Mujeres en defensa de mujeres

la-verdad-de-soraya-m  Julio de 2012. En un pueblo al norte de Afganistán, con una muchedumbre enfurecida y destellos de sangre en sus ojos rodeándola, una chica es conducida por cuatro “jueces” islámicos que acababan de condenarla a muerte por lapidación. Su “crimen”, haberse enamorado de un hombre casado y haber sido sorprendidos en el lecho amoroso. Lleva impuesta una túnica que la cubre totalmente. Es semienterrada para imposibilitar cualquier defensa, cualquier atisbo de huida.

En norte de Irak, el siete de abril de 2007 en la provincia de Kurdistan, Du’a Khalil Aswar, una chica de diecisiete años, cometió el terrible atentado de enamorarse de un chico que profesa otra religión. Es rodeada por extremistas islámicos que logran derribarla. Aterrada, intenta cubrir su cabeza con las manos. Sabe que está condenada a muerte. Sobre ella caen piedras. Queda semi inconsciente. Alguien trae una roca y la lanza con violencia para asegurarse que cumple el fin. Otro, en un gesto de pudor, cubre su maltrecho y desnudo cuerpo.

Somalia. Enero de mil novecientos noventa y nueve. Asha Ibrahim es violada por cuatro hombres que pertenecen al clan más poderoso de la localidad. Tiene solo catorce años. Va a morir lapidada porque se ha dejado ultrajar, en versión de los violadores que fueron provocados por los atributos físicos de la joven.

En diciembre de mil novecientos ochenta y siete una joven de veintitrés años y un médico, en el norte de Pakistán fueron flagelados, apaleados, lapidados y rematados con un tiro de gracia porque habían sido sorprendidos en un proceso quirúrgico de aborto. Sus cadáveres estuvieron expuestos en un cruce de caminos como ejemplo para quienes intentaran acciones de aquel tipo.

Miles de estos asesinatos, encubiertos por la amoralidad de la civilización occidental y las asociaciones proabortistas, que no se atreven a manifestarse contra la aplicación de leyes religiosas, por mera cobardía a estas legislaturas impropias de la razón, la justicia y la piedad, se producen cada año ante la impunidad de la comunidad internacional y muchas veces volviendo la espalda a estas violaciones a los derechos de las mujeres, a su derecho a la vida y a la potestad de obrar con libertad sobre ella. En muchos países ser mujer es una condición de minoría ante la supremacía machista que ni siquiera permiten poder optar a las responsabilidades que sí pueden ejercer los hombres, que limitan sus derechos y derogan sus posibilidades de estudios o emancipación. Ni siquiera les corresponde tomar una decisión sobre su futuro, elegir a la persona con la que deberá compartir su vida, que queda en claustrada en la voluntad indiscriminada del esposo. Incluso en algunos de estos paises tienen mucho menos valor que un camello o una vaca.

El pasado día treinta y uno de enero, un grupo de activistas de Femmen, increparon, con consignas contra la ley del aborto, al Cardenal Rouco Varela cuando se disponía a entrar en una iglesia para presidir un acto litúrgico. No quiero entrar en ningún tipo de polémicas porque, entre otras cosas, ya he expresado mi opinión referente a los ataques a la Iglesia Católica. Pero no puedo dejar de exponer la cobardía con la que suelen significarse.

Cada cual es libre de pensar y opinar sobre cualquier tema. Incluso en éste del aborto tenemos que respetar las posturas de quienes están a favor o en contra. Pero este respeto tiene que ser recíproco. No se puede convenir con la intolerancia, ni con el fanatismo. ¿Por qué no se sitúan frente a una mezquita y profieren esas mismas consignas? Pero no aquí, en los lugares donde se cometen las atrocidades descritas. Porque saben que serían repelidas con muchísima contundencia. Porque saben que los islamistas más extremistas no tienen ninguna consideración contra quienes se oponen a los designios que promueven sus leyes religiosas. Y eso es cobardía, miserable cobardía. Es más fácil atacar a quienes no tienen más que ofrecer su perdón a quienes les insultan o agreden.

El ejercicio de la libertad sobre la protesta no puede, ni debe coartar las actuaciones en donde se cometen estas lacras que avergüenzan a la humanidad. Hay que proceder sobre el terreno. Hay que actuar en Somalia, en Afganistán, en Pakistán o en Irak. Mostrar sus torsos desnudos a quienes decapitan los derechos de las mujeres con la contundencia de un sable o una roca. Pero eso sería un acto de tanta abnegación que podría costarles la vida.

Si se está en desacuerdo con la ley –no vamos a entrar en la posibilidad de un estudio pormenorizado sobre su legitimidad y su utilidad para una sociedad en los que debieran primar los derechos y la libertad en todos sus aspectos- que se vayan al ministerio o la puerta de la casa del ministro, a la sede de la presidencia del gobierno o al acceso de la calle del Congreso de los Diputados que es la ubicación más cercana a la que pueden acceder. Pero manifestarse ante quién se ha expresado a favor de la ley, por mor de guardar la coherencia con la defensa de la vida que se recoge en los Evangelios, mostrar su violencia verbal y atacar a una confesión religiosa por el mero hecho de diferir o de defender en lo que creen en conciencia, me parece ignominioso porque están aturdiendo con la intolerancia. Quienes promulgan las leyes son quienes deben acarrear con estas manifestaciones a favor de su derogación.

La no coincidencia en la ideología y la filosofía de una ley no debe propiciar el enfrentamiento descarnado ni posibilitar la ruptura de los derechos fundamentales del hombre, cuya principal premisa es el respeto al pensamiento, al libre pensamiento. Hay que preservar los derechos de todos. Ser valientes para desmontar las injusticias y tratar con equidad las distintas confesiones religiosas. Los católicos somos practicantes de los mensajes de Cristo que entre otras cosas recoge el derecho a la vida de todos los hombres, desde su misma concepción. No vamos a defender otra cosa que no sea preservarla, principalmente la de los indefensos, y debemos ser respetados por ello. Las muestras de desacuerdos y los gritos dejémoslos para quienes inhabilitan, maltratan y ejecutan miserable y salvajemente, ante la indiferencia y el miedo a las represalias violentas de muchos, a millones de mujeres, en el mundo, por el mero hecho de serlo.

Galería | Esta entrada fue publicada en ESPAÑA. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s