Hoy es el día de la madre

DÍA DE LA MADRENo puedo estar más de acuerdo. La editora Rosa García Perea (Jirones de azul), en el artículo que publica en la publicación Viva Sevilla, en el día de hoy, y en su magnífico blog personal, Arena en los zapatos, entra a saco en el espinoso tema de las conmemoraciones eventuales de los días de… Y con la claridad y la rotundidad que la definen, expone no ser seguidora de estas celebraciones puntuales. Una declaración de intenciones definitiva, a la que yo me sumo. Ya somos dos, paisana.

Ayer vi, con estupefacción y sorpresa siempre, cuando salí a comprar el pan, que fue lo único que hice, aparte de pasarme el día escribiendo, hasta bien entrada la madrugada, cómo en la puerta de panadería habían establecido una floristería eventual y cómo se deshacía la vendedora de los ramos de flores. Cuando salí de la tahona ya no estaba. Pensé en esos grandes almacenes que inventan melifluas festividades para incrementar sus índices de beneficios. Siempre hay quién cae en estas cosas, en estas banalidades que alteran el ritmo natural de los sentimientos.

Como comprenderán me estoy alineando con mi querida amiga, no por afectos, que los tengo, os quiero, sino porque desde hace años desprecio estas inútiles e innecesarias conmemoraciones. No es la primera vez que me manifiesto con un declaración semejante; es que alguna vez me llevado el rapapolvo de algún amigo porque no recordaba -¡horror!- el feliz día de los enamorados, otro invento mercantil que en su día propiciara la desaparecida y entrañable Galerías Preciados. El día de los enamorados concurre a las seis de la mañana, del siete agosto, cuando me levanto y preparo el desayuno a mi mujer y le doy un beso; el día de la madre era para mí cualquier día, que ya no volverá para mi desgracia, cuando visitaba a mi madre, el once de octubre, por citar una jornada cualquiera, y me abrazaba y sentía el calor de su amor en sus manos y el brillo de sus ojos, al día siguiente, cuando volvía a verla.

Sobran días para querer y recordar. Los sentimientos no pueden ser mercancías ni objetos a los que poner precios desorbitados. No se quiere más por el valor del regalo. Basta con la intención, con guardar en la memoria de quienes venimos y a quienes queremos. La utilización de los afectos no puede traer otra consecuencia que el desaire y la desmotivación. Yo celebro todos los días, el día de la madre. Cuando me levanto y cuando me acuesto, cuando paso por el saloncito y veo la foto de mi primer cumpleaños, yo con cara de bobito, y ella junto a mí, tal vez cantándome aquello de cumpleaños feliz, encendiendo la tarta que ella misma habría confeccionado. Esta celebración casi litúrgica y diaria, la obvié ayer. Pero hoy vuelvo a retomarla.

De la madre que me acordé ayer, y durante los diez días anteriores también, fue la del puñetero ordenador que se estropeó, dejándome con la incertidumbre de la recuperación de datos, pues había algunos trabajos importantes, especialmente de la obra que estoy desarrollando, no asustaos queridas y bondadosas editoras. Gracias a Dios que han podido salvar la mayoría de los archivos que contenía el maltrecho y maldito disco duro. La madre que lo parió. Qué susto me ha dado.

Sin remordimiento lo he puesto en espera para abandonarlo en un centro de reciclaje. Sin piedad. Éste ya no me la juega más. Por eso me acordé de su madre ayer y a ella dediqué algunos elogios, que tal vez no entienda porque es coreana o china. Lo siento señora, son impulsos que nos hacen lanzar exabruptos, en los momentos de desesperación. Ahora solo queda intentar recuperar del disco duro de mi memoria algunos trozos y trazos de cuanto estoy escribiendo. Un esfuerzo más que me impongo.

El día de la madre, para mí, es aquél en el que me dio el ser, el mismo que me llevó de la mano a miguilla del pueblo, y se fue rota de dolor porque me quedé llorando, o aquel otro que planchó mi primera túnica, en propiedad, de mi hermandad, o aquella mañana de viernes santo, mi primera estación de penitencia como costalero, que apostada en la calle Parras, junto a la que hoy es mi mujer, cuando pasaba el Señor de la Sentencia, qué de años de aquello mamá, lanzó el santo y seña del mejor amor, y gritó mi nombre y yo lo reconocí y me sentí orgulloso, aunque Miguel Loreto no parara el paso hasta pasada la Bolera. Durante los próximos trescientos sesenta y cuatro días celebraré el día de la madre.

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