El viejo luchador

Nos tratábamos de usted aún cuando nuestro conocimiento se remonta a casi seis lustros. No eran formalidades ni apaños de cortesía, ni fórmulas de escrupuloso protocolo pues aquellos primeros entables comerciales, aquellos primeros contactos mercantiles, fueron degenerando –como sentenció el gran torero- las brusquedades de la ignorancia hasta transformarse en una hermosa y fructuosa amistad, que fue curtiéndose durante tantos años de convivencia, durante tantas mañanas de fríos en la puerta del quiosco o tantas sobremesas frente a su mesa de trabajo, donde todo el arte de la orfebrería se manifestaba ante mi sorprendida mirada que veía emerger, de una gruesa lámina de preciado metal, la silueta de un alado ángel, primero, y después la hermosa concreción de un rostro perfectamente cincelado, tan bello como los una obra de Tintoretto, hasta confirmar la indisolubilidad unos lazos del afecto que perduran a pesar de los años transcurridos.

Hemos compartido, en muchas ocasiones, risas y bromas, y hemos divergido en demasiadas cuestiones, vanos debates en los que nunca debimos rivalizar, ante la nimiedad y poco asentamiento filosófico, ante la trivialidad de sus fundamentos, pues el tiempo y la memoria someten, a un escrupuloso examen sobre la necedad, la oportunidad perdida de haber disfrutado en vez agriar las situaciones y nos hacen sentir estúpidos y perdidos. Pero siempre se superponía la amistad a cualquier distancia ideológica, porque era más fuerte que nuestra diversidad de pensamientos, que la necedad mostrada en las palabras, que la inapropiada ironía, aunque no recuerdo ninguna que verdaderamente llegara a lacerarnos. Competíamos en gustos literarios pues él era ferviente seguidor de los clásicos del siglo de oro, a los que yo admiro desde la tribuna en los que puedo divisarlos desde los tiempos que me ha tocado vivir, especialmente de Cervantes, Quevedo y Góngora, a quienes solía recitar y referir como verdaderos propulsores de la lengua castellana. Calderón es otra cosa, solía decir elevando la mirada al espacio, perdiéndola en la lejanía. Y yo nunca supe a qué se refería, porque en ese preciso momento, cuando me disponía a dar réplica a su metafísica aseveración, recuperaba el tiempo y cambiaba su discurso, con la brillantez de los mejores regates de Kubala, al escaso valor cultural de la mayoría de las novelas que yo obstinaba en hacerle llegar, desasistida de valores, de una promiscuidad exacerbada y sin sentido, con la única pretensión de robar horas a la desidia y el desespero, mostrando historias de desidia y desespero. Ben-Hur si que hace vibrar o las Sonatas de Otoño de Valle-Inclán, si quieres que haga mención a un autor español. Y le hacía caso y yo, joven incauto y redentor me rendía a sus sabios dictámenes.

Aprendí mucho de sus palabras pero aún más de sus silencios. Aquellas pausas interminables que vencían cualquier condición e instigaban a la reflexión, mientras encendía el cigarrillo. Viejo luchador que supo captar todo el saber de su tiempo, sin más maestros que sus experiencias, sin más instructor que su propia disciplina, en sus ansias de saber excavó un pozo donde extrajo la sabiduría necesaria para adiestrarse en la condición de lo humano porque huía de lo divino.

Viejo luchador, añorado amigo. Te has marchado sin previo aviso, dejando la mascota y el bastón acomodados en la enea de la silla, en la sombría estancia donde permanecen, ahíta de tus pasos, la presencia y la prestancia de tu voz.

Me he enterado, querido amigo, al incorporarme al trabajo, y he visto oscurecerse el horizonte y el firmamento empequeñecer de improviso. Tantos años, tantos fríos, tantas risas buscando ya los recodos de la historia, las cuencas de los ríos que van al mar, los misterios solapados en tu andar peregrino quedarán prendidos en el enigma de tu mirada, sin solución.

Ángel que del ángel caído huiste, que del Dios te guardaste, que Él cuide de ti ahora. Ampárate en aquello que me dijiste una vez, qué suerte tenéis los creyentes porque tenéis un lugar donde vencer la muerte. Vienen a mí ahora tus palabras y yo te dejo mi lágrima postrera, el llanto que hurtó la ignorancia a mi tristeza de no saberte perdido. Dios te guarde, viejo luchador, amigo.

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