La indignidad y la muerte

la indignidad y la muerte       La descomposición del país continúa con pasos agigantados. La eliminación de la doctrina Parot, por el tribunal europeo, que por lo visto prima ventajosamente a quienes han delinquido y ejecutado a miles de ciudadanos inocentes, desestima cualquier atisbo de libertad. Parece ser que los derechos de los asesinos están por encima de las víctimas, a quienes se les resta los suyos. Todavía tendrán que pedir perdón por haber perdido a sus padres, hermanos, hijos o amigos, a sus asesinos. ¡Qué barbaridad!

Siguen saliendo a la calle los violentos. De nada sirve la desesperación de las protestas de los afectados, ni los gritos pidiendo justicia. Si quedara algún resquicio de equidad e igualdad, en los derechos fundamentales que nos amparan a todos, estos violentos que además no muestran ningún signo de arrepentimiento, se pudrirían en la cárcel. Pero los ciudadanos nos encontramos en una situación de indefensión absoluta. Y ojo. No es culpa de quienes aplican la ley sino de los juristas que las instruyen. Es increíble que una mujer, en defensa de su hijo, llame pederasta a un sujeto, condenado por ello, pero en la calle porque no se ha confirmado la sentencia, y éste la demande por injurias y ataques al honor. Ha ocurrido en Canarías. El individuo abusaba de los menores engañándolos en su condición de preparador deportivo y una vez obtenida su confianza abusaba sexualmente de ellos. Bueno pues el señor quiere una indemnización por un cruce de palabras más que justificados y además elude y niega su comportamiento vejatorio hacia la mujer, a la que amenazó. Demasiada bondad mostró la madre al denominarlo por su condición penal, pederasta. Alguien con menos capacidad de aguante hubiera actuado de manera distinta y entonces la justicia se aplicaría con todo su rigor, tal vez sin atenuantes, y con el agravante de la supuesta venganza -ojo por ojo, diente por diente- y tal vez terminara en una de las celdas que se van quedando vacías en los penales. Celdas donde habitaron los asesinos y violadores que ahora campan por las calles igualándose a los ciudadanos que acatan las reglas de la sociedad. O peor aún, seleccionando entre quienes se cruzan a su futuras víctimas, jóvenes que pueden ser atacadas sexualmente, personas inocentes que no saben que se cruzan con un asesino en serie y que un capricho del destino les lleve a la fatalidad.

Esta excarcelación masiva de criminales, que salen con la serenidad en sus rostros y la seguridad de saberse protegidos, es la prueba de la descomposición del estamento social, de la eliminación de los valores esenciales que permiten la convivencia cívica y que puede provocar la demolición de sus estructuras. La indignación lleva, en muchas ocasiones, a la actuación y ésto al inicio de conflictos que luego son difíciles de solventar.

La situación no puede ser más lamentable. Mientras unos protestan, elevan la voz por lo que consideran la vulneración de sus derechos elementales, la privación del sentimiento de justicia acrecentándose en sus almas, otros sonríen y abrazan a sus cómplices, que les esperan en las puertas de los penales. Incluso enarbolan enseñas de sus lugares de origen y se jactan y ríen con las penalidades que se muestran frente a ellos. Es la victoria de la muerte. El enfrentamiento constante de la razón frente a la locura. De nuevo Unamuno en contingencia con la insensatez de Millán Astrain que alababa y daba vivas a la muerte. Seguimos inmersos en la hecatombe de valorar, con mayor precisión, la destrucción que la creación. Nada es eterno. Pero aún sabiendo del destino, aún conociendo el final, queremos disfrutar de los placeres y bonanzas de la vida. No podemos, ni debemos admitir, que secuestren nuestros anhelos y los recluyan en el lugar, oscuro y tenebroso, donde habita el dolor y la sinrazón. No queremos vivir angustiados conociendo que hay asesinos sueltos, con el beneplácito de una justicia equivocada, y que pueden volver a cometer sus tropelías. No se trata, repito por enésima vez, de procurar perdón. Se trata de restituir la dignidad de la vida como bien preciado y entregado por Dios. Ni siquiera a nosotros nos corresponde la potestad de cercenar nuestra propia existencia. Queremos vivir con la tranquilidad y el sosiego de contemplar la sonrisa de nuestra pareja al levantarnos, saber que las caricias y besos de nuestros hijos son el premio diario. Y hay personas que ya ni siquiera pueden recordar el rostro y los ojos de quienes amaron.

Estos asesinos que el tribunal europeo pone en calle mantienen, en el rictus de sus sonrisas, la macula de la muerte.

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