Una deuda de amistad*

Me acaban de dar la noticia y es como el si el tiempo se hubiera desprendido del universo y hubiese caído de improviso sobre mis hombros con la contundencia de un muro de hormigón. Los recuerdos empiezan desenredarse de la madeja del olvido. Transitan por la mente emociones que compartimos, sensaciones que nos unieron, que manejan y desbocan la voluntad en un galopar de estridencias, que hace aflorar sentimientos. Esta sorpresa, esta espesura en la conciencia que nos provoca dolor, extenuación  y ansias, ganas de quebrar la memoria, arranca la raíz de mi niñez y me muestra, con toda su crudeza, la párvula discusión sobre vida, sobre la amistad primera que se cimenta en los mejores y blandos de estratos de la condición humana, sobre la hermosura de una sonrisa aflorando en unos labios que ya no volverán a proferir palabras, ni a galantear a las niñas que asomaban la piel a la adolescencia, esa metamorfosis que las hermoseaba, que las ungía en la madurez prematura reclamar.

Aun con el transcurso del tiempo marcando las distancias siempre nos queda un recuerdo de los primeros amigos, la figura jovial que retenemos e inmortalizamos en la memoria, compañeros con los que compartimos los juegos, los secretos de la infancia, descubriendo los avatares de una vida que se nos mostraba entonces plácida y alejada de las preocupaciones que nos asaltan para intranquilizarnos en estos días y nos permitía fantasear sobre los asuntos más nimios, sobre circunstancias que no  lográbamos entender porque nos la trababa la frontera de la edad. No es este apartamiento de años un motivo para el olvido ni una excusa para no expresar dolor. Un racimo de afiladas agujas se ha clavado en el centro del pecho para zaherir la nostalgia, que deambulaba por el desconocimiento y la amparaba frente al dolor. La constancia de los hechos ha certificado el discurso del tiempo, la fragilidad de la vida que se ennegrece en el momento menos apropiado.

Cuando conseguimos el título de graduado escolar, que se conseguía finalizando el ciclo de la Educación General Básica, nos comprometimos a volver a vernos con cierta periodicidad, no dejar que el tiempo sitiase nuestras comunes vivencias en la comodidad. Y fuimos, con los años, venciéndola. Hasta hace un lustro no faltamos a nuestra cita anual, en torno a las fechas navideñas. Lográbamos esquivar nuestros compromisos familiares y profesionales para hacer un hueco a la infancia, para recuperar el tiempo mejor del hombre. No había efusividad en los saludos porque estábamos convencidos de la indisolubilidad de la amistad. Primero fueron las consecuencias de esta crisis sangrienta  que se cebó sobre algunos de los componentes de aquella pandilla que compartimos estudios en el colegio público Sor Ángela de la Cruz, desde el mismo día que abriera sus puertas a la docencia. Creo que aquel hecho nos marcó para siempre, nos signo en el alma con el hierro de la amistad. Luego los compromisos laborales de otros que fueron trasladados lejos de la ciudad, fuera de nuestro país incluso. Lo cierto es que dejamos de vernos rompiendo aquella promesa. No debo exonerarme de mis culpas por esa desidia. Por eso me duele en extremo esta noticia que ha martilleado mis sentimientos. Me la trae, como heraldo de la tristeza, en esta mañana llena de luz que debiera abrir el corazón a la alegría, en la casualidad de un encuentro, Jorge García Narváez. Me dice con la resignación de la acepción de la pena, con tranquilidad, sin apenas amargura porque el tiempo ha ido puliendo la abrupta corteza que se forma cuando aparece el dolor de improviso. Hace unos meses, que una cruel enfermedad, de rapidísima evolución, se llevó por delante a Manolo Cruz, el Tapia en los años de la infancia.

Me dice Jorge que te fuiste con la misma serenidad que viviste, que ni siquiera la crueldad de tu verdugo logró separarte de la razón, Que no te dejaste desmembrar los sentimientos en la lucha fratricida y que llegaste a despedirte de los tuyos con una fortaleza digna de encomio, en los que la emoción de se esparció por la blancura de la habitación del hospital donde viste la última luz.

Estoy seguro, Manolo -compañero de pupitre durante tantos años, torpe delantero que lograba los goles siempre en fuera de juego, cofrade con el que descubrí que hay tanta grandeza en la Semana Santa como las lágrimas que fluían de ti cuando te acercabas al  paso de la Virgen de las Angustias, cuando se merodeaba a San Román-, que habitas en el cielo, que quizás se asemeje al aula del colegio, desde donde divisábamos la Giralda, y las espadañas de los conventos de Santa Inés y Santa Paula, y aquella palmera enorme, balanceada por el viento en las tardes de lluvia, que se erigía en el patio de la casa del doctor Murga, en la calle Alcántara, que era el icono que nos trasportaba, aupados en el barco de nuestra febril imaginación, a las blanca arenas de una playa tropical.

Compañero del alma, como si fuera ayer cuando quedamos para vernos y tomarnos esa cerveza en el Tremendo, descansa y procura por nosotros, ante Jesús de la Salud, serenidad y fortaleza para nuestras almas. Lo necesitamos.

*A la memoria de Manuel Cruz Rivera

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