Un hombre llamado Manuel

MANUEL ¿Quién era Manuel? ¿Por qué despertaba tanta admiración, tanto cariño entre quienes le llegaron a conocer? Hay unas esquelas pegadas a la pared de su refugio, de su hogar, un lugar inhóspito, a la intemperie. Hay palabras de trazos infantiles, manchando folios y páginas arrancados a unos cuadernos, abriendo el corazón a los sentimientos de los curiosos que nos acercamos al saliente de la fachada, del local comercial, que le daba amparo, que medio le salvaguardaba de las púas del agua que helaban su piel en los días de lluvia, acercándonos a los que no teníamos constancia de su vida, de su existencia. Allí buscaba refugio cuando las frías y húmedas noches del invierno en ciernes, cubrían y lustraban el asfalto de esta ciudad. Solo la compañía de sus perros, al parecer la única familia, mitigaba los asaltos de la soledad.

Dicen algunas de las proclamas que era un hombre bueno, un ser vencido por el destino, abocado al desamparo. Siempre me he preguntado qué puede llevar a una persona a despeñarse por las laderas de la desesperación y terminar en una situación de precariedad social tan importante. El romanticismo o la locura, la pérdida de la fortuna o el conformismo ante la desgracia. ¿Quién sabe? Una concatenación de hechos que nos transforma y nos lleva a toma de una decisión. Manuel dormía a la intemperie, no acudía al auxilio que ofrecen las instituciones municipales por no dejar a sus perros, por no dejar que padecieran lo que él esquivaría bajo el techo de un albergue. No había hospedaje posible para sus amigos y él tomó la resolución de compartir su soledad con los fieles canes. Eso le define. Ya quisieran algunos que presumen de esta condición, y se dan golpes de pecho, actuar de manera tan ejemplar.

Están los rótulos descubriéndonos a la realidad del presente, al atisbo de precariedad que ya asoma por el horizonte de muchos de los ciudadanos que nunca pensaron que este tren de avaricia y mezquindad económica acabaría arrollándoles. Ya hay pobres que no se atreven a pedir porque el pudor y la vergüenza les superan, porque su condición ha traspasado los límites de la humildad. Buenas personas que ha sido asaltados por los desmanes del dinero, de una banca a la que se le sigue inyectando el dinero que hace falta para cubrir muchas necesidades básicas, y que está sirviendo para desarraigar la verdad, para implantar la peor chabacanería y dejar como un solar las virtudes de las familias, a las que se les arrebata el techo, el trabajo y hasta la dignidad.

Manuel murió de improviso, de una puñalada en el corazón que le lanzó esta nueva situación social, donde los pobres ya ni siquiera pueden morir al abrigo de una cama o tratado en un hospital. Es la nueva realidad que se contextualiza con la apatía de los gobernantes que se despreocupan de las cosas importantes, que no son las grandes fortunas ni los emporios bursátiles. ¿Padecía Manuel algún mal, alguna enfermedad? Nunca lo sabré porque era un desconocido, un paria que vivía gracias a la generosidad de los vecinos de la zona, los únicos, que a fuerza de verlo todos los días, de contemplar su soledad y la compañía de sus perros, lo auxiliaban. Siempre la caridad como solución al vencimiento de la pobreza.

En las mismas puertas de Opencor, en el mismo centro de la ciudad, se forjó la leyenda del vagabundo, de Manuel y sus perros. A cinco metros, gente que entraba y salía. Algunos le auxiliaban. Muchos, dicen esas lápidas embutidas con celofán en la fachada del comercio, llegaron a entablar amistad, a cruzar unas palabras que mitigarían las carencias afectivas que procura soledad, el saber que la sociedad no ha sabido dar una respuesta a estas personas, hombres y mujeres que duermen al abrigo de las noche, padeciendo los rigores del tiempo y las inclemencias climatológicas.

Ayer paré mi bicicleta junto al túmulo funerario que se ha erigido en la fachada de uno de los colosos comerciales que rigen en el país curiosidad. Fue la innata del que escribe, la necesidad de satisfacer las inquietudes, la que me hizo detener. Tras leer con avidez me ví sorprendido por la tristeza. ¡Qué pena! En esta ciudad, hasta los méritos de los indigentes, especialmente éstos, llegan con el laurel póstumo del reconocimiento.

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