El callejón del Gato o el país del esperpento*

ETANo creo que exista un país en el mundo donde se permita la difusión del terror, donde las víctimas se vean ninguneadas por quienes han cometido la atrocidad y encima con carácter de indulgencia. Ésto solo puede ocurrir donde triunfa el descontrol y desgobierno, donde se acepta la intimidación de quienes asesinan, de quienes no tienen más argumento que la implantación del horror. No existe ningún país, democrático, donde se permita que una pléyade de asesinos en serie se muestren y pavoneen su presencia ante los medios de información, como si fuera la presentación de un equipo de fútbol o el manifiesto de solidaridad de onegés que se juegan la vida en campos de refugiado o en las calles de ciudades atestadas de escombros porque han sido bombardeadas.

Debo ser muy torpe y algo intolerante. No  llego yo a entender esto. Que los asesinos de más de trescientas personas se expongan y reclamen, en un manifiesto esperpéntico, que me perdone Valle-Inclán, en el que declaran su total compromiso a no hacer uso de las armas y tomar el camino de la política en la defensa de sus ideas. Llegan tarde, cincuenta y seis años tarde.

Allí estaban, en el teatro convertido en sala de prensa, algunos de los más sanguinarios terroristas liberados. “Acumulamos cerca de 1.500 años de cárcel”, leyó en castellano uno de los portavoces del colectivo, José Antonio López Ruiz, “Kubati”, condenado él solo a mil doscientos años, de los que cumplió veintiséis por trece asesinatos. A su espalda, con más de ciento cincuenta crímenes en total, se mantuvieron firmes los terroristas Francisco Javier Martínez Izagirre, Javi de Usansolo; Juan Manuel Píriz; Jesús María Zabarte, el carnicero de Mondragón, o Miguel Turrientes, además de Inmaculada Pacho —fácil de confundir con Inés del Río, y autora de veinticuatro asesinatos, detenida en Zaragoza en julio de 1987 y condenada a TRES MIL OCHOCIENTOS VEINTIOCHO años de cárcel—, junto a Isidro Garalde, Mamarru, integrante a mediados de los noventa de la cúpula de la banda.

Sin admitir preguntas, sin una lista de terroristas presentes y sin facilitar información sobre la posible ausencia de Antonio Troitiño, que sigue huido de la justicia, quisieron arrogarse al término de igualdad con el resto de los españoles, sin reconocer, con nitidez, claridad y honestidad, los estragos que sus “acciones” han causado en casi mil familias de ciudadanos.

Actos como éste nos avergüenzan. Asesinos mostrándose sin estupor. Un portavoz que tiene a sus espaldas crímenes tan deleznables y gentuza que debiera estar en las cárceles mostrándose como débiles corderitos. Ninguno de ellos ha pronunciado la palabra perdón. Ninguno de ellos se ha sobrecogido, públicamente, con algún remordimiento. Ninguno de ellos muestra sus vestigios de haber padecido el rigor de la conciencia. Hieráticos, impasibles, sin muestras de arrepentimientos, nos incitan y nos conminan al diálogo. Ahora.

La reconversión de los idearios de estos asesinos viene cuando se veían asediados por el rigor de las penas, aliados con esta justicia mancomunada europea que no ha vivido el terror de estos asesinos, de estos terroristas que sembraron de pavor las calles de este país, de gente sin escrúpulos. Ahora reclaman derechos democráticos alentados por la jurisprudencia europea. ¿Esto era la prosperidad que nos traería la incorporación a la Unión Europea? Creo que en Inglaterra y Alemania continúan penando los miembros del IRA y la banda Baader-Meinhof, bueno de los que quedaron cuando extrañamente la mayoría de los condenados se suicidaron en sus celdas. Bien podría haber tomando ejemplo los que se mostraron en Durango el otro día. Pero ni ese atisbo de dignidad les quedó.

Los difuntos no pueden disfrutar del reencuentro con sus familias, no pueden abrazar a los nietos que no llegaron a conocer, ni a felicitar a sus hijos por los logros académicos conseguidos, ni pueden pasear a sus recién nacidos por las plazas de sus pueblos. Éstos si lo harán. Vergonzosamente se les consiente. Y lo peor. Que los ciudadanos de orden, los que nos tenemos que aguantar con los ajustes, con los despropósitos de la banca, tendremos que pagar su manutención porque estos individuos, por no remorderle la conciencia que no tienen, se acogerán a las múltiples ayudas que se les ofrece, mientras cinco millones de españoles padecen situación de pobreza porque no tienen trabajo y agotaron sus prestaciones.

El periodista de Intereconomía que les reclamaba que se pronunciara la palabra perdón por sus atrocidades, fue sacado de la sala sin contemplaciones por los cachorros y adláteres de la intolerancia que se permite este santo lugar. Cosas veredes. Este país continúa prendido en el reflejo de los espejo del callejón del gato.

*¡Qué razón tenía D. Ramón María del Valle Inclán!

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