El perro esquimal de Ignacio

No hay más que darse una vuelta por algunos de los barrios antiguos de esta ciudad y descubrir la peculiaridad de cada uno de ellos. Son implantes de la etnología sevillana que se diversifican según la arbitrariedad de sus habitantes, que han construido sus paraísos en el entorno donde desarrollan sus vidas. Hay personajes dignos de la mejor novela costumbrista, seres extraídos de la ficción para encajarlos en la realidad,  en esos parajes que son sus mundos, donde solo se reconocen y que se asfixian si les extraen de sus habitas pues forman parte del paisaje como si hubieran sido escogidos por una fuerza misteriosa y mayestática para ocupar un lugar en la historia.

Son seres anónimos para el resto de la humanidad, pero gozan de la mayor popularidad entre sus vecinos. Las peculiaridades suelen venir adscrita por una especie de desgracia que han vencido a base de superación, adversidades que han propiciado su aparición en el mundo de la picaresca, que han vivido gracias al don desarrollado para ello. Sé de algunos que se fueron al otro mundo con el precinto de garantía colocado en la columna, que huían como alma que lleva el diablo, ante la sola sugerencia de aferrarse a una pala para llenar sacos de arena o correr despavoridos cuando le hacían referencia al descargue de un camión. Sin embargo siempre guardaron el palmito, mantenían un estatus que no les correspondían, del que presumían sin bagajes.

Conocí a un vecino, durante mi infancia, que embobaba los niños del barrio con sus relatos. Ignacio, al que todos conocían como el esquimal, porque solía fantasear con sus supuestos viajes, y sus tropelías novelescas, por el ancho mundo, como marinero de un barco mercante, sobre todo por sus peripecias en el Ártico, lugar del que se trajo un perro, del que contaba que tenía que estar todo el día metido en una bañera cubierto de hilo so pena de morir asfixiado por las temperaturas de esta ciudad nuestra. Nadie conoció al perro, nadie le vio jamás sacarlo para pasearlo y cuando se le insinuaba que nos dejara acceder su vivienda enseguida se excusaba. José, propietario de la pensión-bar, reía y comentaba que a quien se le ocurría traerse un animal de un lugar tan extremo para mantenerlo cautivo y algunos clientes comenzaban a reír mientras Ignacio empequeñecía ante las burlas. Pero había un brillo en sus ojos que mostraba sus fantasías como verdaderas realidades, medias verdades que para él eran certeza pura. No había día, sentado al albur de un velador en el bar Rumbo, que alguien le incitara al relato. Y hablaba de Madagascar como si hubiera nacido allí. Y de Tasmania, tierras enigmáticas donde merodeaban sus famosos demonios, a los que nosotros lo dotábamos de figura y cuerpo asemejándolo al dibujo animado de la Werner, y de Indonesia. Nunca hizo mal. Constantemente provocaba la hilaridad. Vivía de las inocentes picardías que le procuraban el sustento. Siempre había un alma caritativa que le invitaba durante el almuerzo. Creo que llegó a establecerse un turno de invitación para que pudiera comer, entre los asiduos clientes. Tal vez porque les hacía la vida algo mejor, más feliz, a quienes oían sus aventuras, a quienes se prestaban a pasar un rato de esparcimiento.

Con el tiempo, Ignacio fue perdiendo la memoria, fue distrayéndose y solo atendía y entretenía con el soniquete de la máquina de pin ball que no dejaba de sonar en el salón. Guardaba grandes silencios, con la mirada perdida, buscando el pasado que se le mostraba siempre esquivo o escondido en una nebulosa que solía confundirle. Incapaz, en sus últimos tiempos, fue recluido en establecimiento de caridad, donde al menos tenía cobijo, cuidados y comida asegurada. En una de las últimas visitas que organizaron sus amigos al asilo, entre los que se encontraba mi padre, y a la que yo tuve la suerte de asistir, en un momento de confusión intelectual, o tal vez anegada la mente por su febril fantasía, en un instante de lucidez que le descubrió al precipicio de su inmediato futuro, aferró su mano a la de Cesáreo, que también tiene su historia, y solicitó que no dejaran de atender a su perro, que le mimaran como lo había hecho, que no le faltara el hielo para que no se consumiera en los calores. Y hubo quien empezó a creer que el perro existió.

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