La luz que todo lo puede

cachorro_anuario  ¿Quién puede dudar de la presencia de Cristo entre nosotros? ¿Quién puede obviar que Dios habita en los lugares más insospechados? ¿Dónde está el cielo que tanto ansiamos, el lugar donde se establece lo más puro de los sentimientos humanos, donde se confunden el amor y la piedad, el dolor y el gozo, la ansiedad del sufrimiento con el anhelo de la esperanza? ¿Dónde se concentra el aire que precisamos para poder continuar viviendo? ¿Dónde el pecho para acogernos cuando la existencia mortal decline y el horizonte acoja en el ocaso púrpura la sutilidad del alma que se contiene en un suspiro, el telar donde se esconden los sueños y las miserias del género humano? ¿De qué color es la piel del Hombre que por el hombre sufrió, del Señor que vela siempre por dar la vida?

No es un sueño que la primavera trae. Es la constatación de la existencia de Dios que sale al encuentro del hermano gritando las bienaventuranzas, proclamando la ley de nuestros padres, los decretos que dejamos a los hijos en la línea del tiempo que consumen los siglos. Ésta es la herencia que nos conmueve el corazón, que nos advierte de la grandeza que nos espera. Es la mansedumbre que se entrega exhortando a la liberación del alma, a fundir los temores en las calles que confluyen cuando Cristo sale a desafiar el tiempo, a vencer los años, a instaurar los recuerdos de las calles que transitaban los viejos desde las lindes del río hasta la capilla donde permanecen los ojos claros que transmite las peticiones al Padre, los ojos de la mejor misericordia. Es la transfiguración de la Carne para que podamos servirnos de ella en nuestros constantes naufragios, el sustento que se implanta en la memoria y que nos sacia hasta hacernos llorar vencidos por las emociones, en el trasiego de la noche de los tiempos.

Dios se manifiesta en la noche del viernes cuando la calma y el sosiego se confunden con los cantes que brotaban en los viejos balcones de la calle Castilla como saludos, saetas que traen las voces que soñaban en los tejares del Turruñuelo mientras los hornos cocían el adobe. Dios llega abriendo el camino para quebrar el pecado. Cuarteando la noche va consumiendo la luz que se resiste a huir por las lomas del Aljarafe. La luna no purifica al Cristo que siempre vive, al Señor que nos conforma el alma con los suspiros que estallan a su alrededor. Es Él quien platea los cielos, quien recubre los campos y conforma los tonos argénteos que creemos adivinar en el cielo. Es Él quién va bruñendo los suelos con el halo de su vida, quien dota de resplandores las fachadas caladas de las casas, quién alimenta los versos, quién divulga la Esperanza por estos cielos que nunca perderemos si conseguimos seguir la estela de su mirada, si somos capaces de vencer nuestros miedos.

Éste es Dios que en Triana se transfigura. Éste es el hombre que alimenta nuestros sueños y que da sentido a la existencia. Éste es el Nazareno que contiene la Verdad y el Verbo, el que retiene al alma cuando suspira, el que ensancha el espíritu y atraviesa las entrañas cuando respira, el que nos quita el habla, el calla las palabras cuando las palabras son malas, el que nos muestra el amor cuando expira. Éste es el Dios vivo que anunciaran los profetas. Éste es Jesucristo hecho luz para verterla en la luna.

Esta luz que nace en su pecho, que transita por su garganta y exhalan sus labios han servido para guiar a Nuria, para reconfortarla, para asirla a la Esperanza, a la vida que la rodea, al amor que la acompaña. Esta es la luz del mundo que tiene su origen en Triana, en la estrechez de la calle Castilla, donde tiene apostada la fe su mejor enseñanza. En los ojos que nunca duermen, en las manos que se abren para acoger y la boca siempre dispuesta a esparcir la misericordia que engrandece, de este Hombre que nunca muere, de este Cachorro que nos hace sentir el milagro de la vida. ¿Puede ponerse en duda, quien pudiere contemplarle, que Dios es nuestro Padre y Señor?

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