Purgatorio

lan10A veces da miedo salir a pasear. Con lo agradable que es coger una mañana, estas primeras del mes de los muertos, con los alfileres de los fríos punzando la piel y oyendo el tañer de las campanas, en secuencias lentas, pausadas, sobrias, proclamas de bronces que taladran el aire, anunciando misas por las almas de los difuntos, limosneando oraciones para las benditas almas del purgatorio. Ya nadie habla de las almas que quedaron presas en el purgatorio, expiando las penas y los males que no supieron alejar en esta vida terrena. Y es una pena este olvido.

Este mes es mucho de recuerdos a quienes ya no están con nosotros, a quienes nos precedieron en el camino y nos van abriendo las sendas para el reencuentro eterno. Son días que se presentan auspiciados por un velo que convierte en tibieza el poder del aire, que matiza las imágenes, que diluye los horizontes hasta convertirlos en lienzos de Valdés Leal. Son instantes que nos recuperan al recuerdo de la abuela que siempre andaba liada con las mariposas y los aceites para dar luz a las almas del purgatorio, para deshacer, decía, las tinieblas de los pobres que eran capaz de hacer ver a los otros sus signos de santidad.

Estos días se revisten de un halo de nostalgia para desvelarnos los instintos mejores, para atraernos al sentimiento y la memoria, para instruirnos en la emoción, siempre nueva y desconocida, por mucho que insistamos en reconocerla, de las tardes cenicientas de estos días tristes del otoño. Será cosa del ánimo que nos convoca las ausencias. ¿Pero no es cierto acaso, que las tardes se diluyen y las horas parecen atenuar la luz con su paso? ¿No son, acaso, estos días en los que hundimos en los recuerdos?

Era el camino aquel de San Lorenzo un ritual de mi infancia que ahora recupero. La mano de mi madre llevándome a la vieja casa donde residían mis abuelos. El aroma a café recién hecho, los fríos de noviembre colándose por la abertura del patio, humedeciendo los verdes que brotaban en los ramajes de las viejas pilistras, las hojas enormes venciendo la gravedad, y enfriando el gastado mármol de las columnas. La semipenumbra de la estancia donde yacía –no tengo otro recuerdo de mi abuelo Manolo que aquel sentado en el viejo sillón, leyendo siempre novelas Marcial Lafuente Estefanía- el hombre delgado y vencido que se levantaba para darme un beso. Aquella luz escasa colándose por las cuarteladas vidriadas de la puerta y mi abuela Carmen dándose el único placer del día tomando una copa anís seco, como si fuera un viejo marino aferrado a la madera del mostrador de una vieja taberna portuaria. Y se iba mi madre confundida con las columnas lumínicas de las primeras luces del día. Y allí quedaba yo, en la vieja casa solariega, empapándome de silencios, jugando con la soledad que recorría el pequeño claustro familiar. Los días aquellos mi noviembre infantil descubrí cómo la tradición se injertaba en mismas entrañas, paseando por las señoriales calles de San Lorenzo, recorriendo los comercios, las tiendas de ultramarinos donde comprábamos las latas de melocotones en almíbar que servirían para mi postre. Y siempre terminábamos viendo al Señor, orando ante la Virgen de la mayor Soledad y luego, siempre sin excepciones, nos acercábamos hasta el magnífico retablo de Fernando de Barahona que se mostraba en la capilla abierta en el muro lateral izquierdo. Abría su monedero e insertaba unas pesetas en el limosnero situado en los bajos del lienzo. Y rezaba como jamás he visto rezar, con devoción extrema, por aquellos pobres, decía, que se consumían en el olvido, en el purgatorio.

Por eso hay veces que da miedo salir a la calle, porque te asaltan las imágenes que permanecen emboscadas en la memoria. A pesar de esta luz y de este fresco matutino que nos empañaba el alma porque descubres que el purgatorio está a tu alrededor y reconoces a muchos entre las llamas de la vida.

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