Crónicas de la Esperanza: del legado recibido.

Crónicas de la EsperanzaHa llegado para reencontrarse con la memoria. La suya y la de los suyos, de los que le precedieron en la Gloria y del que lleva ahora de la mano. Viene con el sentimiento prendido con alfileres en la nostalgia, dispuesto a enfrentarse al recuerdo de aquellos ojos grises que le llevaban, como él mismo hace ahora con la sangre de su sangre, a descubrir la historia íntima de su familia que a veces confunde con la de la Hermandad.

Conoce al por menor los entresijos de su historia, las fábulas de la vida, de su existencia, que le fue transmitida sin palabras, durante estos cortos itinerarios por los que iban desprendiéndose del frío y de las primeras sombras de la tarde. Recuerda la mano áspera que se fundía con la suya -generaciones suprimidas, unificadas por ensalmo, por el encanto místico que se desprenden del candor y del cariño, la sangre joven y la antigua confundidas en un mismo sentir-; la voz interior que exaltaba y sembraba las vivencias con un solo gesto, con una mirada, con un pausar el ajetreo de un corazón que empieza a desbocarse porque ya atisba -aquellos ojos grises-el albor de una espadaña con reminiscencias neoclásicas o el metálico sonido de las viejas campanas perforando el gélido aire del primer tiempo de invierno con la cantinela alborozada del anuncio de la gran alegría.

Retorna a la puerta donde descubriera la razón primigenia de la consolidación de la fe, de la existencia inequívoca e irrevocable de la existencia de Dios, cuando contempló extrañado, porque la edad aún no le había desprovisto de su inocencia ni le había desamortizado de la candidez, cómo resbalaba aquella lágrima por los surcos que el tiempo fue labrando en el rostro de su ascendiente; cómo se formalizaba y tomaba cuerpo toda la épica de sus generaciones anteriores en aquella gota que se desprendía del alma; cómo iban fluyendo sensaciones incomprensibles con cada paso que le acercaba al momento del esperado encuentro.

Busca ahora la calidez de las oraciones murmuradas en el interior del templo, que es como el nuevo palacio de la Adoración, de las letanías encadenadas, de los salmos y las jaculatorias que van apoderándose del espacio, que se parapetan en las pinturas, en los frescos, en los dorados recovecos barrocos labrados de los altares, porque se resisten a Abandonarla o porque van dirigidas a Ella y han de permanecer a sus plantas. Cada paso, en esta cofradía sin merinos ni terciopelos, sin charoles relucientes, sin vestidos recién estrenados en la mañana santa en la que el dolor se disipa con la misma Presencia que hoy se adivina entre la gente, sin más música que el rumor de los propios pasos, con el goce del silencio rodeándole, con la mística más popular asediándoles.

Tal como ayer, tal como hoy, el sentimiento se eleva triunfante, poderoso, incapaz de ser sometido, de ser subyugado. Aferra la mano del hijo. El tiempo va facultando al espíritu en la compresión de los hechos incluso de aquellos que pudieron pasar desapercibidos. Sabe y conoce de la mirada filial que ahora le observa pues es la misma que le fue transmitida y que él transferirá.

Junto a Ella el tiempo desaparece, se desprende de su lógica medida, y cuando inclina la cabeza, para posar sus labios sobre la mano que ejecuta todas sus acciones, vuelve a vislumbrar aquellos ojos grises y cansados que le enseñaron aquellos otros –ahora frente a ellos- donde se alberga y encuentra la única y verdadera Esperanza.

Foto.- Fran Narbona

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