Quedémonos con Lewis, Keaton y Lloyd

pobrezaContinuamos prendidos de las actuaciones de nuestros inefables y queridos políticos, estos señores que ríen como Jerry Lewis cuando nos solicitan el voto cada cuatro años, que nos abrazan con sofismas sobre igualdades y derechos, sobre libertad y consecución de bienestar para nuestras familias y que giran sus semblantes al rigor y seriedad de Buster Keaton cuando se sientan en la poltrona en la Carrera de San Jerónimo, donde acomodan sus interés y olvidan nuestros sueños, ignorando que fuimos quienes les pusimos a tan buen recaudo y en los que delegamos nuestras necesidades y carencias, dejándonos como Harold Lloyd, colgados en un torre, asidos a la aguja de un reloj y con el vacío a nuestros pies, pendientes del minutero para que no marque la media y nos envíe al mismo infierno. Lo que son las cosas, esperamos que nos resuelvan todos los problemas cotidianos. Ilusos de nosotros. Somos generosos con estos especuladores de la marginalidad, con estos señores que se visten cada mañana con trajes de marcas y desayunan en los restaurantes de los hoteles –con cargo a sus dietas- mientras el frío araña la piel de los primeros ciudadanos que se colocan a las puertas de las oficinas del Inem, incautos que esperan soluciones a sus acuciantes cuestiones de supervivencia. Lo más que conseguirán será una retribución trimestral por su prolongada inactividad laboral.

Contemplo en un noticiario televisivo, con estupor y vergüenza, mientras tomo mi café, en esta mañana fría y lluviosa de febrero, como algunas de sus señorías protestaban por el incremento en el precio de las copas en la cafetería que tienen en el edificio del Congreso de los Diputados. Les han puesto las consumiciones a siete euros, ¡qué vergüenza!, doblando el precio establecido anteriormente. O sea que disfrutaban de unas condiciones muy ventajosas, muy superiores al resto de los ciudadanos. ¡Y ojo! El café a 0,85 euros. En ninguna cafetería o bar ofrecen copas a tres euros y medio. Lo normal duplica o triplica el precio según la categoría o ubicación del establecimiento. ¡No sé cómo no se levanta el pueblo por este atropello a la economía de sus señorías! Un amigo mío dice que todo ésto se acababa con la implantación de la guillotina para al menos ponernos en la línea de salida de la defensas de los derechos de los ciudadanos y poder equipararnos al resto de las naciones que nos rodean. Tampoco hay que ponderar. Me temo mucho que a lo más que llegaremos será a la indignación y a la pesadumbre del silencio en la soledad.

Mientras tanto, la mayor parte de los desocupados y parados, cinco millones y medio de familias que sufren en algunos de sus miembros, cuando no en todos, esta lacra, dando vueltas a la molla para poder comer caliente, alentando esperanzas con los soniquetes de la vuelta a la normalidad económica del país y esperando pacientemente a que el hada de la ventura nos toque en el hombro y nos consiga un empleo digno, especialmente esta legión de jóvenes que no tienen otro futuro más que la huida hacia adelante, ocupar provisionales empleos donde les amortizan sus años de estudios y dedicación en una preparación extraordinaria con verdaderas limosnas. Y sus señorías preocupados porque la copa, en el bar del parlamento, sube su precio.

Debieran darse una vuelta por los mercados, por los supermercados y las grandes superficies y podrán ver una secuencia de la película de la vida donde se echa de menos sus sonrisas de Jerry Lewis, ésas que tan profusamente irradian en las épocas preelectorales, y sobran los aspectos adustos, la tristeza de tantos Buster Keeton que no paran de dar vueltas intentando llenar la cesta de la compra, para sortear la jornada sl menos con un plato que poner en la mesa, con lo cuesta una copa en el restaurante del Congreso de los Diputados. Un drama que lleva ya demasiado tiempo representándose en los escenarios de las casas de los españoles, donde siguen pendiendo de las manecillas de un reloj que va marcando la hora del desasosiego y la aflicción. Esperemos poder quedarnos con Lewis, Keaton y Lloyd y no tener que llegar al terrible anuncio donde una madre intenta esquivar la escasez y el hambre, en  el umbral de la miseria, fantaseando con un trozo de pan e intentando que su hija imagine que su interior hay un buen trozo de rebosante embutido. Hasta la desesperación tiene su dignidad.

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2 respuestas a Quedémonos con Lewis, Keaton y Lloyd

  1. Rafa Cuadrado dijo:

    En mi opinión, querido Antonio, tienes más razón que un Santo, como se suele decir. Pero además de las injusticias, agravios, desaires y atropellos que describes, personalmente hay una duda que me asalta cada mañana: ¿por qué, ante tamaña injusticia, según la cual, los que viven de los impuestos lo hacen mejor que nosotros, los que pagamos, aún no he visto una manifestación de 50 o 60 mil personas, como algunas de las que hemos vivido en nuestra ciudad por cuestiones deportivas? ¿Por qué nos quejamos tanto, sobre todo los andaluces, y hacemos tampoco, por cambiar la situación? ¿Qué debe suceder en esta tierra nuestra, para que haya una revolución social y cambie esta situación de agravios comparativos?

    Me contesto a mi mismo: porque somos conformistas, Antonio. Nos acomodamos a unos zapatos nuevos el Domingo de Ramos, nos acomodamos al calor de la Feria o El Rocío, nos acomodamos a vivir subvencionados, nos acomodamos a sobrevivir como podamos…nos acomodamos a todo, con un simple comentario: ¡Tshhh! Totá…nosotro ¡¡no vamo a podé arreglá ná!!

    Pues…yo creo que sí. Si quisieramos, podríamos cambiar las cosas…¡¡y mucho!!

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