Margarita y nosotros

20130714_180134Cuando llegan pensamos que seremos capaces de parar el tiempo, que la secuencia de los días se detendrá para que podamos hacer nuestra la felicidad. Pero no. El tiempo pasa inexcusablemente, en un tránsito voraz y veloz porque lucha por desposeernos de la dicha para hacernos sentir en la humanidad con la que fuimos concebidos. Es la ley de la vida, una jurisdicción que nos esclaviza en la consecución de la felicidad aún siendo conscientes de su efímero asentamiento.

Cuando aparecen vienen recubiertos por la alegría y nos transmiten esta sensación de gozo que se ancla en nuestras almas durante cuarenta y cinco días. Llegan para participar en nuestras vidas, con esa sensación de angustia que les precede y que se desvanece con el primer, con el primer beso. Han pasado a ser parte de nuestras familias, adentrándose en el círculo íntimo del ser y abriéndose camino en la dura realidad que nos rodea. Asumen esta condición y conocen nuestras preocupaciones que empiezan a hacer suyas porque la sucesión de los años han tergiversado la inocencia de sus mentes y ahora son responsables jóvenes que han dejado atrás la candidez de la infancia con la que fueron recibidos.

Parece que fue ayer. Han pasado diez años como diez suspiros. La pequeña es hoy una mujer. Cuando llegó venía enredada en la confusión, perdida en el desconcierto que suponía el desplazamiento de miles de kilómetros, ataviada con la sorpresa que significa el cambio de costumbres, de hábitos, sumida en la extrañeza de un lenguaje que no comprendía. Pero los niños son capaces de adecuarse a cualquier situación. Por muy adversa que ésta sea, camuflan sus angustias y retienen, con la inmediatez de la necesidad, los usos del lugar y hábitat nuevo.

Margarita es una de las niñas de la primera promoción de bielorrusos que llegaron a la Macarena, huyendo de la atrocidad radioactiva que ensombrece los cielos de su país. Es una víctima colateral del accidente nuclear, el más grave de la historia, que tuvo lugar en Chernobil, y cuyos nocivos efectos sufren quiénes menos culpa tienen. Cuando llegó, apenas cumplidos los siete años, traía consigo un pasado atroz, desvinculada de su familia y terminando asilada en uno de los cientos de orfanatos que se reparten por la geografía de la Rusia Blanca. En nosotros encontró el arraigo familiar del que estaba tan necesitada, el cariño y la trascendencia doméstica de la que adolecía. Para nosotros significó el descubrimiento y el retorno a la sencillez, a la comprobación de la suficiencia que rige nuestras vidas y la posibilidad de corregir los excesos materialistas que atosigan la existencia. Ella es la medida que fideliza y fija el fiel de la balanza de las emociones.

El martes se fueron, regresaron a sus domicilios familiares. Volverán a recibir los besos de sus padres, los abrazos de los familiares directos que asumen este viaje como necesario para prevenir los efectos de la radiación que pudieran poner en peligro su salud. Regresan sabiendo que tienen en Sevilla otra familia, el complemento de aquellas que les aguardan ahora con los brazos abiertos, y que les han acogido en sus hogares como si fueran parte de sus vidas. Estos niños lo saben y lo agradecen. No puedan ofertar más que cariño y amor.

Margarita regresa a un hogar tutelado, a compartir espacios con otros niños en sus mismas circunstancias. Vuelve a su pueblo, en medio de una estepa desolada, económica y ambientalmente, para seguir dependiendo de la caridad de un estado en el que las carencias alimenticias son patentes, por muchos adelantos técnicos que procure la globalización tecnológica que nos esclaviza. Margarita vuelve a una casa donde los afectos son repartidos y la disciplina es una necesidad para poder sostener la convivencia. Ahora sólo le queda esperar y a nosotros, a sufrir la espera. Aquí tiene una familia dispuesta a acogerla, a luchar por superar las trabas burocráticas que nos imponen las premiosas administraciones –las de allí y las de aquí, que no sabemos cual es peor-. Solo queremos a nuestra niña. Verla sonreír, enfadarse, dormirse cuando se aburre, contar sus historias y ver cómo procura ser feliz dentro de un ámbito familiar. El martes se fue. Como somos hijos de la Esperanza, soñamos con poderla tener un día, definitivamente con nosotros, que no es sólo nuestro, sino el propio de ella.

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