No nos merecemos ésto

transicion2Esperábamos que nuestros esfuerzos no se vieran trastocados de esta manera, que los sacrificios de aquella época, en la que compartimos los amores juveniles con la fidelización de las ideas, no hubieran sido profanados por gente sin escrúpulos. Hemos luchado para que nuestras ilusiones no perecieran ahogadas por el egoísmo de unos pocos, que los sueños no cayeran en el olvido. Nunca fuimos ilusos ni estúpidos idealistas y por más que nos prometieran un mundo mejor –no aspirábamos ni mucho menos al terror de Aldous Huxley-, siempre pensamos que la vida podría darnos una oportunidad. Fuímos románticos que creímos en los proyectos sociales que nos presentaron, en la legitimación de la igualdad. Creímos aquellos discursos que fueron muriendo en la misma utopía con la que fueron pronunciados. Y lo peor de todo es que hemos sido arrastrados a la desidia. Nos intentan aburrir.

A los nostálgicos nos mantiene el recuerdo de aquellos días de amor y sueños. Sí, sé que muchos pensarán que fue la edad, la fiebre de unos años en los que todo nos parece poco. La edad de la constante rebelión. Pero hubo muchos que pensamos en poder realizar los sueños de nuestros padres, esos que fueron quedando postrados en un lodazal de injusticia y autoritarismos, ocluidos en la memoria del temor que habría provocado una guerra. No tuvieron más remedio que trabajar y trabajar para levantar al país del desastre Decía mi padrino que la justicia y la verdad habitaban en la paz y que la paz para él poder conformado un hogar, un lugar donde ver las risas de sus hijas y donde no faltara el pan. Que los idearios sólo traían miserias y desastres. Su hermano, líder sindical había sido ejecutado en los primeros días de la confrontación. Cosas de la memoria histórica.

Aquel era el tiempo del perdón y la recuperación de las ideas. Un tránsito pacífico que creímos y hasta sentimos como la gran victoria de todos. Días de vinos y rosas, de convulsiones sociales que nos hicieron pensar en la posibilidad de una sociedad del bienestar, donde la pureza, la justicia y la legitimidad brillaran en el firmamento. Salimos a la calle a buscarlos y hasta vimos signos de realidad en la utopía. Signos que asimilamos a los movimientos culturales. Sentimos esa necesidad de afinidad entre la consecución de las cosas y la implantación de la cultura como hecho necesario para ello. Conciertos en los que se coreaban consignas, en los que salíamos henchidos de felicidad porque creíamos en lo que hacíamos. El romanticismo como valor para poder llegar a la dicha. El romanticismo por la obtención de los derechos y la libertad en la “verdad” que nos ofrecían en los mítines aquellos jóvenes políticos que lideraban las tendencias más vanguardistas. El romanticismo que nos transmitieron nuestros ancestros y que queríamos delegar en nuestros hijos.

Hoy, treinta y seis años después, la irresponsabilidad ha matado a la ilusión. Han convertido nuestras existencias en un maremágnum consumista, en un álgido comportamiento capitalista que nos remite a lo material como premisa única para la ficticia felicidad. Las ideas han sido desterradas y solo prevalece la miseria y el sentido de la acumulación de bienes. Casi cuatro décadas después hemos sucumbido a los pronunciamientos que detestábamos. Corrupción, desvergüenza, detracción de los derechos sociales que sí teníamos antes y que ahora parece ser que serán acotados a quienes puedan costearlos.

Mi generación está pagando un sobrecoste por haber creído en la felicidad, en la igualdad y en la justicia. Vemos con estupor cómo hemos sido desvalijados, cómo nos han ido sustrayendo los rigores de nuestros mejores valores y cómo nos abandonan a la peor suerte de una sociedad ennegrecida por el humo de la avaricia de unos pocos y la poca vergüenza de quienes debieran airear, con sus políticas, el ambiente. Creímos en nuestra lucha, convencidos de la progresión del bienestar. Cantamos a la libertad y al amor. Nos enamoramos persuadidos por la música de los Rolling Stone, de Triana, de Serrat y hasta de las melifluas y blandengues composiciones de los Pecos, de aquellos sones que nos advertían de importantes cambios. Lo que ignorábamos era que iríamos a peor. Crecimos en la ilusión y hasta creímos ver el horizonte aclarándose cuando lo que estábamos contemplando era el ocaso de una era, porque quienes ondeaban las banderas con rosas y puños, con lienzos rojos, se han dejado comprar, vendiendo al mejor postor nuestras ilusiones para poder adquirir todo lo que decían aborrecer. Luchamos por un mundo mejor, por un país mejor, y nos hemos encontrado con la descomposición de los cimientos de todas las estructuras sociales y culturales que construimos. No nos merecemos ésto.

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3 respuestas a No nos merecemos ésto

  1. MANUEL NAVARRO GAVIÑO dijo:

    ESTIMADO ANTONIO:
    No hay que derrumbarse, solo un Macareno de Pro, con toda la fé, que eso conlleva, puede capotear este temporal arreciante; no tenemos miedo, pués nos alumbra Nuestra Esperanza, y nuestra fé, en nostros mismos y en los hombres de bien, que todavia quedan.
    Vamos pués, por la felicidad de nuestros hermanos y de nuestras gentes, con teson y trabajo, todos juntos al palo, y a dar cada uno lo mejor de si mismo,…. al final lo conseguiremos. Y es que somos !!!MACARENOS !!!

  2. Rafael Cuadrado dijo:

    Aún cuando yo podría ser, más el niño de esa foto, que el padre que lo sostiene sobre sus hombros, no puedo estar más de acuerdo contigo, querido Antonio.

    Yo viví muchas de esas “cosas” que cuentas, en ocasiones a hombros de mi padre, y hoy le veo sentir eso mismo que describes. Incluso podría decirte que, yo mismo, siento esa vergüenza ajena que me hace decir, sí, nosotros no merecemos esto.

    Un abrazo y enhorabuena.

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