Recuerdo de un recuerdo de mi madre

los-nardos-de-la-virgen-de-los-reyes Debe ser producto de las ansias por recuperar ese tiempo perdido que se extiende en el vacío de la evocación, en esa franja donde moran los primeros recuerdos, las primeras visiones que se captan por el subconsciente y que quedan ancladas en el éter de la memoria. No tenemos constancia de ellos porque aún estábamos por desarrollar los instintos que nos fueron concedidos en la concepción. Es lástima grande no mantener constancia del primer beso de la madre, recién llegados al mundo, cuando nos posicionan en su regazo, ni tener el precioso testimonio de los ojos, en el inicio del llanto, cuajados de lágrimas por la felicidad de saberse madre. Podemos figurarlos con la imaginación, con el roce y el amor de los años enhebrando sentimientos y configurando un mundo que nos pertenece aunque la evidencia de la razón no nos posibilite proyectarla en la memoria.

Quizás la memoria atenúe las sensaciones, fingiendo el descolorimiento de los ambientes y paisajes, convirtiéndolos en acuarelas grises, en situaciones donde se prevarica con las emociones, para protegernos del dolor y de las miserias de las leyes de la vida. Quizás nos prevengan de la nostalgia por las ausencias, de la añoranza de los brazos que nos sostenían y que nos elevaban para que nos viese la Virgen. No somos conscientes de estos gestos maternos, de la grandeza que encubren, pero sí nos dotó Dios de alma, que es como la valija en la que se depositan todas estas situaciones que creemos perdidas, todas estas emociones que supones nos son arrancadas porque no habíamos formado ni la conciencia ni la razón. Es el alma lo que nos subleva contra ellos y nos lo devuelve todo en esta singular forma de la recreación del tiempo que no nos corresponde pero que nos pertenece.

Aún no ha salido el sol. Presiento que algo especial sucederá. Por los cuarterones de la ventana comienza vislumbrarse un primer resplandor, un grieta en la oscuridad que pronto se transformara en leve albor y que será radiante y sereno azul, rotundo para entoldar la ciudad de luz con su luz. Hay trasiego por las habitaciones contiguas y las luces del comedor se cuelan por la rendija de la puerta de mi dormitorio dotando de brillos al perfil de mi cama. Me gustaría preguntar qué pasa. He soñado con un caballo de cartón que se ha quedado en casa. Las pisadas son leves, no tienen mayor repercusión acústica que la del desplazamiento para no molestar. En la habitación contigua duerme mi abuela Carmen, que reposa en el sueño. No se ha levantado, ni lo hará porque está cansada de tanto trasiego de años y tantos madrugones para abrir la panadería y porque dice que ya está harta de pregonar y solicitar sueños que nunca llegan. Veo a mi madre asomarse, con disimulo y discreción, por la abertura que hay entre la puerta y el marco. Sonríe. Tal vez porque yo he sonreído al verla, al reconocer su aroma, al experimentar la misma alegría que ella siente por este reencuentro diario, por este reconocimiento protector que experimento cuando me toma en sus brazos y me acerca a su pecho. Los corazones laten al mismo son y me alegra esta posición que respalda la certeza de la entrega de la vida, con estas caricias que someten y estimulan mi alma, que acrecienta la sensación de amor.

Me lleva en brazos por las calles. La luz comienza a tornarse clara. En las esquinas, sobre algunas fachadas, comienza a dorarse la cal. En el cristal de una de las ventanas de la antigua Audiencia vio reflejado mi rostro y el primer esplendor del sol. Hay mucha gente a mi alrededor. Tanta que no dejo de distraerme. Miro hacia un lado y a otro. Ella solo mira hacia el frente, intentando esquivar el muro de cabezas que le impiden asegurarse una buena visión. La música que llega me gusta. Se oye lejos todavía porque un grupo va cantando y pregonando salmos. Pero a mí me gusta el redoble del tambor. La tumbilla va apareciendo por la esquina de la Plaza del Triunfo. Mi madre, me coge por la cintura y me eleva sobre la multitud. Y entonces veo a la Virgen de los Reyes. No he cumplido aún el año. Pero ya he tenido frente a mí la primera visión de la Madre de Dios, que fue cómplice con mi madre para este hecho que muchos años después repetí siendo yo padre.

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