El asno de Pedro J. Ramírez

Pedro-J La ciudad va despertando. Hay una luna que va desapareciendo. Desde la terraza aparece un paisaje grisáceo. Hay todavía luces aflorando por las ventanas, brillos que delatan el renacer de la cotidianidad. En las calles, aún medio desiertas, de este barrio donde todas las características pueblerinas otorgan singularidades únicas, se recoge la humedad de este rocío que hiela los adoquines y da lustre a las almenadas aceras.

En la esquina, donde la actividad comercial se agiganta, un grupo de niños espera un autobús. Ateridos por frío simulan una alegría que aun dormita en sus ojos. Tienen sueño. Van cargados como mulos. Hasta los más pequeño portan unas mochilas que irán dañan la estructura ósea de su columna vertebral. Las madres hablan entre ellas apaciguando la espera con esa conversación rutinaria, con comentarios sobre lo incierto de la jornada, un adelanto de la soledad de las tareas domésticas que aguardan ser resueltas en el hogar. Vigilan a sus hijos y los ayudan a subir al autobús. Luego se disgregan mientras el vehículo desaparece.

Esto podría ser el relato bucólico de una mañana, en una esquina cualquiera de la ciudad, la descripción de un pasaje sobre la rutina y el cotidiano discurrir. El inicio de una jornada con carencias de singularidad. Pero si se raspa, si hurga un poquito en el surco de las líneas, descubriremos el esfuerzo y dedicación, la entrega y la consagración para no obtener nada, para ser ignorados.

Ayer en Sevilla, el ministro de educación tenía previsto pronunciar una conferencia, disertación que tuvo que ser suspendida ante las continuadas protestas de un nutridísimo grupo de manifestantes, que no cesaban de gritar consignas y proferir mensajes sobre la falta de calidad en las universidades y en especial en los argumentos económicos, como requisitos indispensables para adquirir conocimientos, algo que se está alejando de las clases menos pudientes. No hay más que ver las tasas dela matrículas. El acto estaba organizado por el periódico El Mundo. Hoy su flemático y a veces demagógico propietario y director, Pedro J. Ramírez, nos despierta con un mensaje en su twiter donde denigra al entendimiento y la razón, donde desata una tormenta. (No sabía yo que había tantos asnos en Sevilla) Más de doscientos saboteadores impiden al ministro Wert dar una conferencia. Ea ya lo dijo. Y lo mismo se echó de nuevo a dormir.

Indudablemente las formas no justifican las acciones. Los manifestantes estaban en su derecho. La constitución los ampara y protege, como delimita también los ataques a la libertad. La intolerancia tampoco es buena y tal vez el ministro debió tener la oportunidad, en el legítimo amparo a sus derechos, de pronunciar la conferencia. Lo que no es lícito, ni entra en los regímenes de la razón, es el monumental cabreo de este tirano que utiliza el periodismo como arma y como medio para propiciar el enfrentamiento. Todo vale por el vil metal. Y si tiene que ponernos a los sevillanos, que compran su diario, que leen las escasas noticias que publica sobre la ciudad, como ignorantes pues lo hace y ya está. Eso es soberbia.

En Sevilla los únicos asnos que conozco son el de la Borriquita y el de plaza de España, que el pobre tiene mucha más catadura moral y presenta rasgos de mayor tolerancia que usted y por supuesto no vamos a tolerar que denigre la hermosa condición de estos entrañables personajes con el veneno de sus palabras. Ni somos animales a los que se puede maltratar ni nos vamos a dejar manejar por la injusticia de su poder, que ya sabemos cómo utiliza los medios que gobierna para imponer sus intereses. En esta ciudad, como en muchas otras de este país, que ya comienzo a dudar que sea España, lo que estamos es harto de que se nos vilipendie, que nos maltrate y se nos encasille con los más denigrantes adjetivos. Pocos fueron los saboteadores, fíjese el término que utiliza, y puede que yo no esté de acuerdo con este tipo de acciones, pero creo todavía en la libertad y en el respeto.  E incluso en la dignidad de las personas.

El símil que ha utilizado bien podría habérselo aplicado a usted mismo. En Sevilla no hay más burro que usted cuando aparece por ella. Por cierto, que tenemos magníficas y celebérrimas guarnicionerías donde puede adquirir sus arreos, arneses y aparejos para su ornamento personal.

Quiero pensar que los niños que pasaban frío en la esquina de mi casa, esperando el autobús para ir al colegio, sean personas de provecho en el futuro y si un día tiene que manifestar y mostrar su contrariedad, con mayor o menor acierto, por cómo se les gobierna tengan la consideración de ciudadanos y no animales de tiro. No se acuerde de nosotros y no nos amargue las mañanas.

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