Las películas de miedo y sus cosas

cartel 2Siempre me han gustado las películas de terror. Las de miedo de verdad, ésas que te dejan el corazón en vilo, que te ponen la piel de gallina y que cuando llegas a tu casa del cine o apagas el televisor en el salón comienzas a encender luces y mirar por los rincones porque mantienes la sospecha de estar siendo perseguido por las fuerzas del mal, que en cualquier momento saltarán para arrancarte el alma, o intuyes que se presenta el fantasma que viene a por ti o a ponerte en conocimiento de un mensaje que no sabrás descifrar. Nunca, sin embargo, me atrajeron las sanguinolentas historias que parapetan sus truculentas narraciones en constantes matanzas, en escenas repletas de sangre, que parecen van a salir de la pantalla y ponerte perdido del líquido humano que para colmo, en la mayoría de las ocasiones, son sucedáneos de salsas de tomate. O peor aún, vísceras por todas partes, en un alarde escalofriante de mal gusto.

Soy un apasionado de aquellas historias. Recuerdo algunos títulos que me pusieron al abismo del espanto y aunque intentaba disimular entre mis amigos mi estado de ánimo en un intento por no desprestigiar mi valor, mi falso valor frente a los personajes y formas de ultratumba, de lo desconocido e intangible, se me erizaban todos los vellos de mi cuerpo cuando atravesaba el patio de mi casa. El exorcista, Terror en Amitiville, El Resplandor, La Profecía, Poltergeist o Al final de la escalera, nos procuraron una memoria de pavor que nos quedó para siempre. Todas tuvieron sus secuelas pero ya fueron lo mismo, incluso llegaron desilusiones porque caían en la truculencia y asquerosidad de sus planteamientos. Nunca segundas partes fueron buenas.

Aquellas películas nos incitaron a la lectura de una literatura afín. Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft, Bram Stoker, Mary Shelley o Stephen King llenaron muchas horas de nuestro ocio y alimentaron nuestra febril imaginación de momentos fantásticos con sus horripilantes relatos. Una cosa lleva a otra. Y hubo quién imitó las escenas para quedar bien entre su familia política en la primera cita, o sea en la presentación oficial.

No voy a decir su nombre, porque puede que llegue a leer ésto y hace mucho tiempo que no le veo, ni sé de su vida. Siempre tuvo un muy buen sentido del humor, gastando bromas constantemente y aceptando las que les gastaban. A lo peor, con el paso de los años, le molesta su cita. Pero fue real y verídico.

Acabábamos de ver Al final de la escalera en el aparato de video y formato beta que tenía Juanlu, todo un prodigio de la técnica del principio de los ochenta. A su término nos informó sobre la petición de mano que debía realizar al padre de su reciente novia. Hombre de pueblo de la Sierra Norte de Sevilla, anclado en sus tradiciones, ponía como requisito este mandamiento antiguo para poder aceptar la nueva situación de la hija. Y allí que se fue nuestro amigo con su película bajo el brazo… y una pelotita de tenis. Recibido cordialmente por toda la familia, con la afinidad y el cariño por conocer al novio, pasaron la primera jornada. Especialmente afectiva fue la acogida de la abuela, una mujer octogenaria pero muy conservada, sin achaques, de lo que presumía el resto de la familia. Por la noche, al calor de lumbre, nuestro amigo propuso el visionado de la película gesto que agradó a todos. También gustaban del este tipo de filmes. Incluso, a propuesta del padre, apagaron las luces para conferir un mayor ambiente. Eso sí. Mi amigo a un extremo del salón y la niña en el otro. Nada de estar juntos y en el mismo sofá. Lo que no sabía, la pobre familia, era la sorpresa que les esperaba. Lo gracioso que iba a quedar todo. Las escenas iban constriñendo los semblantes. Incluso se llegaron a tapar la cara. Peor todos mostraban una atención exagerada en la pantalla. La escena cumbre de la película es cuando el protagonista recoge la pelota que misteriosamente alguien lanzaba desde el final de la escalera, sale con ella, desplaza hasta el puente y la lanza al río, haciendo gala de muerto el perro se termina la rabia. Pero nada más entrar, la pelota vuelve a caer por la escalera y mojada. Instantes antes de la secuencia, nuestro se levanta, con la excusa de ir al baño, en la parte superior de la casa, y espera el momento de la susodicha secuencia. Justo cuando aparece el hombre en la pantalla, y con el propósito de mostrar su grandilocuente sentido del humor ante su nueva familia política, lanza la pelota de tenis húmeda por la escalera, que rueda como en la escena ante el estupor de los que estaban viendo la película. Lo siguiente: la suegra saliendo corriendo a la calle, la novia se metió tras el sofá, su hermano huyó hacia la cocina, el padre quedó paralizado por el miedo y a la abuela le dio un ataque de angustia que casi acaba con ella. La pobre mujer llegó a desmallarse. Y mi amigo riéndose y desternillándose en el pretil de la escalera.

Repuestos del susto, y tras comprobar el estado de la pobre mujer, el suegro cogió la escopeta de caza, la cargó, y si no es por la esposa y la hija, que llorando suplicaban que no se buscara una ruina, le pega dos tiros al ingenioso y guasón novio, que se quitó de en medio gritando que solo era una broma. Pasó toda la noche a intemperie, hasta que llegó el primer autobús de la mañana. Le devolvieron sus enseres personales por el corsario del pueblo, acompañados de una nota que le advertía que no volviera a pisar aquel pueblo so pena de incitar a una desgracia.

Cosas que pasan cuando se ven películas de miedo y la imaginación nos confunde. ¡Qué le vamos a hacer!

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