COMPROMISO y TOLERANCIA

solidaridadUno ya no sabe si ser fiel a su ideario es contraproducente. Hay quienes se implican poco o nada en la consecución de los derechos que nos corresponden. Se limitan a estar, a evadirse en sus propios mundos, a ser maestros en la indiferencia. No les preocupa qué esté pasando junto a ellos, es más, si pueden evitar la participación, lo hacen. Les importa muy poco la situación de desamparo al que estamos abocando a la sociedad y que puede ser que algún día, este desbocado monstruo, les devore.

Le ocurrió a un amigo mío, no hace demasiado tiempo, cuando volvía a su casa del trabajo, harto de bregar con todos los inconvenientes que conlleva ser propietario de un negocio de venta de prensa. Noche cerrada, con la Navidad echándose encima de la ciudad. Mediada la calle Escoberos, casi en la confluencia con Parras, observa cómo cae de bruces, un señor. Detrás de él, a una pequeña distancia, caminan una señora y, algo más atrás, un joven que habla por teléfono. Mi amigo apresura el paso con el fin de unirse a la ayuda o socorro que presiente van a prestar al desdichado. Pero oh, sorpresa. La señora se aparta de la acera, rodea uno de los dos mil coches que aparecen aparcados, -¡no es difícil encontrar un hueco en la Macarena!-y salva el cuerpo inerte. Se marcha mirando hacia atrás y acelerando el paso, no vaya a ser que la comprometan en el hecho. ¡Que estas cosas nada más que traen problemas, por Dios! El joven, en sus distracción con el teléfono, casi tropieza con el cuerpo, pero la edad, qué virtud para sacar reflejos, le procura la agilidad necesaria para conseguir evitar el tropiezo y no caer encima del accidentado. Retrocediendo sobre sus pasos, tomando la calle Parras y doblando por Sagunto, desaparece. Éste sin mirar atrás siquiera.

Absorto por la sorpresa, mi amigo acelera el paso y casi corriendo, se interesa por el pobre hombre que permanece, al albur de la humedad y del frío de la calle, tendido e inconsciente en el suelo. Es uno de los mendigos que pululan por la zona intentando sobrevivir aparcando coches. Su aspecto denota dejadez e incluso falta de higiene. En seguida llama a los servicios de urgencia. Gracias a Dios, y la conciencia que aún queda, se suman algunos de los paseantes, personas que viven y vecinos ques alen de sus casas a las voces de alerta que piden ayuda. Mi amigo, que además es un gran cofrade y un macareno de los que se visten por los pies, se olvida de la fatiga y los sinsabores del ruinoso negocio que regenta y decide acompañarlo al centro hospitalario donde es trasladado. Alguien se suma también a la obra pero los servicios sanitarios advierten que sólo puede ser acompañado por una persona. Permanece en urgencias unas horas hasta que un médico, creyéndole familiar, le comunica que está fuera de peligro y que vive gracias a la colaboración prestada. Unos minutos más y hubiera fallecido. Al cabo de unos días sale recuperado de la angina de pecho.

El vagabundo vuelve a su hábitat, a los alrededores del antiguo cine Bécquer, a aparcar coches y salvar los días compartiéndolos con la necesidad y la escasez. Y ayer, no sabe cómo pudo tener conocimiento del hecho, se le acercó y sin mediar más que unas gracias, le dio un abrazo que le supo a gloria y gratitud. Eso, en esta ciudad donde se reparten tantos de manera insulsa y falsa. Pero aquel contenía la felicidad y el agradecimiento.

Eso es compromiso, eso es involucrarse con la sociedad, la responsabilidad que se contrae cuando pregona su condición de cristiano. No sería digno de Ella si hubiera pasado de largo. Y me lo dijo sin ningún tipo de presunción, sin ningún deje de presunción en el tono de sus palabras, sin darle importancia, con la mayor naturalidad. Otros hubiéramos dotado la acción de un halo de heroísmo, nos hubiéramos revestido de importancia y superficialidad y hubiéramos buscado el reconocimiento y la concesión de la medalla al valor y hasta la de la ciudad. No huyó de auxiliar al hermano vencido, al pobre desdichado, como obraron los que sortearon su cuerpo, porque al del teléfono lo reconoció, por mucho que se apresurase a desaparecer, y que además es de los que participan en foros frikis cofrades, poniendo verdes a quienes no piensan que lo principal es ver cómo se mueve un paso, si la banda toca bien o si las flores están mal alineadas en los laterales del palio. E incluso se atreven a usurpar el nombre de hermandades para atraer a visitantes a la virtualidad de las redes sociales. Y si alguien se manifiesta revelándoles que existe un mundo distinto, con gente distinta, capaz de oír palabras solidarias, sin verse ofendidos, enseguida es recriminado por mediar en el foro donde solo se habla de banalidades ¿Dormiría aquella noche? Tienen la conciencia demasiado tranquila porque no conocen la necesidad ni el sufrimiento

Prefiero a mi amigo, que además atraviesa por una dificilísima situación económica, porque cada vez que entre en la Basílica podrá mirar a la Virgen y participar de su mensaje –¡casi nada!- y postrarse ante el Cristo que nos dejó dicho, hace dos mil años ya, que todo lo que hiciésemos por nuestros hermanos, lo estábamos haciendo con Él.

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