Christmas

Navidad Pudiera haber sido la rugosidad del papel, esa sensación táctil que remueve los sentidos cuando los microsurcos parecen ondear las emociones a través de la piel. Pudiera haber ser también el embargo de las emociones que nunca debimos dejarnos arrebatar, esa nostalgia de la infancia que se aparece lánguida y pausada en la memoria, en estos días que renacía la ilusión en los corazones. Pudiera ser también la emoción del reencuentro con las personas, con los sentimientos que una vez pudieron con nuestra voluntad y sucumbimos al sentido de los besos, de las primeras emulsiones de la pasión. Pero no encuentro más explicación lógica a esta misiva que la de la existencia, de la constatación del recuerdo en el recuerdo de otros que es como reinventarse a la vida, como recuperarse del olvido al que nos habíamos precipitado al aceptar la inmediatez de los nuevos canales de comunicación, tan actuales y rápidos para notificación como por su inmediatez para el desdén, se esos mensajes en las redes sociales que prescriben a los pocos segundos succionados por la voracidad del posterior y carecen de la emoción inscrita en la tersura de una cartulina que viene a recuperar el tiempo cuando la tinta se incrusta en su porosidad y convierte en eternidad el pensamiento y la felicidad deseada.

He recibido un christmas. Hay ya una generación que puede incluso ignorar la existencia de estas postales de felicitación navideña, de estas emulsiones de buenos deseos que se plasmaban en los reversos de paisajes nevados, con una estrella en lo alto del cielo minúsculo, dando luz al paraje desolado y entrañable de un espacio donde se erigía un abeto o encubriendo la tersura del reverso de un retrato de la Sagrada Familia acogida en las ruinas de un establo y amparados del frío de la época en el calor corporal de una mula y un buey. He sucumbido a la nostalgia, otra vez, con esta misiva que me retrotraído en el bucle del tiempo hasta recuperar las imágenes de unos niños camino del colegio, ateridos de frío, encogidos sobre sus maletas de cuero, aquellas carteras de hebillas y cerraduras que nunca funcionaban o que habían sido forzadas porque perdíamos las llavecillas que nos abrían a la aventura de los libros de textos, que se escoltaban con el bocadillo para el desayuno en el recreo, al rocío empapando los cuarterones de los ventanales de las clases que nos permitían vislumbrar un horizonte limpio, unos campos inmensos que tejían el suelo parcelándolo en colores ocres o verdes incipientes, el discurso milenario del río, mientras un viejo magnetofón susurraba villancicos que anunciaban la llegada a Belén de un borriquillo, o el hartazgo  de unos peces que no cesaban de beber y beber, o la tarde en la que adornábamos las paredes de la clase con guirnaldas de colores relumbrantes, con bolas tan finas que se quebraban al menor golpe y en una esquina, el pequeño portal de belén, con su cielo de papel azul y un lago de plata donde un pastor pescaba su propio reflejo.

He recibido esta felicitación y vuelvo a recuperar la memoria de un amigo. He recogido el sobre como quién recoge el recuerdo de aquellos días y recupera la niñez. En esa postal viene aneja la amistad que nos recupera a la existencia, que la fija a la vida para siempre, pues siempre viviremos mientras quienes nos quieren nos mantengan en su memoria. Es ésta la alegría que remoza mi corazón. Frente a la instantaneidad y velocidad de la comunicación y el reposo y el esfuerzo por eternizar la felicidad. Frente al olvido inmediato en un éter tecnológico esta inmortalidad de la dicha extendiéndose, en cada trazo, por la blancura de la cartulina. Frente a la agitación de la improvisación por el cumplimiento estas palabras grabadas sobre la marmolina de una lámina en cuyo anverso figura el mejor anuncio de la vida. Frente a la globalización de la repetición impersonal la originalidad de las emociones transmitidas por un impulso del corazón que nos va dictando esa retahíla de sentimientos y nos envuelve en el halo de la magia de la Navidad, del sentido de fraternidad y amor que nos trae el Niño que nace en el establo y no tiene más calor que el que le proporciona la mula y el buey. Es el mismo calor que recorre nuestro ser cuando sabemos que seguimos existiendo porque nos recordado en la lejanía.

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