En la senda de la Esperanza

CON LA ESPERANZA En el sendero que conduce a la ilusión hay una huella marcada por el amor y la devoción, una trocha donde crece el verdor que se ve regado por la marea de la vida, por las procelosas aguas de un mar que mantiene en las ondulaciones del fervor el más inquietante de los misterios. ¿Hay algo mejor que saberse protegido, amparado por el manto que vence a la tristeza y derrota a la congoja? ¿Hay mayor conciencia sobre la vida que la profunda y sentida emoción que tiene su origen en la confianza que nos llega desde la dulzura y belleza de un rostro? Pues allí, donde convergen las emociones, donde transitan los sueños, donde el aire tiene reminiscencias marinas, está Ella.

Se abre a la claridad de la nave central, con toda la grandiosidad de su hermosura, esta Mujer que abate cualquier atisbo de melancolía, que pulveriza la oscuridad de la soledad manifestándose, anegando con su presencia el paisaje y ofreciendo el consuelo con tan solo cruzar una mirada. Allí, como orto del universo del sentimiento, se ha establecido la cordura de la belleza. Hay un tránsito de pequeños que se asombran, niños que ofrecen, como el mejor de sus presentes y garabateando el blancor de un papel con trazos de colores, su inocencia y su candor para que prendan en los corazones adultos que le rodeamos, para inocularnos esas miradas sencillas con las que honran la expectación. Han puesto a las plantas de la Virgen el primer conocimiento de su devoción, la primera noción del fervor que acaba de prender en sus almas. Aún sin ellos saberlo, ignorantes del gran momento que acaban de vivir, han sido investidos con una promesa de amor, con el augurio de poder vivir siempre en la alegría.

Tras el encuentro, tras la tempestad de la emoción, se asienta de nuevo la serenidad. Las aguas de este mar que lo abarca todo, que comprende el ansia y la desesperación de la pasión se abren para acaparar el misterio y redoblar sus fuerzas en alisar las arenas de la playa donde reposan la nostalgia y el recuerdo. No son cantos de sirenas lo que nos atrae a esta capilla; no hay que atarse al palo principal de la nave para huir de la locura. Es la necesidad de encontrar su mirada para atarnos a la cordura de la piedad y la devoción popular; es desligarse de las ataduras de la realidad para concretar esta bella quimera de depositar un beso en la mano que sueña ya con tener al Hijo entre sus brazos.

La convulsión de las miradas se detiene ahora en el tránsito incesante de fieles, de devotos, que vienen a postrar su ósculo en la tersura de la piel que se mantiene en el aire para anclarnos en su vigor, para reservarnos un lugar en la emoción. Estar cerca de Ella, aún solo unos segundos, para pronunciar el discurso que llevábamos pensado y que se deshace inmediatamente cuando ponemos nuestra vista a la altura de sus ojos, y nos invade el vacío mientras el tiempo parece detenerse, mientras los siglos vienen, de improviso y apresuradamente, a deleitarnos con su letanía, con el asombro de una manifestación de sensaciones que nos inmoviliza. Es sólo un segundo, un instante, una fracción minúscula de nuestros años vividos, y parece que el tiempo viene a declararnos su mentira, la revelación sobre esta inmensidad de bondad y misericordia que se muestra en su mirada, que se transparenta en el azabache que mantienen sus ojos.

Ese tronco devocional que tanto nos atrae, que tanto nos une y que nos ensambla en el amor a la Virgen, quiso que mi instante protocolario se convirtiera en eternidad emocional, que la menudez y pequeñez de mi ser se viera consagrada con Su cercanía. Ayer tuve la inmensa suerte de que la amistad y la fraternidad posibilitaran aquel cercanísimo encuentro, que la generosidad, que habita en la calle donde la Pureza se extiende hasta el corazón de los que la pisan, me permitiera sentir y gozar de la proximidad de la Virgen de la Esperanza de Triana.

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