Antoñito*

guillermo ciria Me sigue gustando el diminutivo de mi nombre. Es algo que va implícito en mi forma de entender la vida, de retomar el sendero de la nostalgia y el recuerdo. Cuando alguien me llama Antoñito es porque pervive en él el signo de mi infancia, porque siente que el tiempo es una falacia que se empeña en destruir las cosas hermosas y aún recorre su mente aquel niño que jugaba en el patio de la casa, que deshacía las horas leyendo las aventuras que tan bien describía Julio Verne o que dibujaba Escobar en los tebeos que le compraba su madre en la parada del autobús que nos llevaba de Sevilla a Coria.

Hacía muchos años que nadie pronunciaba este cariñoso diminutivo. Demasiado tiempo si oír la reverberación de la voz llamándome al estadio mejor del hombre. Recupero los años que se marcharon con la prontitud de un suspiro, con la inhalación de una secuencia que se ha transformado en décadas, en el vocablo que ya apenas solo pronunciaba mi madre, cuando me llamaba por teléfono para recriminarme el poco tiempo que le dedicaba, las escasez de besos que se quedaron en el ánfora de los deseos y que yo excusaba con el exceso de trabajo y las horas de más en la hermandad. Debí robar algunas a mi compromisos para ensañarme con aquella necesidad de cariño que ahora echo tanto de menos. O como dice el capataz que lleva a la Madre de Dios por las calles de Sevilla en la madrugada más hermosa. “Cuando lleguéis a avuestras casas, dad besos a vuestras madres, a vuestros padres, ahora que tenéis la suerte de seguir teniéndolos a vuestro lado”. Una verdad tan grande como la catedral hispalense.

Hace algún tiempo que mi amigo Guillermo Ciria se ha descubierto a esto de las redes sociales, a comunicar su humanidad por medio de mensajes que tienen aromas de tardes de lluvia, que me devuelven el tono de su voz dando las buenas tardes, antes de entrar en su casa, a los que nos aprestábamos a almorzar en la nuestra, asomando su perfil, el personal y carismático, por el umbral de la puerta de mi casa, siempre abierta y siempre expectante al recibimiento de quienes nos acercaban su cariño envuelto en el celofán de la amistad. Cierto es que la puerta de su casa no distaba más de un metro y medio y la convivencia era un factor familiar que compartíamos. Pocos secretos se podían guardar en estas estrecheces, que ahora echamos tanto de menos. Guillermo es esencia de la verdad. Es algo con lo que se nace, una raigambre que nos confieren en el cielo cuando nos designan a la vida, en el cielo. Guillermo no tiene más doblez que la sinceridad y la bondad. Otros valores que no se pueden adquirir. Es bueno y es buena persona. Por él supe muchas cosas de nuestra semana santa, que es distinto a adquirir conocimientos. Cosas de los entresijos de tertulias puras en los alrededores de San Vicente, de tiendas de ultramarinos que mantenían las reuniones en la posterior de los establecimientos, en las trastiendas donde se alzaban vasos de vino tinto y rodajas de pescada, envueltas en papeles de estraza que servían de envoltorios a los recuerdos que se transmutaban en las conversaciones, extrayendo de la memoria a los que habían construido un mundo que hoy empieza a perderse. Leyendas de una semana santa que es historia, que se difumina en la nebulosa del friquismo que nos invade, que se extinguirá cuando los últimos verdaderos cofrades se marchen. Y Guillermo es de ellos.

Me asalta tanta nostalgia cuando se reverbera, por estas nuevas redes sociales, la voz de mi amigo llamándome Antoñito que se anegan mis ojos de lágrimas. Es ésta nueva voz de Guillermo, aquella que me explicaba los misterios ocultos del museo de Bellas Arte, recorriendo las galerías en el privilegio de la soledad, descubriendo a Valdés Leal, a Murillo, a Zurbarán o Velázquez, mientras iba cayendo la tarde por las grandes cristaleras que daban al claustro del antiguo convento de la Merced, resaltando orgulloso que aquélla era la segunda pinacoteca de España. Me devuelto el tiempo mejor este grito de Antoñito traspasando el universo virtual cuando me hizo el primer costal o contemplábamos la primera salida de la Virgen de Gracia y Amparo de Omnium Santorum cuando íbamos camino de San Lorenzo para sacar la Bofetá.

Me gusta sentir el aniñado grito de Guillermo, ese diminutivo que entronca con la memoria de su bondad, de su sinceridad y su nobleza. Es sencillamente el reencuentro con aquel tiempo en el que tanto aprendí y que en gran parte le debo a este hombre y su familia que llegó a ser, y creo que sigue siéndolo, a pesar de los años, parte de la nuestra.

 

*A Guillermo Ciria.

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