Orwell, 1984 y dos perros en San Lorenzo

San Lorenzo 3Da verdadero pavor pasear por la ciudad. Es como transitar por un campo de batalla recién terminada una ofensiva. No hay más que basuras y desperdicios desperdigados por la vía pública. Es una cuestión sanitaria, de salubridad. No hay calle en la que no se amontonen cientos de bolsas con residuos tóxicos. Suerte tenemos que aún nos acompaña el tiempo y el frío y la humedad asientan los malos olores e impiden la propagación de éstos, con sus nefastas complicaciones. La suciedad comienza a hacerse dueña de la ciudad. Es necesaria una solución ya, por el propio bien de Sevilla.

Uno se queda impertérrito contemplando cómo van creciendo, como por generación espontánea, de un día para otro, montañas en la vía pública, oteros multicolores y malolientes donde campan a sus anchas enormes roedores, ratas que se confunden con gatos por el tamaño, y cómo lo perros hurgan entre los restos ante la total despreocupación de sus dueños. Los animales desgarran las bolsas mientras olisquean en su interior, esparciendo indiscriminadamente la basura, acrecentando el problema y posibilitando la transmisión de enfermedades. Las escenas no pueden ser más estrambóticas. Mientras los perros rastrean vestigios de alimentos en podredumbre, sus dueños charlan animadamente, despreocupados de la acción que están cometiendo sus mascotas. Una señora contempla horroriza la estampa y demanda de los parlanchines una actuación inmediata, recriminando su despreocupación y desinterés ante los juegos de los animales con las bolsas de basura. La acción transcurre en la plaza de San Lorenzo, al principio de la mañana del sábado. Quienes salimos de encontrarnos con el Señor nos unimos a la justa recriminación. ¡Ya tenemos bastante soportando los efectos colaterales de una huelga incomprensible para que además se agrande con este tipo de comportamientos! No hay respuestas a la reivindicación. Miran de arriba abajo a la señora, sonríen y continúan con su interesante conversación, debía serlo porque ignoraron por completo a la mujer y a quienes nos adherimos a sus protestas. Insiste en su reclamación y  los dos energúmenos rebuznan indicando que son animales y que no tienen razón. Efectivamente. Con aquella exposición dejaron clara su condición. Los animales no tienen razón. Y me refiero a los dos personajes que llegaron incluso a amenazar a la señora. Claro, que ella no se quedó corta. Lo que pudo haber sido una anécdota simpática, no terminó en suceso porque intermediaron unos señores que desayunaban en los veladores del Sardinero. Esta vez me mantuve al margen. Debió ser la hora.

Es cuestión de educación, sencillamente. Hubiera bastado con tomar a los perros y asirlos de las hermosas correas que mantenían en sus manos, bajo los periódicos y la bolsa del pan. Los animales jugaban o buscaban alimentos entre los restos orgánicos. Instinto animal. Es competencia de los dueños restringir los actos de los perros. Iba decir educarlos pero antes habría que conferir medios pedagógicos para ellos.

No es más que el resultado y la nefasta consecuencia del caos formativo en el que ha caído este país. Falta educación, mucha educación, que es una cosa distinta a la recopilación de conocimientos. Cuando falta educación, sobran malos modos.

Se me vino esta escena, que iba a pasar inadvertida, cuando esta madrugada, alargando mi habitual sesión de trabajo, escribiendo como un loco para cumplir los plazos para los compromisos adquiridos, observo que en la dos de televisión española están emitiendo un magnífico programa de música clásica y que verán cuatro locos insomnes porque eran las tres de la mañana, un horario muy propicio para elevar el nivel cultural de los españolitos. Mientras, en franjas horarias de audiencias millonarias, se emiten programas que nada tienen que envidiar a la penosa situación que estamos viviendo en Sevilla con la huelga de Lipasam. Una situación que da qué pensar.

Qué razón tenía George Orwel cuando escribió su profética novela 1984. Todos auspiciados y vigilados bajo los ojos del gran hermano, mediatizados por la idolatría a la vanidad y egocentrismo.

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