La medalla y el acta

AAAAA        Éste fue el primer aviso de lo mucho y bueno que me vendría a suceder durante estos últimos doce años. Un tiempo que llegó embarazado de esperanza y concluye hoy convertido en ilusión, en renovada energía y con la certeza de haber cumplido con lo que me fue encomendado, con la convicción de haber servido a mi Hermandad con honestidad y honradez y con la pretensión de no sucumbir a la soberbia, sino anclarme a mis orígenes, a la sencillez de esa sangre que transita por mí y que me impregnó de la mejor y más grande condición, la ser macareno, que no es ni más ni menos que abrir los brazos a la Esperanza, acariciarla y transmitirla a otros para que se bañen en su dulzura, en la placidez de esas aguas que generan y regeneran el espíritu. Tenemos esa suerte.

Esta medalla me fue impuesta para contener mis ilusiones y ver cómo otros tenían que hacerla posible, intentar al menos concretar el sueño al que muchos aspiran y que encuentran hecho realidad con sólo Mirarla. Esta medalla, que pasará a sembrar el campo de mi mejor nostalgia, me fue impuesta para gobernar, que viene a ser servir y fomentar el mensaje de júbilo que estalla solo con pronunciar su nombre, para restituir y convocar el espíritu de fraternidad que rige entre quienes se confiesan seguidores del Carpintero de Nazaret, del Hombre que siendo Dios, se presentó para cambiar el mundo, para hacernos más felices, con un mensaje cargado de amor, de justicia y verdad, para redescubrirnos la gloria que nos fue impuesta en la primera hora de la creación, de ese Hombre que vio verdear mañanas y que dicen, quienes le vieron rodear las huertas asido su por su Madre, se quedaba dormido por aluvión de piropos, que en forma de salves, de trenzadas oraciones, se iban convirtiendo en nanas para que pudiera soñarnos y otorgarnos la ilusión por la vida.

Esta misma medalla lleva fundida, en la plata dorada, todas mis generaciones, todos los sueños de mis ancestros, todo el amor y la fe que pusieron en cada palabra que vertieron cuando la veían llegar, todas las lágrimas por las ausencias y las distancias que no se pudieron salvar, todos los recuerdos que hincaban en la diáspora y florecían cuando se abría una cartera y aparecía Ella de improviso, en blanco y negro, y por los filos raídos por los años, de tanto acariciarla y besarla, porque era besar a los suyos. En esa plata están las caricias de mi madre, la alegría de mi padre, la comprensión de mi mujer, la mirada de mi hija, los abrazos de mis hermanos, la servidumbre que buscaba para hacer mejor mi trabajo.

Esta misma medalla ha sido el ancla que ha fondeado la nave de mis emociones hasta partirme el alma delante de mi Cristo, cuando en las mañanas del Viernes Santo rasgaba los azules y caminaba potente y misericordioso por esa Resolana que se enervaba a cada mecida y el sol mestizaba los dorados de la canastilla con el blancor de las casas hasta fundir la gama cromática y todo se aparentaba en terciopelo morado y los ojos y las voces de quienes mejor lo conocen enhebraban sentimientos hasta destemplarme el corazón.

Esta misma medalla, que pende del oro y el verde, de la majestuosidad que se fomenta desde la mejor devoción popular, viene a recordarme el esplendor del espíritu que acude a Ella, que se entrega a Ella, que recurre a Ella, que se auxilia en Ella, que pierde el sentido en Ella, que vuelca sus sueños en Ella, busca ventura en Ella, que resuelve sus dudas en Ella, que se ampara en Ella, que se confiesa con Ella, que recuerda con Ella, que vive con Ella y que cuando muera, buscará el descanso en Ella. Siempre la Esperanza como principio y fin de la vida, como orto y omega de esta existencia que se muestra vacía sin Su presencia.

Esta medalla ha sido mi referente, mi enseña y el atributo para mi humilde cometido, para el mí el más preciado y precioso de los trabajos. Durante doce años he sido secretario de mi Hermandad, he intentado servir a mis hermanos y mostrarme ágil el comisión de mis labores. Esta medalla, con el dorado vencido por los años, con el cordón lacerado por tantas emociones, ha sido la insignia donde he prendido mis sentimientos y donde he vaciado mi corazón. Porque ser secretario de la Virgen me ha permitido conocer muchas buenas cosas, abrirme mi alma y desprenderme de lo mucho malo que me condiciona mi ser de hombre. Hoy termino mi mandato como secretario. Se me asignan otras funciones pero ser escribano de esta Hermandad, donde toda emoción tiene cabida, me ha honrado y marcado profundamente. Por ello quiero cerrar este periplo como humilde servidor de mi Cristo, como secretario de mi HERMANDAD, que cuánto viví me ha engrandecido, que cuanto hice lo hice por Ellos, por quienes han marcado mi camino y levanto acta y doy fe, por última vez, y en mi condición de Secretario, y certifico y con el Visto Bueno de la Virgen, que he tenido la gran suerte y el gran honor de servir a la Madre, a La que es fuente de ventura, Reina de los Cielos y Esperanza última de los mortales.

En la Macarena, a veintidós de noviembre de dos mil trece.

 

 

http://parascebe.wix.com/antoniogarcia2013

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