Martu Garrote, o la desvergüenza política

Martu GarroteNo todo el mundo es igual. Ésa es la grandeza del género humano y la constancia del progreso y avance en las condiciones vitales. Gracias a la disparidad y la divergencia en la opinión se ha construido una sociedad capaz de resolver los problemas y acercar las conciencias. Esta línea argumental puede trasladarse al estamento político, a quienes la ejercen y viven de su condición, que debe confluir en la abnegación, la entrega y el servicio a quienes han puesto su confianza en ellos. No todos los políticos son unos corruptos, ni unos sinvergüenzas, ni caen ante los poderes fácticos que se han adueñado de los partidos políticos. Conozco algunos que han vivido en la dignidad, siendo consecuente con sus idearios y sus estilos de vida. No es que abunden, pero los hay que intenta servir a la sociedad. Conozco casos de personas que han creído en sus proyectos para mejorar la condición de los ciudadanos que han representado, que han intentado evitar la jerarquización de unos partidos. Incluso, en el colmo de la sensatez, han preferido marcharse a continuar en la obediencia borreguil. Sé de políticos que han sido refrendados con una sonora ovación, durante la última comparecencia pública, en representación de su cargo, en la presentación del pregonero de la Semana Santa, en agradecimiento a la entrega y dedicación en sus labores municipales, homenaje de la gente que la puso y de la que no estaban de acuerdo con su ideario político, y sin embargo obtuvo el refrendo que ni siquiera consiguió el alcalde, que estaba sentado unos metros junto a ella, ni el pregonero.

Ayer, una de esas políticas que tienen boca solo para exabruptos, para bufidos y maledicencias, se descubrió en una de las redes sociales más importantes, se definió como lo que es. Una miserable capaz de utilizar el dolor y la muerte de muchos inocentes, de ciudadanos que se desplazaban para encontrarse con sus familiares, para disfrutar de las fiestas, o simplemente volvían a sus casas para descansar tras la dureza de una jornada laboral. Una tal Martu Garrote, nombre que ya es una premonición sobre la actitud que mantiene esta mujer contra lo que considera sus oponentes, tuvo la indecencia de colgar en su cuenta de twitter una entrada en la culpabilizaba, de la muerte de ochenta personas, a los recortes que se han promovido, con mayor o menor acierto, por los actuales componentes del gobierno de la nación. Hay que ser miserable. A estas personas les vale todo y todo tiene su valor. ¡Qué lástima que se mantengan en sus cargos públicos a estos personajes! Se les paga con el dinero que las víctimas, o sus ascendentes, y ni siquiera se dignan a mostrar respeto a sus memorias. Las utilizan como lanzas para zaherir, como cargas de profundidad. Éso tiene su nombre y su definición en el diccionario de la lengua.

Esta Martu Garrote, que se proclama atea –está en su derecho y hasta creo que mejor para todos- debería tener la vergüenza de dimitir de los cargos que desempeñe en la ejecutiva de las agrupaciones municipales del partido al que pertenece. No se merece la sociedad mantener en su lides políticas a esta cobarde e indeseable que trafica con los sentimientos y el dolor, que especula con sus infames verborreas, que suele menospreciar a los menos favorecidos, a los que llama en sus blogs y sus cuentas de redes sociales “tullidos y pordioseros”. “Quien tiene boca se equivoca”. Quien tiene vergüenza y honor tiene el derecho a equivocarse y hasta poder rectificar. Sus reiteradas conductas y sus execrables manifestaciones son premeditadas. A no ser que sean producto y consecuencia de las juergas y botellonas de las que presume participar. Pero ni aún así, ni borracho se puede uno pronunciar con estos argumentos. Nos puede, señora, mantener sus idearios caducos con el dolor de las familias y las ausencias arrancadas de improviso.

Hoy hay muchas flores sobre ataúdes, muchas madres, esposas e hijos anegando la oscura madera de los féretros con sus lágrimas para que usted intente sacar partido y provecho. Hay que tener la valentía de ser mejor persona, de ser honrada y mostrar argumentos capaces de desbancar a sus oponentes sin socavar el alma y estriarlas con sus miserables palabras.

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