Primer viernes de marzo en San Lorenzo

el talón del señorHay rumores de pisadas nuevas recorriendo la memoria de la plaza. Están alteradas porque los tiempos no se corresponden con los cielos. Es una confusión que altera y descoloca los sentidos. Un revuelo de gorriones se aposenta, como un abanico que se despliega sobre la lozanía de los elementos que recubren el suelo, alrededor de las migajas que una mujer desparrama cada mañana. Hay un ajetreo constante de trancos y voces infantiles recorriendo el lugar, dotándolo de la alegría y de la ingenuidad de la que se fortalece y alimenta el espacio. Son las únicas sensaciones de cotidianidad porque un trasiego de prisas nuevas, que van y vienen, que salen y entran, anuncian por la bocana del templo que la Virtud Grandiosa del Hombre está siendo reverenciada. Hay extrañezas en las ramas de los árboles que comienzan a espesar las sombras sobre la fachada cárdena que un día fuera el pesebre que acogía y disponía, el Mayor de los Poderes y que ahora es sagrario que ampara y da calor a la Madre sola y hundida por el dolor, La misma que se muestra en las entrañas de mis recuerdos, que florece al unísono llamamiento de nostalgias que fueron transmitidas y que sobreviven al paso de los años porque anidan en el alma. Apartadme la luz, quitadme esas velas/ quede Sóla con mi pena debajo de esta cruz./ Que mi hijo ha muerto/ Dejadme en Soledad, porque aunque Él ha de volver, yo me he de consolar. Es el dolor de la Virgen por la ausencia, un dolor que siempre permanece cuando la muerte se presenta, un dolor por las horas en Soledad.

Hay églogas voces que versan y cantan en el silencio, que transmiten la piedad y acogen, en el sosiego de las horas temprana, la semblanza de la humildad. Saben que el talón es un pasaje del evangelio, que es un proverbio que acerca a la razón y sentido de Dios. Saben que el beso es la mancha que escribe las plegarias, el pigmento que transcribe las alegrías y el reconocimiento. Hay serenidades que marcan la vida y sufrimientos que alegran la existencia. Allí está el Todopoderoso, capaz de soportar el peso de tu cruz y conseguir que la vida sonría. Allí está esperándonos el que todo lo puede, el que calma la sed y mortifica el dolor. Allí está dispuesto a inmolarse para evitar la condena, para procurar salvarnos de la prisión de la congoja, para calmar el sufrimiento y aún así, si agudizamos el oído del corazón podremos oír cómo sus palabras patrocinan la verdad y la sencillez de la gloria. ¿Quién me ha tocado que hasta mí llega su gracia? Y todo el poder del universo, toda la alegría va acogiéndose en tu alma y las venturas iluminan tu rostro y cuando vuelves a pisar las claridades que mantienen júbilo en la plaza, sientes cómo brota la inmensa alegría, cómo sientes rejuvenecer el cuerpo, porque las súplicas, las peticiones y hasta las promesas se van cumpliendo.

Es primer viernes de marzo y Dios se presenta en su Basílica, en la casa que Lo aguarda y protege, en templo que mejor y más sabe de la devoción popular, del cariño y del amor. El Señor surge entre las tinieblas para instaurar un nuevo orden: el de la alegría y la felicidad. Las lágrimas son espejos donde se reflejan las dudas, por donde escapan la ignominia y la ruindad del hombre, el bálsamo purificador que aclara las inquietudes. Llegan investidos por el temor y salen glorificados con la Esperanza. Es el mensaje y el Poder del talón de Cristo, del mismo Hombre que camina impertérrito por el laberinto de la humanidad,  que asoma su Divinidad a la condición humana para sanear su espíritu.

Serpentean buscando el refugio al viento y al frío. Pasan bajo el recuerdo del retablo, en la frontera de las emociones antiguas, donde aún pervive la memoria, donde se aún queda un hito de su presencia, junto a la Virgen que espera sola, en la misma puerta que quedaron prendidos los suspiros en muchos amaneceres de Viernes Santo. La cola avanza con lentitud pero el tiempo, aquí en San Lorenzo es una mentira. Las agujas que marcan las horas están justo enfrente.

Es primer viernes de marzo y corre la nostalgia al interior del templo. Una mano separa el esterón y por un instante los ojos se nos llenan de gloria. Una avalancha de paz y armonía derriba nuestra dureza. El Señor del Gran Poder sigue esperándonos para otorgarnos la gracia y el Perdón. Dios en su misericordia frente a nosotros y aunque solo veamos y besemos su talón sabemos que seremos bienaventurados por los siglos de los siglos. 

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