María de Betania en la Macarena

sentencia     Sobrevuela el templo un halo de nostalgia. La luz del mediodía atenaza los espacios. Es una claridad confusa, que se atenúa con las sombras de estos días tristes tras la semana mayor, en la que la ciudad se ve convulsionada por las emociones, a pesar de la lluvia, de la inestabilidad atmosférica que dicen ahora. Esto de las predicciones, la precisión con la que se emiten los partes y los avisos de lluvia, va terminar con el romanticismo de la celebración. Cuando las probabilidades de precipitaciones son superiores al sesenta por ciento, muchas hermandades se piensan y estudian, con profusión y dedicación, realizar la estación de penitencia. Las cofradías se quedan en sus templos sin que caiga una gota de agua.

En la basílica se comienza el ritual. El Cristo de la Sentencia, entronizado en su paso de salida, volverá a la sencillez de su altar, al lugar donde descansan las oraciones de sus devotos. Volverá a la intimidad de su capilla para recibir las peticiones, las súplicas de quienes realizan la estación de penitencia de la vida durante todo el año. Él como nadie sabe donde habita la emoción, en el corazón sencillo de la gente sencilla de la Macarena. En su altar recibe las confidencias, el hijo que se hunde en la lacra de la droga, una historia de desamor que viene a relatar una niña, la súplica enervada por el cansancio en la lucha contra la enfermedad, para la recuperación milagrosa de la esposa que sigue soñando con las caricias de la hija. Todo tiene cabida en este universo dorado donde el señor de la Sentencia reina.

Los esplendores de la cofradía aún guardan aromas de inciensos con gustos avainillados. En los recovecos del minucioso trabajo quedan suspiros y el óle, coral, espontáneo y multitudinario, cuando el paso rompió en la Cuesta del Bacalao con la seguridad y poderío que le infligen sus costaleros. Por una de las claraboyas se cuela un rayo de luz que profana la intimidad de unos rezos que han empezado apenas se comienza la delicada maniobra de descenso de Nuestro Señor Jesucristo. Quienes lo asen por la cintura comprueban cómo se moldea la carne en torno al abrazo. Con el mismo mimo con el que se conduce a un padre, lo depositan sobre la estructura donde descansa. Algunos respiran aliviados. Muy pocos son testigos de este traslado, tan pocos que las voces retumban en las paredes de la Basílica. La Virgen de la Esperanza, aun en su paso de palio, ha recuperado la sonrisa serena y la quietud del semblante tras la épica de la madrugada y observa cómo se realiza este prodigio de amor, este traslado del Hijo.

En el suelo es uno más, es el maestro rodeado de sus discípulos. En una esquina, testigos de las maniobras, silentes y estoicas, cuatro mujeres observan con asombro el gesto que les concita a acercarse. Son las limpiadoras de la Basílica. No saben que van a ser protagonistas del pasaje evangélico que se escribirá en ese momento. Son invitadas a portar al Señor, hasta su mismo altar.

Se desplazan con lentitud, con delicadeza. Estas nuevas Martas y Marías, estas mujeres han convertido la Macarena en la nueva Betania. Salmodias y cantos para recibir al Señor, para agasajar al Maestro y lavar los pies cansados de Jesús con sus propias lágrimas. Ronda la felicidad en esta estancia donde permanecen las emociones y se sustraen las penas. Nada tan hermoso como la alegría de esta Resurrección; nada tan fructífero como la recuperación de la Palabra del Señor, vivirla y sentirla en carne propia y saciar el espíritu con las vivencias evangélicas.

Dios reposa en el suelo. Saben, quienes le han llevado, que han sentido el peso del amor. Han cumplido el añorado deseo de ser portadores de la Esperanza, de esta sensación que se recupera en el brillo de los ojos o en la sonrisa que atestigua la felicidad por el encuentro.

Ayer volvió a consumarse otro milagro en este templo donde reina y habita la Esperanza. Marta, María, María Magdalena y María Cleofás tomaron la sencillez de las limpiadoras de la Macarena para volver a encontrarse con el Hijo del Hombre, que aquí viene a ser el Señor de la Sentencia.

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