Y muestran la Esperanza

Son como esas nubes de agosto a las que nadie presta demasiada atención si no es para buscar semejanzas físicas, para enaltecer su algodonosa belleza. Esos cirros que, pasan a veces desapercibidos, dan esplendor al azul inmaculado y dotan al firmamento de dimensión con sus caprichosos volúmenes. Nadie en el estío fija su atención en ellas, en su deambular atmosférico, en ese tránsito gaseoso solitario.

Ellos son los que aportan belleza a la torpeza de la palabra, los que dotan de singularidad y fondo argumentativo de los sucesos que se narran, los que detallan y explicitan la noticia que se ofrece con asiduidad en la página web de la hermandad de la Macarena. Pero nadie los ve. Son como fantasmas que solo toman cuerpo cuando se les necesita. Y nunca exponen excusas a la demanda. Siempre disponibles para cuanto se les solicite. Sin su presencia no serían posibles los efectos visuales, sin su denodado y desinteresado trabajo, no se podrían ilustrar las noticias. Y no es fácil el trabajo que desempeñan. Profesan esta singular labor desde el sentimiento, de otra forma sería imposible. Es entrega en la devoción que profesan. Eso les otorga más valor, les define como personas, como buenas personas.

Un médico, un estudiante y dos empresarios. Tres ocupaciones tan dispares unidas por el fervor a la fotografía, vinculados por la devoción universal de la Esperanza. Cuatro macarenos que nunca han proferido más que palabras de agradecimientos por el trabajo que desarrollan por su Hermandad. Dos costaleros, un acólito y un diputado, muchos años en las filas de nazareno les contemplan y atestiguan como fieles cumplidores de las reglas que marcan los comportamientos corporativos. Muchos años de pertenencia a la Hermandad donde se han formado como cristianos. Y nunca han pedido un reconocimiento, muy al contrario, se muestran orgullos de este trabajo que realizan altruistamente e incluso dan gracias por haber sido elegidos para el hermoso fin de plasmar, en sus imágenes, la vida cotidiana de la Hermandad de la Hermandad de la Macarena.

Se reparten el trabajo, cuando no lo comparten. Siempre hay un objetivo en la Basílica dispuesto a captar la emoción, a transferir la religiosidad que estalla en la mirada de un joven, a referir la Palabra del Señor; siempre hay una cámara para recoger la visita de un cardenal, que se presenta inesperadamente, para postrar sus rodillas ante la Madre de Dios; siempre están estos macarenos, émulos de los viejos duendes que trastabillaban por la torre blanca, que se silueta en los perfiles de la muralla, dispuestos a compartir las emociones que captan con sus hermanos en el sentimiento. Tal es la entrega, ante la petición de la Hermandad, que cambiaron sus hábitos de merino, el rutilante brillo de los terciopelos, el orgullo de saberse nazarenos del Señor o de la Virgen participación en la estación de penitencia, para realizar su estación de penitencia con una cámara y mostrar luego al mundo, desde este balcón que es la página web de la Hermandad de la Macarena, todo el esplendor de la cofradía en la calle. Un denodado trabajo, no exento de esfuerzo físico, que cumplen con total obediencia y discreción, sin entorpecer la comitiva, sin buscar privilegios para posicionarse en los lugares de relevancia o frente al paso. Y esta humildad, esta fidelidad a cuanto se dispone para ellos, este acatamiento para el buen discurrir de la cofradía, les hace importantes, aunque ellos se nieguen a reconocerlo.

Ser macareno es un compromiso de difícil cumplimiento, aunque pudiera parecer todo lo contrario. Estos especiales mensajeros de la Esperanza son macarenos, y lo demuestran constantemente. Con hechos y con emociones, que muchas veces les es imposible reprimir, sin más pretensión que servir a su Hermandad. Estos artistas de la imagen -Fran Narbona, Fernando García, Antonio Tirado y Arturo Candau- en su tiempo de asueto, restándole instantes a su familia, se dedican a difundir la Esperanza entre quienes más lo necesitan, entre quienes están más lejos y no tienen el privilegio, que tenemos los sevillanos, de abrazarnos al ancla que nos da la vida.

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