La nube en el suelo. Capítulo 1. 15

            Habían pasado algunos días desde que Isidoro tuviera la suerte de atrapar el balón de la gesta futbolística de nuestro equipo. No hacía más que presumir de aquella causalidad del porvenir, el azar atado a la decisión que nos hizo felices a todos aquel día. Enseñaba el cuero a todos los que quisieran acudir a su casa donde lo tenía expuesto en una vitrina junto a la entrada del épico encuentro y junto al diploma del Ministerio de Educación y Ciencias que le distinguía como bachiller elemental, el certificado de estudios primarios que consiguió al término de la primera fase de la EGB. Esa era toda su gloria académica y la única necesaria comenzar a trabajar en un taller de anuncios luminosos, donde entró de aprendiz para guiarse entre neones y fluorescentes, entre escaleras y ruedas de cables, entre rótulos  luminiscentes que llamaban la atención de los viandantes. Guiños de colores eléctricos para difundir un producto, señuelo propagandístico parpadeando en los frontales de los bares o en las esquinas de las grandes tiendas de confección anunciando el género. Muchas de aquellas llamadas a la publicidad, que exponían los comerciantes como reclamo, sustituyendo los viejos paneles informativos de llamativas caligrafías y artísticas composiciones  pictóricas, habían sido instaladas por el equipo del que formaba parte y le gustaba vanagloriarse de ello, le gustaba aquel trabajo que tenía hasta cierto riesgo y que jamás supimos si nos engatusaba con sus alardes de equilibrio para instalar el neón que anunciaba la central financiera del Monte de Piedad y Caja de Ahorros o simplemente nos confundía para pavonearse ante las niñas, especialmente ante Inés, en quién había puesto sus ojos el primer día que las conocimos. Se jactaba de enunciar situaciones de alto riesgo, de vivir situaciones de peligro de los que solo James Bond era capaz de salir airoso. Más de una vez reíamos sarcásticamente aquella elucubraciones que solo debían habitar en la febril mente de una persona enamorada, en una persona que pretendía subsanar sus carencias culturales con aquellas aseveraciones que traspasaban los límites de la realidad. En alguna que otra ocasión incluso, cuando se levantaba para acercar los tanques de cerveza a la mesa, en aquellas tardes en las que no teníamos mayor ocupación que la tertulia, al amparo de los bocoyes de la bodega de los Modiles, Antonio nos hacía un guiño, un gesto de complicidad, para restar importancia a lo que su hermano pregonaba con tanta vehemencia. Pero todos aceptábamos aquellas fábulas, todos asentíamos en los relatos de nobel instalador de anuncios, todos asumíamos la dudable verisimilitud de sus narraciones porque necesitábamos que nos creyeran en la nuestras, que se confabularan con nuestras disertaciones en las que siempre intentábamos impresionar a la niña de nuestros ojos, necesitamos recubrirnos del halo de heroicidad con los nos rodeábamos para sentirnos imprescindibles en el argumento teatral que construíamos cada día. Qué sería de nosotros, en esa edad en la caminamos vertiginosamente por los aleros de la mocedad, sin ese ápice de fantasía que nos recupera a la infancia, que se nos hace imprescindible para introducirnos en la pubertad, aún sabiendo que no éramos creídos, que las historias morían adormecidas en las almohadas, tal vez envueltas en una sonrisa de sarcasmo. Qué hubiera sido sin aquellas dosis de ingenuidad que luego sirvieron para conformarnos en la verdad, para instruirnos en la variedad sentimental que provocaría desengaños, desastres anímicos y turbulencias tan extraordinarias en el corazón, que motivarían el desprecio y la desconsideración hacía la existencia misma. Fantaseábamos y tergiversábamos la realidad socavándola para sentirnos útiles, nuevos seres de una sociedad que comenzaba excavar en el cielo para hallar soluciones de un pasado inaudito, de unas décadas demolidas por la ignorancia, en la creación de una historia en la que nos preconizaban un lugar destacado. Buceábamos en la manipulación de la propia costumbre para poder inmiscuirnos en la profundidad de la inocencia, para desasirnos de la cotidianidad que nos amenazaba con la ruindad de la rutina. Queríamos dejar la infancia para convertirnos en hombres precipitadamente, sin atender las épocas naturales, ni las reglas de las emociones que vienen adscritas en cada una las etapas. Por eso nos figurábamos héroes en la condiciones de la cotidianidad, para hacernos mayores de inmediato, para simular unas vivencias que sólo eran posible en la ficción cinematográfica o en las páginas tintadas de una novela de Julio Verne o Emilio Salgari, primeras lecturas donde descubrimos galanes y protagonistas triunfadores en sus hazañas épicas, o de Valle-Inclán, Baroja o Miguel de Unamuno, personajes apesadumbrados por la fatalidad en el amor y en la vida. Necesitábamos de los modelos que se nos presentaban, de la iconoclastia que llegaba a través de la televisión o de la radio, figurarnos en la misma condición de los actores que nos falseaban la vida, convertirnos incluso en intérpretes de nuestras propias experiencias, magnificándolas, extrayéndolas de su natural contexto para poder simular una existencia que no nos correspondía pero que nos concedía la posibilidad de crecer si éramos capaces de ir seleccionando nuestras verdades, apartándolas de las ficciones y elucubraciones, desechándolas a los arcenes y tomando solo aquellas que permitieran reconocernos. Pero éramos adolescentes ahítos de inquietudes propias de nuestra edad en tiempo de nuevas emociones, circunspectos espectadores de una transición ideológica en un país que comenzaba una nueva era, de unos años que venían a descubrirnos una manera distinta de vida, de enfrentarnos en ese tránsito a condiciones inesperadas, a situaciones inauditas y extraordinarias. Jóvenes en una ciudad de provincias que teníamos que luchar diariamente contra la atonía y la monotonía de sus propias costumbres.

            Todas las tardes del verano comenzaron a ser distintas cuando tuvimos la suerte de conocer aquel grupo de chicas. Bueno, yo conocía a mi hermana, evidentemente. Aquel aliciente motivaba una especial satisfacción en nuestras conductas porque descubrimos una visión de la vida diferente y que incluso, aquello que comenzaba a ser cotidiano, mantenía durante aquella horas de encuentro visos de hechos extraordinarios. Compartíamos sonrisas, vivencias y emociones. Hablar para confirmar el conocimiento, la maravillosa sensación de participar de las experiencias de los amigos, compartir confidencias y ser portadores de secretos extraordinarios.

            No recuerdo ni el momento ni la persona que pronunció aquella emblemática palabra, pero hubo un momento de silencio, un instante en el que el mundo pareció detenerse a nuestro alrededor. Seríamos una pandilla y aquella declaración nos otorgaba, intrínsecamente, la condición de la familiaridad, del acercamiento a una nueva nucleación social. Era asumir nuevas directrices en las conductas porque todos participaríamos de las emociones del resto, todos seríamos una piña, todos para uno y uno para todos, como si Alejandro Dumas nos reescribiera y nos convirtiera en una nueva serie de mosqueteros dispuestos a proteger el nuevo reino que habíamos creado. Para celebrar la institución de aquella nueva congregación de amigos propuso José Manuel regresar, el domingo, a la piscina de Coria. Inmediatamente Antonio expresó su conformidad siempre que acudiéramos en autobús y todos reímos la ocurrencia.

            Regresábamos alegres de la festiva jornada. Asomándonos a los ventanales del autobús veíamos pasar los postes eléctricos veloces, como queriéndonos dejar atrás, recordándonos que las horas vividas, que las bromas disfrutadas, las risas compartidas, no eran ya sino parte del recuerdo, un tiempo ya lejano que debía anclarse en la memoria. El río aparecía de vez en cuando, tras los inmensos naranjales, con su sinuoso recorrido abrigando los campos que le rodeaban. El vehículo nos sorprendía con briosos saltos cuando tomaba algún bache, denotando la necesidad de instalar nuevas traviesas en sus sistemas de amortiguación. Cuando llegamos al Barranco sentimos un importante alivio.  José María pensó que sería una buena oportunidad de rematar el día tomándonos una cerveza en el Tremendo, un pequeño bar situado en la feligresía de Santa Catalina. Y así nos dispusimos a recorrer el trayecto, a pie, que había entre la terminal y la famosa expendiduría de cerveza. Allí terminábamos muchos días, cuando concluían las clases del instituto coincidiendo, en su maravillosa y amplia sala, en medio de la calle, profesores y alumnos del San Isidoro, donde el alumnado era masculino y del Velázquez, todas féminas, en aquella esquina rematada por una barra de bar, donde se servía la mejor cerveza de toda la ciudad. Con el tiempo supimos que la materia prima era la misma solo que en aquel establecimiento no se cesaba tirar.

            Al entrar en la calle Sierpes vimos un tenderete de un partido ultraderechista que ofrecía recuerdos, fotos y emblemas del régimen que acaba de ser suprimido y que aquellos jóvenes intentaban recordar, una pretensión que pasaba desapercibida para muchos de los paseantes en aquella tarde de domingo. Dos enseñas, una patria y otra del partido que auspiciaban, franqueaban la mesa donde disponían sus artículos. Los miembros uniformados repartían folletos y pasquines con mensajes propios y con las palabras de sus dirigentes. Algunos entonaban himnos que yo recordaba de mi infancia, cuando nos disponían en formación, en el patio central del colegio, y a la señal del director comenzábamos las canciones patrióticas propias de aquellos años.

            A pesar de los años transcurridos, del tiempo laminando nuestros recuerdos, todavía no he logrado comprender por qué y qué llevó a cabo aquel despropósito, cómo terminamos en aquella situación que no reflejaba la realidad de nuestros pensamientos, de nuestras todavía imberbes ideologías. Como yo iba fijo en los ojos Carmen, intentando retener toda la chipa de su alegría, embebido en su imagen y sus palabras, no aprecié nada que pudiera haber sido motivo de ofensa hacia aquellos otros jóvenes, ninguna palabra que pudiera herir la sensibilidad, el honor y el ideario que mostraban.

            Fue a la altura del cine Imperial, en el atrio de acceso al local, justo donde se disponía el pequeño quiosco donde se expendían las entradas. Había un gran mural de una obra de teatro que se representaba en aquella sala que compaginaba el arte de la escena con las mejores proyecciones cinematográficas. De pronto sentí un gran golpe en mi espalda y vi, en mi forzada caída, como Juan abrazaba a mi hermana intentando protegerla de una agresión. Oí, ya en el suelo, como se proferían vivas a España que fueron repetidas por Juanlu, intuí que en un rictus automático de respuesta, y cómo éramos agredidos por aquellos jóvenes uniformados y con boinas de colores. Como fuimos sorprendidos en el ataque recibimos la primera andanada de golpes en el desconcierto. Ví como todas las chicas se refugiaban en el acceso al local y aquello aminoró mi preocupación, especialmente por mi hermana y por Carmen. Tras desprendernos de la sorpresa, sin tener conciencia de aquel despropósito, respondimos al ataque y a fe que lo hicimos con la misma bravura y el mismo empuje que ellos. Hasta tal punto que logramos desasirnos de sus embates y poder responder con la misma contundencia, reagruparnos y afirmarnos en nuestras posiciones. Isidoro no cesaba de golpear con sus puños a unos de aquellos jóvenes, mucho más corpulento que él, pero al que había acorralado, e incluso creí oír cómo le suplicaba que lo dejara salir. Antonio tomó una barra de hierro y lanzaba al aire derrotes, con el fin de alejar a cualquiera que intentara acercársele. Juanlu y Octavio daban cuenta de otros dos oponentes. Yo me enzarcé con el que me había atacado a traición con un bate que logré esquivar varias veces en su intento de abrirme la cabeza hasta que la fortuna se alió conmigo y, tras golpear en un saliente, pude abrazarme a él, primero, y derribarlo inmovilizándole su brazo izquierdo que, debo reconocer que la furia desatada en mi interior, intenté romperle. Nos defendimos como los héroes que intentábamos emular. Pero sin duda alguna, quien se llevó la peor parte, fue el individuo que atacó a Alonso con una cadena, como la suerte para el interfecto que, al segundo intento de golpeo, pudo asir la cadena por su extremo, con un movimiento de muñeca extraordinariamente ágil, la religó a ella, tirando con todas sus fuerzas hacia sí, con lo que el individuo perdió su cobarde posición privilegio y conforme llegaba a su altura, le pegó tal cabezazo que le rompió la nariz, por donde manó en abundancia la sangre. Todavía permanece en mi memoria aquella secuencia, reproduciéndose a cámara lenta. Alonso tirando de la cadena, sus ojos desorbitados y fijos en la presa, la lengua asomándose y apretujada en las hileras de dientes, y el movimiento de su cabeza hacia atrás, tomando impulso, convirtiéndola en un proyectil certero y preciso, y el gesto de inmenso dolor del atacante cuando impactó en su rostro. Cayó de rodillas, en frontispicio de agredido, tapándose, con las manos, la zona por la que fluía todo el caudal de su sangre. Sabiéndose desprotegido, ante los embates del fiero sabioteño, y un intento de preservar su cuerpo, tomó una posición fetal para recibir los cadenazos del joven aprendiz de mecánico. Sus compañeros huyeron despavoridos al verse sorprendidos por nuestra reacción, al ver que el factor sorpresa se tornaba para ser ellos los sorprendidos. Solo el que parecía ser su hermano se quedó para suplicar, entre sollozos, que no lo matara. José María asió por la cintura a Alonso mientras Juanlu le quitaba la cadena y la proyectaba sobre los grandes ventanales del Círculo de Labradores. Los agresores derrotados escaparon asidos el uno del otro, no sin antes Antonio, que había salido del refugio que había supuesto una de las esquinas del atrio, darle una patada en el culo a uno de ellos.

            Nos reagrupamos y salimos de la encerrona enfilando la calle Laraña, luego Imagen hasta encontrarnos en la esquina de Santa Catalina, en el Tremendo, donde José María se tomó dos tanques del tirón, Alonso otros dos, mientras los demás hacíamos una revisión de daños, que milagrosamente eran nimios, arañazos sin importancia y algún que otro hematoma en la espalda.

            Aquella noche mentimos a mi madre, cuando me preguntó por el origen de aquella herida, aquel coagulo que se mostraba indolente y pretencioso en mi zona lumbar, y con la complicidad de mi hermana, le referí un accidente en la piscina.

            En el fragor de mis sueños, transformé aquel suceso, en una referencia épica, en la epopeya de una aventura en la que debía enfrentarme a malvados que intentaban ofender a mi heroína, que tenía el rostro, el pelo, los labios y el cuerpo de Carmen, y yo la libraba de toda maldad. Y pensé en Isidoro subiendo a los aleros de una azotea para instalar aquellos tubos luminotécnicos, desplazándose por los estribos de las fachadas, venciendo al vértigo para sostener aquellos neones que ofrecían productos o anunciaban empresas, y recapacité en sus palabras, que tal vez fueran verdad sus relatos y que no tenía nada de malo querer ser como los demás porque no utilizaba violencia ni condenaba al dolor a sus oyentes, muy al contrario, gozábamos con sus historias de funambulista que iban dirigidas a su heroína, a una obtener un gesto y una sonrisa de admiración de Inés.

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