Visión de otoño

Llueve con fuerza, en este mediodía otoñal. Cae el agua y hay carreras de estudiantes que buscan el resguardo de los aleros de los edificios, de los salientes de los balcones y terrazas que sirven de improvisados refugios. Esta grisácea luz que enceniza el ambiente, que lo dota de un velo de melancolía, de reminiscencias juveniles, de recuerdos que traen imágenes imposibles, pues nos desplaza a la infancia. Aceras barnizadas por el agua, humedades que descubrían figuras en las fachadas y nuestras fantasías. El rumor cadencioso del aguacero colándose por la ventana que daba al patio, una sinfonía que nos adormecía, que nos descubrían sonidos y la gran acústica que resultó tener el canalón que se fijaba a los ángulos de las paredes y por el que discurría el caudal invisible que procedía de la azotea.

Los charcos se hacen dueños de la fisonomía urbana, las aceras se empantanan con estas primeras lluvias. Un pequeño, con una mochila que sobresale por sus hombros y traspasa las lindes de las rodillas, acaba de provocar el desbordamiento de un charco, introduciéndose en él con ímpetu inusitado, con una fuerza extraordinaria, ante el estupor de su madre. La agilidad del infante ha provocado una sarta de improperios de la mujer, que acaba de recordarle las tareas escolares que habrá de realizar por la tarde y el cumplimiento de un castigo. El niño sonríe con aviesa maldad, como si no le importara el correctivo por el que habrá de pasar, o tal vez adivina ya, que la condición maternal, lo suplirá con alguna sanción menor.

Arrecia con fuerza la lluvia. Se advierten los primeros síntomas de la nueva estación. Empieza a afianzarse el frío, encadenado a esta humedad que asciende vertiginosamente. Los jardines reciben con algarabía este riego natural. Se espejan y aclaran los espacios. Asciende el aroma a tierra mojada, impregnando el ambiente de su dulzor. La ciudad comienza a abrirse a las nuevas sensaciones,  mostrar las claridades que se ofrecen con la lluvia, esta agua que lustra y embriaga, que nos conmueve y nos revela el paisaje nuevo, que hace explotar el verdor de los árboles, aún repletos de hojas, y los dota de un brillo especial, que resana las raíces que se esparcen en las profundidades. De vez en cuando se trasvela y aparece la luz, un resplandor casi imperceptible que lucha por abrirse paso entre las nubes, que se parcela según avanza este tul gris que nos oculta la hermosura turquesa del cielo.

No hay prisas entre quienes transitan, entre quienes regresan del trabajo o quienes tienen que acudir a sus laborales. Esta primeras horas vespertinas, con el rumor de la lluvia, con esta dulcificante cantinela, alienta al sosiego en el hogar, nos adormece en los bucólicos pensamientos que nos traen esta lluvias que nos introducen en el nuevo tiempo, en la estación otoñal. La mortecina luz de una lámpara embriaga la estancia, donde una gran mesa acoge y sustenta una columna de libros que esperan a ser leídos.

El bucólico paisaje, la lluvia, los árboles de los jardines de la Buhaira, el martilleo con reminiscencias melódicas resonando en los cristales de una ventana, invitan  a la recuperación del orden y el sosiego. Una papelera pública surca, cual hermoso bergantín, forzado velero por mor de los gamberros que se ceban con el mobiliario público, el gran charco que acaba de formarse con estas cuatro gotas que han caído. Un ciclista, que logra esquivarlo, acaba de empotrarse con el cierro que protege los jardines. Mientras, la improvisada lancha, ha quedado a merced de los elementos. Una estela de desperdicios, de basuras menudas, roñas cívicamente depositadas en el receptáculo, se desperdigan por el mar que se forma, cada vez que caen cuatro gotas en esta avenida de Eduardo Dato. Todo muy bucólico y hermoso. Comienza el otoño, comienzan a emerger las carencias urbanísticas.

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