¡Ay, Dios mío, que me quede como estaba!

              Viendo al paracaidista austriaco Félix Maumgartner descendiendo, poco menos que de la luna, a cuerpo limpio, con sus atavíos de astronauta, enviado del espacio que retorna del futuro, no pude uno por menos que asombrarse. Hoy que todo se mecaniza, que para realizar cualquier evento es necesaria la participación de instrumentos, sorprende que el hombre no haga uso de ellos y priorice su condición humana para sortear las dificultades de la naturaleza. El hombre frente a los elementos, desafiando a la gran obra de Dios y solventar las dudas sobre qué y quién es realmente importante en este medio. La mayor revolución técnica sólo ha servido, en esta ocasión, para solventar el problema del transporte porque el gran reto, el hecho de valentía extreman viene por la condición de superación constante del ser humano, que desde el remoto estado de semi humanidad, con el homo sapiens convirtiéndose en dominador del resto de las especies, siempre ha ido solventado los peligros, acrecentándose en la sabiduría para mejorar su calidad de vida y sus hábitos domésticos.

Hay que tener valor, y carecer de vértigo, para situarse en el borde de la campanita, mirar hacia abajo y ver sólo vacío, aire entre el cuerpo y la tierra, que te espera a treinta y nueve kilómetros más abajo, y no sentir la menor duda en lanzarse a la inmensidad. Nada más pensarlo y ya me sudan las manos. A un servidor, que ya empieza a angustiarse en la segunda rampa de la Giralda, le parece digno de encomio, y del mayor de los reconocimientos, este hecho legendario. Vencer los miedos intrínsecos del hombre, ése ha sido el gran reto. Simular las virtudes y hábitos de otras especies, fue siempre el gran sueño de la humanidad. De no haber sido por quienes quisieron emular el vuelo de los pájaros, desde los legendarios Ícaro y Dédalo hasta los hermanos Wright, habríamos permanecido anclados en nuestros limitados hábitos y jamás nos hubiéramos acercado a las estrellas de una manera tan extraordinaria.

Conforme Félix descendía, lo vimos en una perfecta retransmisión televisiva y por internet en directo, como cualquier espectáculo que se precie, cumpliendo escrupulosamente las leyes de Newton, ascendía por mi piel un cosquilleo que iba acrecentando mi inquietud y la angustia comenzaba a adueñarse de mi ser. ¡Qué miedo, Dios! No sé el austriaco lo que iría pensando conforme la corteza adquiría la dimensión que posee cuando la pisamos, agigantándose por segundos, pero poniéndome en su lugar se me plantearían ciertas dudas. ¿Me habrán puestos, estos gachós, el paracaídas? ¿Funcionará correctamente? ¿Que se abra, Dios mío de mi arma, que se abra? El lote de reír que se van a meter, los de la peña, como esto falle. ¿Firmé el seguro o no lo firmé? Como digo, ignoro lo que el deportista de extremo riesgo iría fabulando, si es que le dío tiempo a pensar. Pero el tío, cuando puso los pies en la tierra, cuando certificó el hito y la hazaña, se puso de rodillas, seguramente no se podía sostener, por la emoción, no sean ustedes mal pensados, y poco le faltó para besarla. ¿Muestra triunfal o satisfacción por saberse seguro? Porque el hecho no entrañaba poco riesgo. Reconozco la heroicidad, el gesto de superación del hombre, la valentía insuperable de esta persona, que pasará a la historia de la humanidad, como Gutenberg, como Cervantes, como Fleming, como Cristóbal Colón, como Magallanes o como el propio Neil Armstrong y tantos otros que han ido configurando este mundo, tal como lo vemos y lo entendemos hoy. No se haría justicia negando el hecho.

Por eso, me acuerdo ahora, de los cinco millones y medio de españoles que fueron lanzados al vacío, sin piedad ni reconocimientos, y que siguen en caída libre esperando el milagro,  rezando durante su periplo, para que alguien les coloque un paracaídas, antes de estrellarse y ciegue de improviso todas las ilusiones con las que fue construyendo su vida y su familia. ¡Ay, Dios mío, que me quede como estaba!

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