particular. Con él llegaría Juan. José Manuel trasladaría a las niñas, seis en un seat ciento treinta y tres, hasta la piscina de Coria. El resto manteníamos el reto de arribar corriendo al centro de diversión que se extendía por todo el promontorio ante el que se presentaba toda la ribera de la localidad. El río, como centro neurálgico de la vida local, descendía presuroso hacía su desembocadura, algunos kilómetros adelante, en Sanlúcar de Barrameda. La corriente provocaba el leve cuneo de las falúas que se dedicaban a la captura del barbo y del sábalo, que se preparaba en adobo para el consumo humano. Así quedamos, aquel domingo de julio, en la puerta del cine Delicias, los valientes que íbamos a cubrir el trayecto hasta la piscina corriendo. Nuestras pertenencias y avituallamiento para jornada, la portaban las niñas. José María, llegó el primero, a las ocho treinta, inmediatamente aparecimos Antonio, Isidoro y yo. Ya no echábamos en falta a Jesús María. Octavio apareció cariacontecido, excusándose por haber tomado la decisión de no participar en el reto. Nos acompañaría hasta el Barranco, donde paraba el autobús cuyo destino era la referida piscina. Al parecer tenía algunas molestias en el abductor, un término con el que comenzábamos a familiarizarnos por las retransmisiones deportivas, especialmente por los programas deportivos de Radio Sevilla y Radio Popular, y que él había tomado como propio para echar el hígado apenas cruzáramos el arco de la Macarena.

            Habíamos planificado el recorrido, con todo lujo de detalles, la noche anterior. Nos decidimos por el más fácil, transitar por la ronda, alcanzar el muro de la calle Torneo, largo y pesado, acceder al puente de Chapina, cruzar por la vega del Triana, esquivando el asentamiento gitano que tenía establecido su campamento en esta zona, a campo a través, llegar a Tablada, cruzar el puente de San Juan de Aznalfarache y tomar, dejando a un lado Gelves, la carretera de la Puebla e ir desquitándonos los diez kilómetros en aquella recta que parecía no tener fin. Todo se nos presentaba perfecto. El frescor de las primeras horas de la mañana nos soliviantó el espíritu, ese halo de atleta épico ateniense. Recorrimos los primeros metros y mediada la calle Torneo tuvimos que hacer un receso en nuestra demostración deportiva porque Antonio, apoyándose sobre uno de los murales que ornamentaban aquella pared que nos ocultaba a la vista los raíles de las vías del tren, comenzaba a dejar unas muestras de sus jugos gástricos, de restos de la cena del día anterior, con los ojos desorbitados por la fatiga, con un acceso de insuficiencia respiratoria que comenzaba tornar el sonrosado natural de sus mejillas por una leve tonalidad morada salpicada por unas manchas cárdenas. Cuando bromeamos sobre si aquella víscera que nos había adelantado y huyendo de algún cuerpo agotado y sin oxígeno, era su hígado, levantó la mirada y solo la falta de aire en sus pulmones impidió una respuesta contundente y con alguna alusión a nuestras familias, hecho que pudimos corroborar en la intensidad de mirada y la contrición gesticular de su rostro. Octavio aprovechó la situación y se ofreció para acompañarlo hasta el Barranco. Ambos tomarían el autobús. En la plaza de Armas, una jaculatoria de bromas y risas, procedente del vehículo donde las niñas viajaban, nos increpó jocosamente, actuación que motivó la honra de José María que arreció en su carrera hasta que el cientotreintatrés se perdió por la avenida, dejando a un lado las instalaciones de Chapina.

            En Gelves nos motivamos unos a otros, lamentando no haber efectuado una parada en el edificio, que años antes era estación del tranvía, y había sido reconvertido en pequeña taberna, un local que atendía a los eventuales viajeros que desviaban su trayectoria en sus desplazamientos a la ciudad. El calor comenzaba a hacer mella en nuestros cuerpos cuando avistamos en el naranjal que nos anunciaba la proximidad del destino final. José María marcaba el ritmo y no dejaba que le releváramos en esa tarea. Cuando lo intenté aceleraba e impedía que le sucediéramos. Era una cuestión de honor, supongo. Isidoro no cayó por vergüenza pero le costaba seguir el ritmo impuesto. Cuando logramos alcanzar nuestro propósito fuimos recibidos, no sabemos si en chanza o en reconocimiento a la proeza, una salve de aplausos del resto de nuestros amigos. Pero a nosotros nos sirvió de acicate y saltamos de júbilo, como si hubiéramos ganado la maratón de Nueva York.

            Alonso y Juan se tiraron de cabeza provocando una eventual lluvia en los accesos de la piscina, siendo reprendidos por el socorrista, hecho que inmediatamente olvidaron cuando, tomando a Octavio, uno por los pies y otro por las manos, lo lanzaron sin compasión al agua, suscitando otra amonestación del vigía, esta vez con mayor prestación y seriedad, advirtiéndoles que ya no les consentiría ninguna otra barbaridad que pudiera molestar al resto de bañistas, algo insólito, pues en aquel momento solo estaban ellos en el interior del inmenso estanque.

            El complejo recreativo era inmenso y fue modelo y referencia de los existentes cuando fue construido. Tenía una zona de baños, delimitando sus espacios según las edades a las que estaban destinadas. Así mantenía distintos aljibes, hasta seis. Una de tamaño olímpico, con sus calles de competición señaladas, aunque nunca llagaran a disputarse pruebas de carácter deportivos. Otra para pequeños, para niños menores de cinco años, que podían ser acompañados por sus tutores. Junto a ésta, la más espectacular, no por su tamaño, que venía ser como la adjunta, sino por su profundidad y mantenía un trampolín donde ejercitaban los mozos las más tristes y patéticas piruetas, que no acabaron en desgracias por intervención de la divina providencia. Allí realizó Juan un salto contorsionado, con la intención de impresionar a mi hermana, con tan mala fortuna y tan poca destreza, que tras dar una vuelta sobre sí mismo, sus piernas colisionaron con en el borde de la tabla, suerte que no fue con la cabeza, y cayó sobre la lámina de agua componiendo una estrambótica figura que provocó la hilaridad de los presentes y recochineo de todos nosotros. Salió de la piscina con el bañador a media pierna e intentando disimular su torpeza, e incluso realizó el penoso y jocoso comentario sobre la virtud de su salto. Cuando las niñas huyeron del hilarante suceso, por no dar mayor escarnio que el que le estábamos dando sus amigos, se dobló sobre sí mismo, henchido por un gran dolor, rogó que le acercáramos al puesto de socorro porque creía haberse roto la espalda, solicitud que ignoramos lanzándolo otra vez al fondo de la piscina. La cuarta piscina era circular, también dedicada al divertimento y baños de niños, aunque en ésta ya había cierta profundidad para los menores de ochos años. Le rodeaba un campo con diferentes aparatos de juegos donde se esparcían y gastaban sus energías los infantes. Y después estaba la mayor, la familiar, de una longitud extraordinaria, rodeada de zonas verdes y frondosa arboleda, a cuya sombra solíamos situarnos para esquivar la dureza del sol, especialmente a media tarde. Por eso procurábamos ser de los primeros en entrar y tomar aquella zona como nuestro fortín para jornada.

            También poseía el complejo con zonas deportivas, pistas de tenis, salón de juegos recreativos, campo de fútbol y un excelente y majestuoso servicio de restaurante, perfectamente adecuado para la reunión familiar que decidía llevar su propio avituallamiento y otro más selecto y reservado para aquellos que preferían hacer uso de los servicios gastronómicos que se ofrecían en el establecimiento.

            José María y yo manteníamos una fraternal disputa tenística, desde hacía algunos años, que casi siempre se resolvían a mi favor. Antes de iniciar los baños, de participar o sufrir las bromas del resto de la pandilla, cogíamos las raquetas y bajábamos a las pistas de tenis para dirimir nuestras cuitas deportivas que siempre terminábamos tomando una cerveza, en el pequeño ambigú situado al fondo de las instalaciones deportivas, recordando el punto tal y cual. Con José María no había problemas en los términos legales del juego, en el cumplimiento exacto de las reglas, pues él mismo se ocupaba de dar por mala una bola suya y procuraba, casi siempre, corresponderle en su honestidad.

            El recorrido de los trece kilómetros empezaba a hacer  mella en mi resistencia física, máxime cuando el calor comenzó a apretar en la medianía del día. Jugábamos partidos a cinco set, para no ser menos Guillermo Vilas o Björn Borg en Rolang Garros o Wimblendon. Llegamos al quinto set empatados. José María sacaba para ganar y yo esperaba la bola concentrado no estaba dispuesto a ceder y crear un hito que propiciara exceso de confianza en mi contrincante. Sucedió en un segundo. Una ojeada a la estrecha vereda que bajaba, por la ladera de la colina, y por la que accedíamos a los campos de juego, motivo mi distracción, un hecho fatal para el desarrollo del juego. Era una visión escatimada y pequeña pero advertí la silueta de Carmen descendiendo por la estrechez del camino. Un segundo puede conformar una eternidad en la admiración de la belleza, puede terminar con todo el tiempo del universo. Advertí hasta la sonrisa y un gesto de su mano alzada saludando, sacudiendo el aire y provocando que el cumplimiento de todas las leyes físicas del universo sucumbieran ante la sonrisa que profería, ante la grandilocuencia de sus ojos observando mi hazaña. Recordé las melodías que disfrutamos aquella noche, las pausadas letras de amor armonizadas con la música, sus manos posadas sutilmente sobre mi cuello y las mías circundando la calidez y la sensualidad de su cintura, sus palabras y mis silencios. Todo aquello en un segundo. Lo que duró en recorrer la bola el espacio que abarcaba desde la raqueta de José María hasta el inicio de mi frente, justo donde se conjunta la ceja y la órbita ocular. Después la oscuridad y el silencio. Había intentado sacar con toda la fuerza que guardaba aún, con tan mala fortuna que no encuadró bien la bola en la red trenzada convirtiendo la trayectoria de la bola en un misil directo a mi rostro. Dicen, yo no tengo constancia alguna ni guardo recuerdo de ello, que al ver la consecuencia del error intentó saltar la red para socorrerme, tropezando en la banda superior y cayendo de bruces sobre el cemento. Así que tuvieron que atender a dos en vez de uno.

            Cuando recuperé la noción del espacio y tiempo que nos mueve en la conciencia vi el rostro compungido y preocupado de mi hermana, la sorpresa en los ojos de Toñi, una mano de Inés intentando, con un trozo de hielo, bajar la inflamación del ojo, las sonrisas de José Manuel y Juan, las voces sobre las desdichas que nos habían ocurrido aquellos días. Pero fue la silueta de Carmen, atendiendo a José María, la que me hizo recuperar las sensaciones y la sonrisa cercana a mi rostro, cuando preguntó por mi estado y posó su mano sobre la hinchazón de mi ojo.

            En el autobús, ya de vuelta, con la tarde cayendo a nuestras espaldas, intentando esquivar la oscuridad que se cernía tras lomas del aljarafe, eludir el paso del tiempo, conversamos sobre el suceso y reímos y hubo miradas de complicidad en los sentimientos.

            Con movilidad limitada por los accidentes, logramos llegar al Burladero. Alguien echó un duro en la máquina de discos y sonó José Luis Perales cantando al Amor. En el silencio, con las cervezas en las manos, Antonio se acercó para musitarme una estrofa de la canción y susurrarme al oído sobre el destello en la mirada de Carmen aquel domingo, cada vez que hablábamos. Y esa noche fui feliz, a pesar del moratón en el ojo y de conceder la victoria a José María, en aquel partido de tenis.

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