Un año sin tí, mamá.

AAAAAAA¡Cómo pasa el tiempo, mamá! ¡Las de cosas que han sucedido desde que fuiste llamada a la presencia de Dios, desde que postraste la pequeñez de tu figura frente a la Madre de Cristo! Han sido un suspiro estos trescientos sesenta y cinco días sin tu presencia que no sin ti, que te llevamos en la memoria prendida del amor con el que regalaste nuestras vidas. Han sido días, semanas, meses recordándote, añorando esa sonrisa que siempre lucías en el perfil de tus labios, esas palabras que fluían desde la mesura y la abnegación en tu condición de madre.

¡Qué de cosas han pasado, mamá! He visto atardeceres prendidos en los rieles del horizonte donde aparecías de improviso. He contemplado amaneceres pensando que todo había sido una pesadilla, que encaminaría el sendero que lleva desde mi casa a la tuya, donde estarías esperándome para agasajarme con ese café que sabía a gloria y que nunca volveré a paladear con deleitación, con la satisfacción de saber que otro día podría descubrir el aroma de la tisana deslizándose por el ambiente que iba desde la cocina al comedor y que deshacía la memoria hasta la misma infancia. ¡Cuánto daría por volver a oírte pronunciar mi nombre, el de mis hermanos, citándonos a la merienda! ¡Si vieras cómo están los niños que fuimos hurgando en la nostalgia! ¡Qué nos cuesta deshacernos de ti! Ahora compredemos el dolor de la ausencia, de los momentos que cicateramente no te dedicamos porque no creímos que te irías, que siempre te tendríamos al lado para sanar nuestras preocupaciones con tu sonrisas, para deshacer nuestros problemas en ese mar que tienen las madres y donde hacen naufragar las amarguras, siempre al quite con los mejores consejos.

¡Que de cosas, mamá, han pasado en este año que llevas sembrando ilusiones en el campo de los sueños! Instantes que no pudimos compartir vienen a martirizarnos, a torturar nuestros deseos y a expandir la pesadumbre, porque somos incapaces de hacernos a la idea de esta separación forzosa, de este alejamiento que nos impone la vida, de esta injusticia de dolor que nos transforma en seres egoístas, en amantes de la locura que intentamos dejar sin saber que nuestros esfuerzos son inútiles.

Qué nos acordamos, mamá de ti cuando pasamos por esa calles por las que tu anduviste, por esas aceras que recorrías camino del mercado de la Fería, y donde descubrimos todavía tus huellas, tu mirada doblando las calles en busca de la vida que se escapaba a lomos de un caballito de cartón. Qué añoramos tu mano guiándonos a la escuela, conduciéndonos al mundo del conocimiento mientras refunfuñábamos porque la infancia nos requería a la legitimidad de los juegos, a la imaginación que nos convertía en mosqueteros o piratas de los mares del sur.

¡Qué de cosas han pasado en este año, mamá! Fíjate que tuviste que irte para que destemplara mis temores, para que derrumbara los aciagos miedos con los que nos encorseta el materialismo y me cubriera con la armadura del valor para hacer lo que siempre quise hacer, para concretar un sueño que mantengo desde la infancia. Escribir, abrir mi alma a otros, lanzar de golpe mis emociones en un folio blanco, garabatearlo con signos hasta conformar historias y crear fantasías para que otros pudieran fantasear. Y he escrito de algo de lo que siempre me sentí orgulloso, de esas sensaciones que se descubre cuando se abren los ojos de la madre y contemplan la gran virtud de la vida, el ofrecimiento sincero de su propio ser hasta lograr templar la situaciones más difíciles con una sola palabra. Esperanza.

¡Qué de cosas ha pasado este año, mamá! ¡Cuántos besos han surcado el aire con la esperanza –ves, siempre la ESPERANZA- de que se posen en ese espacio donde tu habitas, donde descansas tras el trasiego del duro bregar! Qué de recuerdos madre precipitándose ahora. Siento el aliento de tu ser acaparando este aire que respiro y fíjate que hasta he notado, cosas de la necesidad, cómo rozan tus labios mis mejillas y dejas, marcado en los surcos de mi piel, el sueño de unos de tus besos.

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