Pepe Mel*

PEPE MELAún recuerdo aquel verano del ochenta y nueve. Sofocábamos los calores del verano en la casa que alquilábamos, todos los años, atentos a cualquier brisa oceánica que ascendía desde la basílica de Regla. Cuando volvíamos de la playa, con la canícula de las primeras horas de la tarde, dorando los hombros y la espalda, lo primero que hacíamos era poner la radio, sintonizar la emisora sevillana y comer oyendo las noticias deportivas. Bueno, lo que realmente nos interesaba era saber lo último que acaecía en nuestro Betis del alma, que eran tiempos convulsos aquellos para el beticismo. Hoy día el drama continúa vivo. Debe ser una constante genética y que cada generación se curta y endurezca con situaciones parecidas en tiempos distintos. Es nuestra impronta sentimental, el amor a las trece barras que definen la constante que hace grande a esta afición, distinta a cualquier otra.

La noticia alteró la siesta. Ya no hablamos de otra cosa. Mis hermanos, mis cuñados y yo tuvimos un tiempo para la alegría y pasamos aquellas horas vespertinas discutiendo sobre ello. A todos los béticos aquella buena nueva nos pareció el maná caído del cielo. Atravesábamos el desierto de la segunda división. No había más que malos presagios y el equipo, siempre respaldado, siempre arropado por el bandear de insignias verdiblancas y por los cantos que nos trasportaban al reencuentro del más puro sentimiento, caminaba perdido en una diáspora de pueblos y pequeñas ciudades que se convertían en fortines cuando la comitiva de Heliópolis arribaba a ellas. Siempre el enemigo a batir, los contrincantes se superaban. Cierto también que el plantel no dejaba demasiado margen a la confianza, y el grupo directivo, hasta entonces, no era el más apropiado, no por su condición y afición, sino por la ineptitud. Al presidente, que se acababa de ir, relevado por Hugo Galera Davidson, le habían pedido a gritos, no que se fuera, y en una pancarta, que se muriera antes de que matara al Betis. Por eso, aquella noticia solivianto el ánimo. Se fichaba a un tal Pepe Mel, que había metido no sé cuántos goles con el Castellón y tenía el olfato fijo en las redes de las porterías. Un futbolista de enorme poder y con la impronta de un líder, joven y con cierto futuro. Lo que no sabíamos era que se estaba forjando una leyenda y que su corazón comenzaba a tintarse en verde y blanco. Aquella misma temporada, con veintidós goles, se alzó con el “pichichi” de la categoría, cooperando al ascenso a la Primera División. Sus goles y su entrega, su honestidad y su casta enseguida enlazaron con la afición, que cada vez que culminaba una jugada entonaba aquello de “pepemel, pepemel, pepemel, pepemeeeeeel”. Su paso por esta entidad resultó muy grata y su recuerdo perduró con los años.

Por eso, cuando retornó para dirigir al equipo, desoyendo otras ofertas que posiblemente le hubieran procurado más enjundia, por la categoría de los clubes que lucharon por obtener sus servicios, y también mayores beneficios económicos, la afición volvió a volcarse con él. Venía porque era bético. Y no lo dudó. Cogió a su familia, las maletas y puso rumbo a Heliópolis, a su casa. Sacó al equipo de las profundidades de la segunda división, lo asentó en la categoría de honor, que ahora el marketing y las necesidades económicas de los clubes denominan Liga de un banco, y lo metió en la UEFA, que es como conocemos los de nuestra generación a la Europa League.

Con un equipo de circunstancias, por no decir de recortes, los futbolistas no tienen la culpa de su escasez de calidad, comenzó la liga, defendiendo siempre su condición de bético, aceptando los traspasos y las nuevas incorporaciones.

Lo han echado quienes deberían haberse ido, no por sus ineptitudes y carencias que son muchas, sino por ese espíritu que sí tiene Pepe Mel, por esa integridad que ha venido siempre demostrando, por la bondad de su persona, por ese beticismo que le reboza por en encima del cuello de la camisa y del que ellos adolecen.

Éste era nuestro entrenador, el que el Betis necesitaba. Las lágrimas que vertió el pasado lunes son los signos de la dignidad que tanta falta hace en el mundo. Las buenas personas se distinguen de los demás porque lloran cuando los ofenden y tienen la valentía y la vergüenza de callar para no hacer daño a la entidad. De eso se aprovechan los que no tienen escrúpulos, los que si tiene su bolsa llena de miserias, aunque ellos las confundan con cuentas corrientes. De eso se aprovechan estos ineptos que no ven más que resultados económicos donde debieran ver sentimientos. De eso se han aprovechado estos dirigentes, en contra de la opinión mayoritaria de esta afición que prefiere morir de pié, o sea en segunda división, en tercera o regional, que vivir arrodillada ante la injusticia que viene precedida de sus erróneas decisiones, de que a Pepe Mel se le ha fundido en el pecho ese escudo que tiene trece barras verdiblancas por donde se asoman sus emociones, donde han quedado prendidas las voces, ondeando junto a la bandera, que recorre el aire de esta ciudad y que no cesa de expandirse con esa proclama popular que va calando el ambiente, un canto de justicia que se sigue entonando donde lal ciudad es sol, “pepemel, pepemel, pepemel, pepemel, pepemel”.

Otra lección –una más- de la afición del Betis. ¡Óleee, mi Betis manquepierda”.

 

*Bético, entrenador y escritor, buen escritor.

Galería | Esta entrada fue publicada en DEPORTE, REAL BETIS BALOMPIÉ, SEVILLA. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Pepe Mel*

  1. Qué corazón tenéis ambos… y que suerte tengo yo de teneros como amigos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s