Crónicas de la Esperanza: el añorado retorno.

             IMG_6882-copiaApenas puedo mantenerle la mirada. Es la consumación de mi pequeñez humana cuando se enfrenta a su grandeza la que me vence, la presencia cercana de la Madre que siempre cumple diecinueve años inhabilita mis sentidos. Me pueden las luminarias de sus ojos; me subyugan las miradas de los otros, de los que se acercan vislumbrándola en la lejanía, como algo inalcanzable que de improviso se presenta poderosamente, agigantándose con cada mirada y ya no hay fuerza capaz de derrotarla. Me turba la valentía de las arrugas cinceladas en los rostros de esas mujeres que van acercándose y ya llevan el secreto en los labios, la confidencia que no son capaces de mostrar a nadie, más que a Ella. Me inquieta esa sensación de falsa supremacía de los que quieren enfrentarse a Ella. Todos terminan con la cabeza baja y el espíritu elevado a otra dimensión. Nos consume el alma la poderosa figura de la Madre de Dios.

            Veo la luz remisa de la tarde, de este invierno que ya empieza a afilar sus garras para zaherir las viejas almenas de la muralla, que troquelan el horizonte y esconden las casas donde se muestra ya  el portal que acoge al Redentor, diluyéndose por las linternas que dotan al templo del esplendor lumínico que lo hacen confortable a la vista, que favorece la observación y resalta las riquezas que la mano del Hombre ha erigido para exaltar a La que ya fue sublimada por el mismo Creador. Huyen del espacio en el que han tomado cobijo indebidamente durante cinco días, aprovechando la ausencia de la que radia el fulgor más excelso, contra el que nada pueden. Intrusas de aquel ámbito, se retiran cabizbajas. Saben que su derrota está próxima, que serán abatidas y buscarán asilo en sus proximidades. Conocen su destino y el privilegio de haber ocupado, durante tan escaso tiempo, el lugar donde reina la Luz Suprema.

            Retornarán a buscar los amplios claustros del campo, a compartir su estado con el viento y la lluvia, a disuadir al rocío cuando la mañana medie, profanarán las solariegas estancias de palacios, bendecirán las humildes habitaciones de los viejos caseríos, desahuciarán las humedades que amarillearán las paredes de los muros conventuales, favorecerán el crecimiento del incipiente tallo de las espigas del trigo, a dorarlas, el germen de los frutos del campo, a encontrarse con el abanico cromático del cielo cuando se parte en dos tras una mañana de lluvias. 

            Todo retornará a la magnífica cotidianidad, a la sublime realidad diaria en la que la Virgen se presenta a todos, sin excepción, tras el halo argénteo que es el acceso jubiloso de su camarín. Volverá al cielo protector que nos La muestra, siempre cerca y accesible, porque basta con su mera contemplación para comprender la grandeza de la vida, el  por qué de nuestra existencia y certeza de la extraordinaria verdad que se muestra en su rostro. Cuando los brazos elegidos La tomen por su cintura y sus mejillas se acerquen al quebranto laminado de los hombres que La portan, y la devuelvan  a la estancia cegada, se restablecerá la luz ÚNICA que es capaz de mostrar el camino a los perdidos en la noche y los ojos volverán a llenarse de gloria. El mundo puede dormir sereno. La Virgen vuelve a su estancia para la irradiar el poderoso y gratificante don de la ESPERANZA.

 

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