La memoria de la ciudad

SEVILLA  Decía ayer un buen amigo, en su columna diaria, en un periódico sevillano, haciendo mención a una amiga de fuera, aunque ya lleva veinte años en connivencia con esta ciudad, que había que salvar Sevilla y preservar el patrimonio urbano. ¿Qué patrimonio, querida amiga de mi amigo? Aquí ya no quedan más que asilados reductos de la grandeza urbana que guardó, durante decenas de siglos esta Híspalis maltratada por sus modernos y progresistas tataranietos, que se bastaron con dos décadas del siglo XX para poner el cartel anunciando su defunción. Y lo peor, es que fue realizada por personas ilustres, por significados catedráticos de arte.

Después llegaron los andalucistas y socialistas para rematar la faena. Cuando todos creíamos, éramos jóvenes inocentes, idealistas que perdíamos la cabeza por nuestros metafísicos y poéticos pensamientos, que se iba a recuperar, al menos la visión paisajística del casco antiguo, pegaron un machetazo y zanjaron cualquier. A peatonalizar y abrir espacio indiscriminadamente, sin importar la historia, ni las vivencias, que guardaban los zocos y entramados de las calles. Aquí lo importante era catetizar, perdón he querido decir modernizar la ciudad.

Desde hace unos días, por cuestiones familiares, y médicas afines a mi padre, visito con mucha frecuencia el centro de salud de la calle San Luis, que he de decir que es un lugar extraordinario, donde sus profesionales destacan por sus cualidades humanas, por la atención personalizada que realizan. Frente a él, han construido un centro deportivo que es la envidia de muchos otros que se han establecido en la ciudad. Siguiendo la ruta, a sus espaldas se encuentra la amplitud de una calle, con edificios de nueva construcción, denominada padre Secundino, en honor al gran lasaliano que dirigió y transmitió  tanta bondad como conocimientos, verdad Pepe Vázquez, en el adjunto colegio de la Salle. Si viramos un poco, en este paseo imaginario, nos topamos inmediatamente con un gran espacio abierto, en otro tiempo ocupado por viejos caserones, por amplias casas de vecinos, que sigue manteniendo su nombre, Plaza del Cronista, aunque sus recoletas dimensiones se hayan desmesurado hasta convertirlo en un paraje casi desértico, atravesada por una calle San Blas.

En estos parajes vivió mi padre su infancia, la patria del hombre. A pesar de sus ochenta y tres años, y a pesar de tener restringida su movilidad física, mantiene una mente preclara y aquel paraje le resultó totalmente desconocido, inhóspito. Aquel no era el lugar donde jugaban al fútbol con una pelota de trapo, ni estaban las tiendas de ultramarinos donde compraban el aceite a granel, ni vieja droguería de su primo Manolito, ni las estrecheces de las calles que permitían esconderse y esquivar a los perseguidores cuando jugaban al escondite, ni siquiera, y esto me conmovió, el aroma al pan recién hecho que provenía de la tahona de su familia, que estaba en la esquina de la calle Infantes. ¡Qué pena! dijo. ¡Cómo pasan los años! ¡Cómo cambian las cosas! ¡Qué pena!

En su lugar, la preclara mente de un espabilado, uno de esos arquitectos diseñadores que se quedan tan panchos destruyendo el último gran trazado mozárabe que quedaba en Europa, ante la permisividad de las instituciones, nacionales e internacionales que deberían preservarlas de las dañinas mentes de los hombres, han construido mayestáticos edificios que afean el espacio que comparten con algunos elementos arquitectónicos salvados de la quema.

Sevilla tiene ya poco que salvar, querida amiga de mi amigo.

Lo único que nos queda, el mejor patrimonio de lo que fue y usted no llegó a conocer, es que la memoria de los que guardan aquellas imágenes, aquellos paisajes de la ciudad que perdimos, no se diluyan o estereotipen con la transmisión oral y visual de las viejas fotos. Ese es el último reducto de la ciudad que no conocimos, que no nos permitieron. En la memoria de ellos continúa la Sevilla eterna.

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