Las urgencias del SAS

No sé lo que entenderán en la Consejería de Salud de nuestra Junta de Andalucía, al reiterarse la máxima autoridad sobre los servicios que se prestan en los hospitales de la comunidad, cuando hacen referencia al alto nivel de calidad que ofrecen en sus servicios de urgencias a los pacientes que acuden a él, con las más diversas y variedad tipologías dolorosas, ni si se habrán molestado alguna vez en consultar el diccionario de la Real, Academia de la Lengua para saber cual es la verdadera acepción del término, que creo recordar es la quinta cuando se refiere a la atención de enfermos, que luce en gran tamaño en el acceso principal de este servicio hospitalario

Es inaudito que, dados los excelentes datos que suele ofrecer el Sr. Griñán sobre el estado del Servicio Andaluz de Salud, en sus pronunciamientos sobre la fortaleza y el vigor de los centros hospitalarios andaluces, que un enfermo, con un cuadro de accidente cardiovascular, con pérdida del conocimiento cuando fue atendido por los servicios del 112, hay de permanecer ¡¡¡ocho horas!!! tumbada en una camilla mientras se le asigna una cama en el servicio de observación. Al debe fallar en el protocolo de atención primaria y reconocimiento cuando, a este tipo de enfermos, no se les ingresa de inmediato para comprobar la gravedad de su estado. No dudo, ni pondré nunca en evidencia, de la profesionalidad del grupo humano que tiene que atender, en la primera línea del campo de batalla, pero tras pasar por la consulta y ratificar el doctor los hechos que motivaron la pérdida de consciencia, solicitan una camilla, para alegría del familiar que le acompaña, y le dicen que espere un momento que enseguida será llamada para su ingreso en observación. Sitúan la camilla junto a otras treinta, apartando dos sillas de ruedas y allí queda esperando la inminente llamada. Son las once horas y cuarenta minutos de la mañana. El familiar que la acompaña, que no ha tenido ni tiempo de avisar al resto de la familia, para no molestar a los enfermos que se agolpan en la sala de recepción, sale un momento a efectuar una llamada a sus hermanos. Cuando regresa, cinco minutos después, la enferma ha sido desplazada hacía el centro del espacio, un pasillo de tránsito, y que debiera permanecer libre, porque por él se accede a una salida de emergencias, y en su lugar han colocado a una pobre señora, en silla de ruedas, con un cuadro de gripe. Poco después ingresa en observación, no sin que algún familiar se rebele. A las catorce horas, reclama a los profesionales de enfermería, que dan a bastos, que la acompañen al servicio, pues necesita miccionar, aduciendo aquellos que no puede emprender esa tarea ante las evidentes muestras del exceso de trabajo. Solución: poner una cuña, taparla con una sábana y que el familiar se las habie como pueda, y perdón por el palabro. Un familiar de otro paciente, que desde luego no tenía la nacionalidad española, y aparentaba tener menos papeles que una liebre, forma un alboroto y enseguida es trasladada a otras dependencias del hospital. ¿Es la ley de la intimidación, o simple casualidad?

A las diecinueve y veinte horas, y tras las denodadas y reiteradas peticiones, es ingresada para su observación y tratamiento. Ocho horas para recibir las atenciones. Ocho horas de sufrimiento de quienes le acompañaban y veían como pacientes, con diagnósticos de dolencias menores se debatían, en su desesperación, en las dudas de abandonar aquella sala donde la amnesia copaba todos los rincones.

¿Es éste el magnífico servicio que se presta desde el Servicio Andaluz de Salud en las urgencias de sus centros hospitalarios? ¿Es éste el trato de calidad que reciben los ciudadanos, donde ni siquiera se ofrece un vaso de agua para mitigar la sed, cuando no el hambre en la sala de tránsito de urgencias? Estoy seguro, y me reitero en lo dicho en un párrafo anterior, que la responsabilidad no debe recaer en los funcionarios, que se ven desbordados por los servicios que tienen que prestar, sino por los políticos que pregonan las beneficencias de un sistema y ocultan la realidad a los ciudadanos. Algo tan evidente, y fácilmente comprobable –no hay más que darse una vuelta por los servicios de urgencias-, no puede permanecer escondido a la opinión pública. Es una vergüenza que un paciente, con accidente cardiovascular y setenta y cinco años de edad, permanezca ocho horas sin tratamiento adecuado porque las líneas de protocolo y actuación no consideren grave la dolencia. ¿Era acaso más urgente la atención de una ciudadana rumana con un proceso gripal? Creo que estos dirigentes andaluces solo conocen la acepción de “urgencias” cuando se trata de bonificar eres o el calendario marca el inicio de un proceso electoral.

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