El hombre sencillo

el hombre sencilloEl niño no salía de su asombro. Aquel era el hombre al que admiraba, el hombre que le sorprendía cada mañana de viernes santo. No lo cubría el resplandor de la plata, ni remataba su figura el coral balanceo de las plumas, ni anunciaba su rostro la alegría serena de saberse poseedor de la técnica. Dudó de la figura que estaba frente a él fuera la misma que le sorprendía, la misma que tenía la virtud de marcar los tiempos que va indicando el Cristo de la Sentencia por el entramado urbano. Las palabras del padre refutaban la credulidad y la confianza de saberse frente a él.

Con el paso de los años, el niño se hizo hombre y el hombre se convirtió leyenda viva de la ciudad. Y comenzaron a trabar una amistad que deshizo cualquier atisbo de deidad en la memoria. Uno siempre retiene lo mejor de las vivencias porque el subconsciente se encarga de invernar los malos momentos. No es que se destruyan. Simplemente los aparta y los deja en reposo para que el tiempo lime la dureza del dolor. Se acercó el hombre sencillo y bueno que no muestra el rostro, que no vive en la apariencia. Vino el ser humano que es capaz de llorar recordando la visita a un hospital donde se ceba el dolor y la amargura en fisonomías infantiles o la figura de la madre, que es una manera hermosa de recuperar la vida.

Es un héroe este amigo mío que va repartiendo Esperanza allá por donde camina, por los suelos que pisa y los espacios que cubre con su inmensa grandeza que reside en pedir para los demás lo que para él no solicita, y eso le ennoblece. Es un titán luchando por los suyos. Nunca desfallece a la adversidad y siempre, siempre, haya un momento para escuchar a los suyos, a los que defiende como un verdadero gigante.

Como lo fue para mí, ahora es ídolo para los pequeños a los que dirige, a los que se acercan ya signados por la gracia de la Esperanza, que los acoge y enseña en el difícil arte de la música. Y ésto a algunos le puede molestar, porque llegan con la pretensión de la presunción, con la intención de erigirse y hacer mal uso de un sentimiento que no poseen. Ser macareno, como lo es él por los cuatro costados, es una condición con la que se nace y se sabe pulir, si se llega a desvelar su verdadera significación, confiere una distinción que se basa en humildad y la sencillez. Porque se equivocan quienes llegan buscando otra cosa y allí está mi amigo para mostrarles el camino de vuelta si no descubren el mensaje que se retiene en la mirada más hermosa de una Mujer que bajó del cielo para hacerse Macarena, que muy dice Joaquín Caro Romero.

Casi cuatro décadas reponiendo el mensaje que cubre la ciudad, cada madrugada del Viernes Santo, con el rebufo del pellejo tensado de su tambor como mandan los cánones sevillanos, marcando el andar del Cristo que se ofrece y se humilla y se hace nuestro por la Resolana. Casi cuatro décadas iluminando las caras de los niños que lo señalan cuando el sol quiebra la calle Relator para convertirla en la Vía Apia que desemboca en el templo donde reside y se expande la Esperanza y le hacen ruborizar el alma porque no es más que el humilde servidor que se ofrece a su Hermandad.

Pepe Hidalgo, brillantemente homenajeado ayer y merecedor del premio que le asignaron, nos tensó la memoria, me hizo retomar el camino de la nostalgia, el sendero por el que fluye apresurado el aprecio y la consideración que le tengo desde que mi padre –él no recordará aquel momento- me acercó una mañana de julio de mi infancia hasta las bodegas Peinado donde trabaja para que conociera in situ al hombre que tocaba tan bien el tambor, que enardecía y sublevaba mis emociones, aún hoy lo sigue haciendo, cuando oía el redoble, único y esplendoroso, que hace vibrar la Macarena.

Es un orgullo saberse amigo de él y es una suerte que nos premie con su condición. La hermandad de la Macarena alcance su mayor plenitud gracias a la condición de su gente, de personas como Pepe Hidalgo, que se vuelcan  e inmolan por saberse hijos de la Esperanza. He ahí la recompensa. Es, sin duda alguna, el hombre sencillo que todos deseamos ser.

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