Rafael Ramírez Romero

RAFAEL RAMÍREZRafael Ramírez tiene sesenta y siete años, ocho menos que el negocio que regenta y al que ha dedicado toda su vida. En el mercado de la Fería, ese río por el que navega la mayor y mejor devoción de la Virgen, tiene su cuartelá. Allí vio amaneceres de obreros de fábricas de cerillas, de los maestros que realizaban los sombreros que luego lucía otros en la feria o apartaban repelucos de rocío cuando la mañana del Viernes Santo se abría y aparecía, portentoso y majestuoso, como propietario del sentimiento popular que resbala por las esquinas, el Señor que escucha la declaración del relator, voz del pergamino que se pregona la Sentencia de amor.

Rafael sabe del frío y el calor, de la escarcha que riega y resbala por las monturas que cubren las naves donde se divulga el mensaje de la pitanza, de la gente que madruga y labora cuando aún el sol empieza a desperezarse por el Aljarafe y las luces se transfiguran por las bocanas que dotan de vida el templo de Onmium Santorum. Gente de la Macarena que se esfuerza por seguir enraizados, por continuar con la herencia de otros que formaban en la gandinga de la mejor guardia de la Roma que nace en las huertas y extiende sus leyendas allende las fronteras que marca el Guadalquivir por la Barqueta.

Rafael es notario de la infancia de muchos de nosotros. Él lo sabe y lo conoce. Al pie siempre de su puesto de quesos, pendiente siempre de servir y de entregarse a los amigos que confiaban en su profesionalidad. Como lo hacía mi madre, mis tías y mis abuelas. Siempre atento a la demanda con una sonrisa, con un gesto complaciente que servía para el acercamiento, siempre solícito a las peticiones, siempre alegre poniendo a disposición del cliente la mejor de sus sonrisas.

Es memoria que transita por mis adentros, en estas mismas mañanas frías, junto a mi madre. Nos acercábamos al mercado como quien se aproxima a cumplir el mejor de los ritos, a cumplir con la liturgia diaria de la compra, a hacer la plaza como si fuéramos infantes de lanceros dispuestos a la toma del asiento. Antes alejábamos la gelidez de las mañanas con un café en Dionisio y nos acercábamos hasta el puesto de calentitos de Marí Paz, la comunista que cerraba sus ventanas y balcones cuando se acercaba la Virgen, únicos testigos ciegos en el relumbre de la madrugada.´

Su cuartelá comienza a sentar historia gracias al trabajo diario, por eso es mayor el mérito, aunque no conozco ningún negocio de esta índole que no lleve aparejado estas dosis de esfuerzos. En ella se expande la mejor y más sana esplendidez, el exquisito aparejo que se acompaña de buen vino y nos engancha a la gula, seres incapaces de negarnos a las bondades que nos ofrece.

Setenta y cinco años de esfuerzos y entregas. Primero su padre, piedra inicial y fundamento de su ser y su vida, valedor de su heredad, esa que fundió en finas monedas de cariño y comprensión para retribuir la confianza que muchos pusieron en él. Luego, Rafalito, así le llamaba mi madre cuando le pedía aquel trozo de queso que servía para redimir el hambre de la media tarde, engrandeciendo el valor de la pequeña industria. Setenta y cinco años. Toda una vida a la que rendimos homenaje. Muchas cosas nos serían lo mismo sin Rafael Ramírez y su puesto de delicias, como dicen los modernos, en esos accésit de finura con las que no sorprenden a veces, en el rincón del gourmet. Un rincón tan grande como su corazón, tan importante como el caudal que ha atesorado durante tantos amaneceres, durante tantos días al pie del cañón para amasar la mejor y la más grande de las fortunas, la mayor de las riquezas, una de las cosas que ha logrado atesorar y disfrutar. Ser macareno, ser hijo de la Esperanza y haber sido su costalero. Cosas grandes que se retienen en el cantón donde se estableció un hito a la amistad. Setenta y cinco años que se recluyen en tu persona, Rafael Ramirez, en tu buena persona.

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