La nube en el suelo. Capítulo 1. 16

            Todo tiene una medida, un espacio, una trayectoria en los confines del universo. Empezamos a reconstruir los momentos en el mismo instante que sentimos que los vamos a perder aceptando la momentaneidad de esta transacción, pensando que el tiempo nos es favorable, que se alía con nosotros para devengarnos la oportunidad de una nueva ocasión que restituya la alegría perdida. Nos urge esta recuperación del bienestar del espíritu cuando reparamos que se evapora en los suspiros y urgimos acciones en el intento de su restitución cuando apreciamos cómo se van diluyendo entre los dedos los anhelos y las gracias de los besos que no dimos y esperaban, de las caricias que dejamos de ofrecer y que necesitaban para sentir también la felicidad que nosotros alentábamos, la intensidad de la mirada que buscábamos para alimentar el amor que requeríamos sin darnos cuenta que dejábamos ahíto y desnutrido de pasión la fuente que pensábamos inagotable. Ciegos, no comprendimos que la ventura de sabernos queridos pasa por saber querer. Ignoramos que la vida es un discurrir constante, una aventura en la que somos cazadores de ilusiones, de sucesos con los que pretendemos gratificarnos, perdiéndonos en la maraña y en las oscuridades del desamor para ser presas del fracaso, y experimentar entonces la frustración del depredador cazado. Es una pretensión ilícita de la condición humana querer satisfacer el propio ego, sentir y confiar en la obligatoriedad de los demás a indemnizar y a participar en los errores que propiciamos sin percatarnos que hemos de ser nosotros mismos los que tenemos que evitar las equivocaciones y asignar a nuestros derechos la condición ineludible de la gratificación absoluta de los deberes con los que tenemos la obligación de corresponder a los semejantes, a los que nos rodean, que poseen el mismo tiempo que nosotros para conseguir los instantes de la felicidad que le requisamos con los egoísmos, con las egolatrías que asoman por los poros de la piel cuando confiados en la consecución de la perpetuidad de los sentimientos, envanecidos por el prurito de la rotundidad de la práctica, despeñamos cualquier afecto por el precipicio de la rutina.

Confundimos con demasiada asiduidad el epicentro del mundo y queremos hasta variar la velocidad de los giros que nos proporcionan la luz y la oscuridad, una ambivalencia que sostiene, equilibra e iguala la razón y los sueños, la secuencia rotatoria que nos permite la asignación de la temporalidad que nos despeja de la locura, que nos aleja del nuboso ámbito donde residen la enajenación y la demencia. Evacuamos los sentidos por los albañales, que conducen al mar de la desolación, como si fuera un bien profuso, una inagotable fuente en la que podemos saciarnos constante e imperecederamente y de improviso, prendidos en la ceguera de la condición que nos presupone autosuficientes, nos vemos despojados de la ilusión y los sueños, perdiendo el equilibrio y cayendo en una espiral sin fin, incapacitados por la desolación para luchar contra las turbulencias que aspiran nuestra razón, en la confusión y en la anarquía, en la batahola que nos mortifica con la incertidumbre y la duda, buscando culpables y causas ajenas a los propios despropósitos. Un descenso agotador del sólo podremos salir y hallar descanso si evaluamos los motivos y los hechos que propiciaron la desgracia y asumimos con humildad y resignación la taxativa culpabilidad, exonerando a quienes creíamos cómplices de una confabulación universal contra la felicidad que irradiábamos. Así, convencidos de la propia irresponsabilidad, reconoceremos que somos fútiles instrumentos de las fuerzas superiores, de los designios de las decisiones que nos llevan a tomar senderos irreconocibles, caminos que creemos inapropiados, que provocan caídas y heridas que sirven, sin nosotros tener constancia de ello, para curtirnos en las esencias y en la realidad de la vida, que nos educan en la toma de decisiones y hasta en los comportamientos emocionales que suponemos actúan de manera imprevisible. Las lamentaciones vamos arribándolas conforme endurecemos la piel y no dejamos transpirar más que aquellas emociones que sabemos se perderán en la indiferencia de los demás, en la falta de trascendencia de quienes nos observan, pues no somos más que seres, a veces invisibles, a veces molestos, para la generalidad, para el maremágnum que gira en torno a nosotros, transformando la alegría en ceguera, catalogándonos en la inanición, en la fatiga que nos distingue como seres humanos, pues no somos más que la consecuencia de la despreocupación de quienes nos ignoran.

El asfixiante calor no impedía que tomara mi mochila, cargada de pesas, instrumentos que yo mismo había construido con latas de conservas y cemento, y algunos cantos rocosos, con el fín de poner a prueba mi resistencia física, y saliese a correr por las calles vacías, ardientes avenidas despobladas, que se abrían a mi presencia y al ritmo de mis zancadas. Rodeaba el colegio donde había pasado parte de la infancia y saltaban sus muros mi nostalgia y volvían las voces del patio de recreo, las órdenes tajantes de los profesores, y las luces de los atardeceres invernales cercando los grandes ventanales. No tenía una ruta prefijada, aunque siempre mantenía una referencia que solía ser el culmen, el punto donde se iniciaba el retorno. Hora y media de solitaria carrera daban para pensar, para elucubrar y elevar juicios a los estratos donde la fantasía mantenía su reino, donde habitan las fábulas de adolescencia, donde eran esencia y presencia inevitable las imágenes de las cosas menos importantes, de las escenas imprescindibles para dar sentido a la fabulación, a la realidad mágica que se plasmaba engañada con los deseos, o empotraba mis reflexiones en el muro de las nuevas tendencias sociopolítica que comenzaban a convulsionar los estratos de las ideologías. Así había días en los que me asaltaban dudas sobre el proceso político que estaban dotando al país de un nuevo aspecto, de una nueva fisonomía, que procuraba en mí recelos, desconfianzas supinas ante un horizonte que delimitaba un mundo desconocido. Correr con casi cuarenta grados es agotador por ello es preciso engañar al cuerpo con disquisiciones ajenas al sufrimiento. Todos pretendíamos saber y conocer, mantener una sabiduría política honda, una sapiencia adquirida por encanto, por la seducción de la terminología que se pregonaba en los mítines, en aquellas concentraciones en patios de colegio, en la que se ensalzaban valores trasnochados, de una época pasada, mera historia en la que un reducto, con añoranzas de revanchas, pretendía restituir, recuperar el valor de una deuda pendiente, aunque a los jóvenes nos incomodara aquellas remembranzas de episodios donde el dolor prevalecía, donde el perdón, que debían pedir las partes, quedaba incapacitado ante el reclamo de las reivindicaciones históricas. Carecíamos de instrumentos, de valoraciones justas sobre el tiempo que nos precedió. Quienes podían hacerlo estaban alejados, fuera del país, proscritos inaccesibles para la mayoría, y nuestros padres eran fruto de la desesperación y el miedo de los suyos, consecuencias de la incesante búsqueda del bienestar que carecieron, ausentes en su propia tierra que no anhelaban más que un futuro para nosotros, pues ellos siempre fueron doloroso presente. No querían mirar atrás y sus perspectivas no llegaban más allá de donde se siluetaban las líneas del horizonte. Dónde tuvimos ocasión, los jóvenes de aquella generación, de instruirnos en el conocimiento, ecuánime y objetivo, desprovistos de intereses y resabios. Quién nos educó en la consideración de los valores morales sin actuar para preservar sus intereses personales cuando los objetivos eran el derrocamiento de las estructuras anteriores por unos, o el asentamiento de un indeleble pasado, de otros. Quienes hablaban de futuro lo hacían desde la perspectiva que les dictaba la consecución del suyo y lanzaban proclamas sin la dureza de los viejos luchadores que querían instituir un pasado para construir el futuro. Pero con aquellas cimientes era difícil dar soluciones al porvenir. Por eso nos dejábamos embaucar por las exoneraciones que nos abrían las puertas de la felicidad, de la construcción de un futuro donde todos íbamos a tener los mismos derechos y obligaciones. Había que ir andado hacia adelante, fijar la mirada en los límites del horizonte, sin mirar atrás, tiempo de historia que debiera servir para reflexionar, para hallar soluciones a los errores cometidos, a las decisiones que permitían la violencia y el fanatismo, desprecios al ideario del vecino y que sólo consiguieron el embrutecimiento de los sentidos y enaltecer por los peores instintos que habitan en el alma humana.

Por eso nos vimos atraídos, antes del inicio del verano, Antonio, Isidoro y yo, por la citación impersonal del pasquín que encontramos tirado en las cercanías de la puerta del cine Delicias, convocándonos al acto político en el que intervendrían Rafael Escuredo, José Rodríguez de la Borbolla, Alfonso Guerra y Felipe González. Un mitin, una novedad progresistas en nuestras ancladas mentes. Y nos dejamos succionar, en el fragor de la locura colectiva, por las palabras, turgentes, briosas, cargadas de razón y futuro, del joven abogado que ostentaba la máxima representación del partido, subido al púlpito de la provisionalidad, inventando un atril con el soporte de la cartelería que le escoltaba y con una banqueta obtenida de embocar hacia abajo una caja de botellines de la Cruzcampo, con el micrófono en una mano y el puño cerrado taladrando el aire cada vez que lanzaba una frase con reivindicaciones sociales y soluciones a los problemas del presente. Y todo ello, con el vigor y seguridad del precoz líder. Nos atraía aquella sencillez con la que se manifestaba, el acento común que enlazaba los sentimientos, sin buscar excesos retóricos rutilantes, su cercanía verbal, la certeza de comunicar con aquella campechana y franca precisión. Aquel día fue el primero que bebimos una cerveza en un vaso de plástico, que Isidoro rompió con aquellas garras que tenía por manos, mientras oíamos a un joven granadino, vestido con un mono vaquero, una camiseta y unas zapatillas de deportes, elogiar musicalmente la virtudes del pueblo andaluz, la honestidad y moralidad de Blas Infante, del que Isidoro preguntó si era un nuevo futbolista del Granada, y la honradez del patrimonio universal de la cultura de Andalucía, entonando aquella melodía “de Ronda vengo, lo mío buscando, la flor del pueblo, la flor de mayo, verde, blanca y verde. Ay qué bonita,  verla en el aire, quitando penas, quitando hambres, verde, blanca y verde. Amo mi tierra, lucho por ella, y Esperanza su bandera, verde, blanca y verde”.

Durante las jornadas siguientes, en la soledad del corredor que quería y aspiraba ser, me fui planteando la verisimilitud de aquellas ideas, de aquellas propuesta para la consecución del futuro que tanto deseaba, un lugar habitado por la equidad y la justicia, por la posibilidad de adquirir una conciencia solidaria que permitiera el reparto justo de los bienes, la supresión de todas las carencias que me relataban mis padres, que les impidieron gozar de las bonanzas que manteníamos ahora y que querían mantener aun a costa de la supresión de algunos de las potestades con las que habían sido bendecidos, cuando fueron concebidos, por la Providencia. Pero elucubraciones vinculadas a las fantasías de la mente juvenil, advenedizos pensamientos de un adolescente, todavía no inoculado por los rigores del germen de la edad y cuya vacunación no se produce, de manera paulatina y secuencial, más que con la adquisición de las experiencias. Pero aún no tenía conocimientos de ellas y algo en mi interior me prevenía e inmunizaba al cambio natural, algo mi interior se resistía a alterar aquella inocencia que abría las puertas de la ilusión a cualquier mensaje de buena voluntad, aun cuando pudieran sustentarse en la conveniencia de la obtención de un proyecto, sin importarles la utilización sentimental que esperábamos llevaran adheridos. Todavía no habían resquebrajado la fragilidad de la ilusión, por eso incluso nos emocionábamos con los mensajes que recibíamos, con las letras de aquellas canciones que resaltaban la obtención de las igualdades por mero hecho de la condición humana.

Corría para deshacer mis frustraciones aunque creía que lo hacía para mantener  mi peso y mi forma física, para sostener aquella condición que me pedían en lo juveniles del Real Betis, para retener la figuraba juvenil que posibilitaba el acercamiento a las niñas. Y lo hacía en plena canícula, con la desolación de las calles abriéndose a mi paso, con el sudor recorriendo mi cuerpo y deshidratándome a cada zancada, poniendo a prueba mi voluntad con metas que solventaban mi debilidad, que posibilitaban la concreción del fin. Corría a media tarde para evitar las miradas incongruentes de la gente, para eludir los comentarios de quienes pudieran cruzarse conmigo y aludieran a mi condición de loco. Corría a media tarde, ante las correcciones y advertencias de mi madre, que pensaba que me iba a dar un soponcio, con aquellos calores que levantaban la brea del firmamento, y yo le correspondía, mintiéndole cariñosamente la mayoría de las ocasiones, no por mi falta de amor, pues siento devoción por ella, sino porque era imposible trazar un recorrido sombreado, cuando el sol reina en el cenit del cielo y cae a plomo sobre la ciudad despejada, para poder arribar en las inmediaciones del lugar donde vivía Carmen, esperando que me reconociera alguna vez, que mostrara su figura a través del ventanal del salón, por coincidencia o por intuición, y levantara su mano levemente, la equiparara al sol de su sonrisa, y me hiciera portador de la mayor felicidad, y yo desaparecería corriendo, renovadas las fuerzas y el espíritu, camino de mi casa, esperando impaciente la llegada del fin de semana. Pero nunca sucedió más que mi mente, donde galopa siempre una febril fantasía. Algunas veces, sí que ví a Inés asomada a la cuadrícula espejada de su habitación, y me sonría y yo le correspondía con la consideración fraternal que requería.

Cuando llegaba a casa, casi desprovisto de fuerza, cándidamente envuelto en los misterios de mis pensamientos, tomaba la manguera que servía para el riego de las plantas, de las grandes pilistras, de los claveles, de los geranios, de la dama de noche que ornaba el muro del cercado, y me duchaba en el patio, satisfecho y tolerando el frescor del agua, aquella húmeda que gratificaba y devolvía la vida a cada poro de mi cuerpo, devolviéndome la razón y la sensación de análisis de cuánto me rodeaba. Seguía ocultando mis preferencias políticas a mis amigos, me forzaba a ello mi denodado sentido del ridículo, quería parecerme y acercarme a sus conductas, tomar la cerveza diaria, hablar de las niñas de pandilla y de los afectos que comenzaban a fomentarse sensaciones desconocidas y agradables en los corazones. Me quedé, en aquellos días, anclado a las palabras y a utopía, que yo sabía entonces que jamás se cumplirían, de los jóvenes que prometían una revolución social de futuro, con el preclaro sentimiento sobre la identidad andalucista en la emoción de las letras de Carlos Cano. Pero por encima de todo, quedé embaucado por la sonrisa y los ojos de ella, con el sueño de sus manos alentando, a través de la ventana, mi esfuerzo.

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