XXV Años sintiendo la Esperanza

Igual que dicen que hay niñas que se duermen escuchando Coronación de la Macarena -¿verdad Santi Milla?- y Pasa la Macarena, hay padres que nos quedamos dormidos en los sueños de los ojos de nuestras niñas, azabaches que retienen en su retina la memoria y la vida que ya nos vence y nos pasa para perpetuarse en las suyas. Igual que hay tiempo capaz de marcar y definir nuestro discurrir, que va arañando las entrañas de nuestra existencia hasta esculpir en el corazón la leyenda que nos inmortaliza, que va abriendo veredas por las que vemos pasar los instantes que nos sorprenden de otros, nos vemos atrapados en la mallas juanmanuelinas de los años, advirtiendo cómo se escancian los minutos sobre el cáliz de la vida para ir depositando s los mejores y más puros sentimientos en las barricas del alma, las mejores esencias, y convertirnos en esclavos del amor fraterno. Igual que hay amaneceres que se abren a la consumación de la presencia de una Mocita que siempre cumple diecinueve primavera y que deslumbra al mismísimo sol, que es capaz de apaciguar la furia de los elementos y transformarlos en mansos corderos y finas veladuras para engarzarse al desfiladero del amor de los macarenos, hay sonrisas que son capaces de descorrer los cerrojos de la emoción y taladrar las espesuras del dolor para instaurar el reino de la alegría. Igual que hay ríos que comunican las altas montañas con los valles más hermosos, que nos acarrean la fórmula para descubrir la hermosura de la gran obra de Dios y que procuran el pan y el vino, cuando anegan las vegas las aguas de la mansedumbre, para igualarnos en el amor del Padre, hay instantes que nos sublevan en la emoción, que nos alteran los pulsos y nos convocan a la sublevación contra la tristeza.

Es la herencia del natural transcurso del tiempo, de la sucesión de momentos que nos hirieron en el alma conforme aquella niña iba convirtiéndose en mujer, modelando la dulzura de sus comportamientos, adecuando sus ideales a la belleza que surgía de ella, metamorfosis de la niña a doncella que galantea el aire cuando la roza, que piropean las trémulas flores de los naranjos cuando mayea marzo y las columnas del incienso van formando, aromatizando los espacios que delimita, las efímeras catedrales donde se enaltece y glorifica al Amor de los Amores, y en un retablo se escenifica, en el entrecejo de la Gran Dama, la mejor proclamación de la fe de nuestros mayores

Un enjambre de emociones llega por el centro del templo. Una voz ha pronunciado su nombre y sonado cargado de evocaciones, de recuerdos y hasta de ausencias que hubieran sentido la misma ternura afectiva que iba subiendo por mi cuerpo conforme se acercaba. Y la vino la memoria a sangrar mis vivencias, el día del bautizo cuando te posamos sobre el manto que habría de protegerte para siempre, la estampa cuando la desgracia quiso hacer presa en tí, en vano porque estabas bajo el amparo del que todo lo puede, y aquella mañana de Viernes Santo cuando apareciste bajo las trabajaderas, el cuerpo menudo acaparando todo el universo que se somete al Señor Sentencia, o esos otros amaneceres que te posicionabas junto al merino de mi hábito y caminábamos, anclados por las manos, durante un largo trecho de la calle Feria. Apareces por el centro de Basílica con la misma elegancia de aquel mediodía, cuando ya todo son ansias por Verla, en el que las mujeres hicisteis la primera estación y relucía tanto tu cara como el verde terciopelo que acunabas en tus manos.

Todo el tiempo abatido viene junto a ti, sumiso y resignado a la firmeza del paso que impones sobre el mármol que escucha las plegarias y es cómplice de las confidencias entre las madres y la Madre, en este tiempo de otoño que empieza a acomodarse y aposentarse por los alminares de la muralla. Todo el poderío de nuestra memoria recorriendo el breve espacio para perpetuarse en el abrazo. Todo el esplendor del sentimiento macareno que anida en ti mostrándoseme de improviso, fundiéndose en esta conmemoración que te afianza en el destino, en la mejor de las providencias. Y yo, dándote –siempre estaré agradecido a quién me concedió esta gracia- el testigo de nuestra ancestral devoción. Veinticinco años, toda tu vida, de pertenencia a la Hermandad de la Macarena, a esta familia que lleva como mejor y única gala ser hijos de la Esperanza.

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