Crónicas de la Esperanza: de la Espera y El Cielo

la esperaNo sólo por los que estamos aquí sino por los que ya fueron llamados a su Gloria y vivieron y murieron con el nombre entre sus labios, procurando eludir el miedo que se mete en las entrañas cuando se nos muestra el pretil desde el que se advierte un fin próximo; o por los que entregaron sus días a glorificar su nombre para que cada vez que se pronunciara se ejecutara una gracia nueva en la tierra. También por ellos, por los que consiguieron concretar sus sueños, o los de otros, para obtener una sonrisa, que por misterios insondables suele venir envuelta en una lágrima contemplativa; por los que soñaran que las cosas minúsculas, las que pasan desapercibidas a la gran mayoría de los humanos, puedan convertirse, por obra y gracia de su nombre, en bálsamo bienhechor que mitigue el dolor y la desesperación, la maldad y la ruindad; por los que sin creer se convirtieron cuando La contemplaron en el rincón oscuro de una capilla en San Gil; por los que mantuvieron la certeza de que la bondad, el amor y la caridad se obtenían con sólo rozar su torso; por los que sufrieron con la distancia mientras el suelo se transformaba en cielo para que pasara la Reina que todo lo llena, La que alivia toda pena, La que la merced consigue. Para todos ellos, para los que La sueñan y La ven, para los que La intuyen, para los que buscan y encuentran, para los que La encontraron y ahora ya no pueden desprenderse de Ella, para los que rezan con fervor y los que piden con sencillez, para los que La alaban y La elevan, para todos se proclama en la Basílica el más bello mensaje del Redentor, del Hijo Dios y del Dios Padre, la herencia de la Divinidad que no dádivas, ni exigencias extremas, ni requerimientos mortificantes.

Para todos. Para los que quieran oír y deseen ser oídos, para los que quieran ver la Verdad y participar de Ella, para los que sientan y deseen ser sentidos.

En estos días se pregona la gran dicha por venir. Si queréis verla, sentirla y experimentarla, encaminad vuestros pasos hacia donde los vergeles tenían formas de huertas, donde los caminos se desempedraban y confluían desde los alcores para nuclearse frente a la gran puerta que recibía a los viajeros procedente de sus pueblos y donde una muralla da dentelladas de amor al azul que inmacula el entorno. Enderezad vuestros corazones hacia donde la vida se muestra en su vertiente más hermosa, traspasad el umbral que retiene la esencia de los siglos, de la devoción con la que aprendimos a orar, y encontraréis la respuesta a las incógnitas más místicas, la revelación a los axiomas menos previsibles del ser.

Buscad la gran dicha que se nos ofrece a cambio de amor; venid y ved, descubrid lo que ya sabéis. Que la ESPERANZA es la gran dicha de los humanos. Acudid a la Espera y cumplid con el requisito de besar la mano que guía nuestras existencias. Después verificaréis que habéis visitado el mismo cielo.

 

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