Minorías excelentes

minorías excelentesMantengo la certeza, y no hay quién pueda rebatirla, que vivimos tiempos en los que la ecuanimidad y la justicia brillan por su ausencia. Para muestra un botón, aunque tenemos tantos que podríamos montar una mercería. Aquí cuando menos te lo esperas, en el mismo tiempo que un cura loco tarda en persignarse, enseguida te etiquetan con un primor, te colocan el marchamo correspondiente, con la arbitrariedad de subjetivas consideraciones y ya estás signado para el resto de los siglos. No hay más que remontarse a localización de apodos en los pueblos donde hay verdaderas sagas que incluso han ido constituyéndose en sagas de trascendencias.  Piensa el ladrón que todos son de su condición. Algunos incluso se permiten el lujo de sentenciar, como juristas de la vida que se creen, adueñándose de este valor que parece sólo reconocen en ellos. Basta una disparidad de opinión, una actuación no coincidente con la que no muestren su acuerdo, para desposeerte de ella, de la dignidad.

¿Cómo se miden los valores? ¿Tenemos necesidad de aunar posiciones en torno a la disparidad en las opiniones? Podemos constituirnos en paladines de la nuestras verdades pero no imponerlas como únicas. Eso se llama intolerancia. Desde el inicio del mundo el hombre ha intentado vivir conforme a unas normas, unas reglas de conductas y educación que igualara a todos y fomentar así una convivencia pacífica y, desde luego, resolver los problemas que se infringían cuando se alteraba la convivencia, cuando se fomentaba la violencia o se trastocaban los instintos naturales. La normalidad como fundamento vital. Lo comprensible a la razón y a los sentimientos, a los buenos sentimientos. Fuimos elegidos para una misión muy especial, espontánea y sincera. Cierto es que hemos ido complicando la sencillez natural con la que fuimos investidos. Conforme fuimos descubriendo, con el desarrollo del conocimiento, los matices diferenciadores en los comportamientos humanos, en la grandeza evolutiva de la naturaleza y hasta en las profundas gnosis de la mente, hemos intentado adueñarnos hasta del poder del universo, de la trama que todo lo puede y hasta ejerce influencia sobre nuestra existencia. El hombre metido a Dios ha sido el primer y más peligroso enemigo del hombre. Tanto que hemos convenido estrategias para deshacernos de aquellos que no piensan igual, que no mantienen el mismo credo e incluso se diferencian en el color de su piel. Con estas tesis, a lo largo de la humanidad, han desaparecido culturas y civilizaciones intoxicadas por los interese personales.

Viene todo ésto a cuento de las manifestaciones que han vertido, en diferentes medios de comunicación, algunos políticos con respecto a la nueva ley del aborto, con la que podemos o no estar de acuerdo, en la que quieren involucrar a la Iglesia como principal causante de la misma. Alguna consideración se habrá tenido en cuenta en vista de quienes nos desgobiernan. Pero intentar culpabilizarla, como principal causante de la derogación de la anterior e implantación de ésta, es un desacierto cuando no un dislate. No confundamos las churras con las merinas. Porque quienes se hayan posicionado en favor del aborto deben saber que la Iglesia se mostrará siempre en contra pero, a las pruebas me remito, no pueden evitar el desarrollo de una ley que lo permita. Sobran los exabruptos y las palabras mal intencionadas. La Iglesia Católica, a la que yo pertenezco en ejercicio libre de mi voluntad y pensamiento, siempre se opondrá a la violencia y la muerte. Siempre está al lado de los que sufren y son muchos los ejemplos de católicos que han dado su vida por preservar la de otros, inocentes casi siempre que se ven envueltos en situaciones que no han provocado ellos. Si algunos quieren manifestarse contra las jerarquías eclesiales pueden hacerlo. Pero que lo hagan también contra quienes les dirigen en su partidos políticos, contra quienes tampoco tienen escrúpulos en seccionar los fundamentos y valores que les fueron delegados, una herencia que han dilapidado con sus actuaciones delictivas y que se sepa, casi todos está libres, sin importarles las situaciones de extrema pobreza en la que caen cada día más familias.

Ortega y Gasset, en su mayestática e imponente obra La rebelión de las masas, distingue entre minorías excelentes y quienes conforman las masas sociales, atribuyendo a los primeros la condición de poder exigir a los segundos menesteres y obligaciones superiores, aunque no logren, ni sean capaces ellos mismos, cumplir esas exigencias superiores. Esas minorías excelentes alardean y vociferan consignas, exigen sacrificios a la masa mientras ellos siguen con sus proyectos y son incapaces de renegar a la vida de favor en la que se mantienen. Por favor la dignidad, no perdamos el sentido de lo digno, ni exijamos decencia y sobriedad cuando se derrocha despotismo y desconsideración. Busquemos el consenso en la equidad y el respeto a la razón particular y la dignidad de cada uno quede en su conciencia.

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