Todo tiene su tiempo

cartel 2014Estamos acostumbrándonos a este tipo de cosas. Estamos desprestigiando la solidez de la cultura sentimental de la ciudad. Nadie tiene reparos para mostrar lo que debiera ser motivo de sorpresa y admiración. Las cosas buenas de Sevilla se diluyen en la precipitación a la que nos aboca la cultura tecnológica que nos abruma constantemente. Todo se publica en esta nueva ficción que son las redes sociales. Todos quieren ser los primeros en mostrarse en esas indiscretas ventanas que nos restan intimidad. Ya no hay secretos ni misterios que guardar. Ni siquiera los recuerdos se salvan. El pretexto de primicia se confunde con el deseo de notoriedad, de la propagación del ego. El concepto de privacidad ha quedado caduco y la serenidad en las actuaciones ha sido vencida por la brusquedad del apresuramiento. Y todo se consiente y hasta todo vale. Los mitos de la ciudad sucumben ante la dictadura de la inmediatez que procuran las redes sociales.

La excusa es bien sencilla y no importa que se traumaticen los sentimientos de quienes prefieren verse sorprendidos, en menor o mayor grado, por las imágenes que se vierten en un lienzo en blanco hasta conformar la visión pictórica de la semana santa sevillana según dicten las musas al pintor. Pues hasta esto se están cargando. ¿Hay necesidad de ello? ¿Qué se gana con la alteración de los ritmos? No amanece antes levantándonos más temprano.

Ya no reconocemos estos preludios de la Semana Mayor. Ni siquiera nos dejan tiempo para respirar, para reposar los recuerdos, los momentos que procuramos atrapar para hacerlos únicos y exclusivos. Acercarnos a la semana santa por los cambios de la luz, por el alargamiento de las tardes cuando ya comienza a morir febrero y aparecía la añoranza en la semipenumbra de una iglesia, donde una parihuela, aún desnuda oropeles, nos anunciaba el primer gozo. La ciudad iba marcando los tiempos, sin imponer prisas, sin pausas. El orden lógico del sentimiento sevillano iba recordándonos que la vida no tenía por qué diluirse en la precariedad de la impaciencia.

Hoy no hay espacios que nos muerdan la nostalgia en el estómago, ni horas añoradas arañándonos el alma mientras observamos las caídas de un palio todavía no dispuestos sobre los varales. Todo sucede sin ese orden natural que nos aventuraba al descubrimiento de hechos sorprendentes. Estamos convirtiendo lo extraordinario en ordinario. Cualquier liturgia es abolida de inmediato por la falta de naturalidad, destrozando calendarios que se dictaban en el corazón, por el egocentrismo de algunos que corren sin saber a dónde, intentándonos convencer del cambio necesario ante la turbina de la tecnología. Me niego a sucumbir ante esta vorágine que abduce cualquier atisbo de sentimientos. Me parece intolerable, porque además no beneficia a nadie, que el cartel de la Semana Santa de la ciudad se cuelgue en las redes sociales días antes de su presentación oficial. Es una lástima que nos roben estos instantes, estos momentos que sublimaban el alma porque nos iban restando jornadas para el reencuentro con la primera cruz de guía, o con la exclamación de un niño al ver al primer nazareno, que ya tampoco es el domingo de ramos, recortando el trayecto que hay desde su casa al templo. Es una lástima que privemos de la alegría, por la realización de su obra, a la autora de la pintura, a la que ha echado muchísimas horas de trabajo e ilusión. Ni siquiera este reconocimiento le ha dejado el egocéntrico de turno.

Tenemos que acostumbrarnos a vivir con la tecnología, a saber sacarle los réditos de la sabiduría del hombre y obtener los beneficios del progreso. Pero no usarla como arma para desnaturalizar la esencia de lo hermoso y la grandeza de las tradiciones. No podemos anclarnos en el atraso. Hay que progresar, evidentemente. Pero en la medida que podamos. No debemos suplantar la sentimentalidad que nos ha hecho únicos porque corremos el peligro de caer en la vulgaridad de la globalización. Los sentimientos son el gran valor de la condición humana y el principal patrimonio de la semana santa, de sus hermandades y cofradías. Tenemos que salvaguardarlo de los ataques promiscuos de un sector que solo pretende sobresalir, adquirir notoriedad a costa de lo que sea. Demuestran poca sensatez y menos cordura con estas actuaciones que solo consiguen desacreditar a quienes la realizan y las siguen. Yo prefiero seguir añorando los días que quedan para el domingo de ramos asomándome a la ventana y ver como la luz de la tarde se prolonga y se asienta en los límites del patio de mi casa.

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