Cuando nos alcanza la nostalgia.

lluviaEn esta mañana fría de enero, con las nubes desbocadas y descorriendo los ventanales del agua, ha llegado la primera noción de ventura que nos espera. Tal vez sea el alma que apremia con la nostalgia. O tal vez sea la propia nostalgia la que somete a la conciencia y la ofusca con la sensación de este tiempo que nos acerca a la ceniza y al melifluo aroma de la miel regando panes. Todo está aún por llegar. No soy de los que se adelantan a las cosas, ni de los que gusta precipitarse a los ritos que van marcando las lunas. Prefiero la deleitación del instante, esperar a que se consuman las horas y verter cualquier emoción en la precisión del instante. Me gusta vivir los momentos, saborearlos, impregnarme de las esencias que solo se visualizan desde las mismas entrañas del ser, desde lo más profundo de nuestras emociones. Pero asomado al ventanal de la estancia desde la que escribo observo el discurrir de la nubes, las prisas por vencer la sequedad de la tierra, que sueñan con florearse, con alfombrar de amapolas las campiñas de los Alcores, con tupir los olivos del Aljarafe, que demandan sus fluidos para convertir en vida las semientes que se han ido colando por los entresijos de los terruños, y me abordan los recuerdos de una infancia solariega, recogiendo imágenes de una casa que se presenta en gris, como si la realidad hubiera sido ficcionada por Berlanga para proyectarse en la gran pantalla que han ido tejiendo mis años.

Vienen a prenderme de la melancolía estos sonidos de la lluvia batiendo los alfeizares de las ventanas de mi casa y el aroma de la tierra recién mojada ascendiendo por la ladera de la fachada hasta impregnar el viejo salón, con los mismos muebles que se vislumbran en las fotografías, que ya comienzan a velarse en sepia, de mi primer cumpleaños. Son las luces del mediodía vencidas por la tibieza de la mansedumbre de una lumbre que desprende una loción aérea de alhucema, o de espliego, o lavándula, que se recogía en los agrestes parajes que delimitaban la urbanidad del campo. Es la quietud de los atardeceres enseñoreando las murallas de chumberas que servían de frontera entre las fincas, delimitando las propiedades con la naturaleza. Campos anegados de vida, de transeúntes rebaños de cabras que alertaban, de su regreso y del pastor que las dirigía, con su perro, con el tintineo de las campanillas asidas a sus cuellos. Esta sinfonía asonante que martillea ahora la memoria es la antesala de la eclosión sentimental que vendrá para abatirnos, para despellejar nuestras emociones y dejar en carne viva los sentimientos.

Este paraje bucólico se representa de improviso hoy, con la lluvia marcando el ritmo del invierno, de estos los días que van retrocediendo en el almanaque áureo de la nostalgia. Es el tiempo que retuerce el universo hasta convencernos de la necesidad de convocar a los misterios del alma, a las sensaciones que prevalecen aunque las personas no estén, a sentir sus besos y abrazos, sus palabras y hasta el aroma que nos delataba su presencia, que nos hacía sentirnos seguros en la fragilidad de la infancia. Esta lluvia que cae mansamente sobre en el patio, que está lustrando sus lozas, viene a desabrigar mi añoranza por quienes ya no están, por los momentos que vendrán, por el estallido de luces y colores, aromas y sensaciones que se mostrarán apenas pasen unas semanas. Es el tiempo de la espera, de la ilusionada espera. Será eso que enternece nuestro corazón porque en ellos encontramos nuestra infancia, las voces que resucitan, las manos que acomodan una túnica en el pretil de un ropero y que va vociferando la dicha de los días grandes.

Esta lluvia de invierno me asalta y me conmueve. Retrotrae al pasado, me asienta como espectador de mis propias historias, de aquella época que se resuelve con una lágrima y un suspiro. Siento la vida incrustándose en mis entrañas. El tiempo pasado atropellado por la nostalgia. Resbalan las gotas por el cristal del ventanal de mi estudio. Vuelvo a la realidad. El silencio lo abarca todo.

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2 respuestas a Cuando nos alcanza la nostalgia.

  1. MANUEL NAVARRO GAVIÑO dijo:

    Profundo y bonito, y denoto que la lluvia, te transporta a tu infancia, en lo más importante de todo, que era tu madre; enhorabuena, me emocionan estas cosas, que a estas alturas de estilo de vida, parece que ya no importan.

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