Antonio Muñoz Molina, premio príncipe de Asturias de las letras.

MUÑOZ MOLINA Cuando terminé de leer aquella novela supe de inmediato que, ante a mí, se abrían nuevas expectativas en la literatura española contemporánea. Hasta entonces, mis lecturas se abría a un amplio abanico de posibilidades, sin referencias ni centradas en la sentimentalidad y devoción a cuanto sucedía a nuestros alrededor. Me fascinó la idea de construir el tronco argumental, cómo se iba desarrollando la novela, al mismo tiempo que iban creciendo los personajes en la trama y cómo, el autor creaba, un clímax de intriga con las razones y argumentos más sencillos. Eso era precisamente, el gran descubrimiento. Hace ya veintiséis años de aquello y continúo expectante a cuánto este hombre publica. Algunos ya lo tomamos como referencia generacional. Me estoy refiriendo a Antonio Muñoz Molina, al que acaba de hacer justicia. Ha sido galardonado con le premio Príncipe de Asturias de las Letras, quizás el premio de más prestigio literario tras el Nóbel.

Beatus Ille me fascinó, el Invierno en Lisboa o Beltenebros, me certificaron que me encontraba ante un escritor de formación intelectual especial. Luego vino el encumbramiento con El jinete polaco, premio Planeta en 1991. No creo que exista un autor que haya conseguido construir un mundo en torno a su literatura como Muñoz Molina, desde que William Faulkner ambientara sus novelas en el condado ficticio de Yoknapatawpha, que tiene su origen en la circunscripción de Lafayette, Misisipi. El ubetense ha ideado su propia comarca para desarrollar gran parte de las tramas argumentales de sus novelas. Mágina, es la ciudad donde convergen los dramas, las alegrías, las penas y hasta las bromas, de un tiempo en el que este país paso por el terrible trance de una guerra civil, una traumática postguerra, mientras en el mundo tenía lugar un genocidio contra los judíos, un tiempo de asentamiento y planes de desarrollo, la muerte de un dictador, una transición que intentó no hurgar en heridas y un época de desmanes económicos que han acabado con cualquier ilusión y hasta ideologías partidistas por encubrir y hasta participar de la desvalijamiento y expoliación de la economía española. Una época trascendental en la historia de España que Muñoz Molina ha ido desgajando y enseñándonosla, como él la entiende, como la entendemos los de su generación, que comenzamos a ser la conciencia madura, sin estridencias y ni pasiones, de este país, de su sistema de vida, tan degradado políticamente, y tan minusvalorado por las nuevas tendencias ideológicas. Por eso, nos enganchamos a sus novelas. Porque nos reconocemos. Porque nos sentimos protagonistas de las acciones que desarrollan sus personajes y porque la narración es excelente, exuberante y extraordinaria. Porque muchas de sus obras guardan una hilaridad común y podemos descubrir a personajes de Beatus Ille paseando por el Madrid del principio de los setenta en El dueño del secreto; marqueses y condes arruinados que mantiene el status social en el entorno provinciano de Mágina; comerciantes con dotes detectivescas que solucionan problemas o convidados de piedra, amigos de charlas en el casino, en su novela Sefarat a los que un escultor los emula para un pasaje de la pasión del Señor, en un trono para la Semana Santa.

La literatura de Muñoz Molina sobrepasa la dimensión de la fábula y mantiene su compromiso social en sus artículos periodísticos, en sus ensayos y en sus recopilaciones de cuentos y novela corta. Creo, además, ha trazado una línea separatoria en el entendimiento sobre la concepción literaria en nuestro país, quizás junto con Luis Landero y su obra Juegos de la edad tardía, marcando un antes y después, con la aparición de sus escritos.

Muñoz Molina no es un hombre con suerte, como él ha declarado en muchas ocasiones, sino un hombre valiente, que se ha entregado a la literatura con pasión, y hasta con fervor. Lo dejó todo por ella y cuando tiene esos accesos de patriotismo con sus pensamientos, el azar no hace más que corresponder a la acción.

Cada día me alegro más de que cayera en mis manos, hace veintiséis años, aquella novela de un jiennense desconocido, que había ganado el premio Ícaro en 1986, llamada Beatus Ille.

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