…Y con el once, Benítez

AntoniobenitezSiempre la épica. No tenemos otra mención que ésta ni recordamos ninguna etapa en la que no saliera a relucir la heroica para ir reescribiendo constantemente su historia. Es el sino del Betis. Forjada en los más duros trances se regusta en las victorias porque sabemos lo difícil que es conseguirla. Nunca tanta pasión se recompensó de manera tan efusiva. Es la trayectoria. Son los ciclos que en los que se forman los jóvenes que se aferran al blanquiverde, a las treces barras que conforman el mejor de los sentimientos. Unas rejas que encarcelan a la gloria.

Es el laurel que corona a quienes vierten su vida en la hazaña. Ésta es la memoria del beticismo, en ellas se aferran las emociones que transmiten las generaciones, el grito que se aúpa en el aire y va dando vida al sentir. Si solo nos convence la victoria, si solo nos conducimos cuando los vientos son favorables, estamos desoyendo el gritos de nuestros ancestros que nos explicaban la diáspora por las regionales, los traslados a los pueblos, a las pequeñas ciudades. El dolor curtiendo la piel donde se funde las realezas del escudo. Hombre y mujeres que vieron cómo se iba engendrando un sentimiento, una manera de ver la vida, una filosofía para crecer.

Siento cómo llegan las imágenes, siento cómo se alteran las emociones en mí recordando los momentos en los que fuimos ungidos en la felicidad. Las lágrimas no tienen sentido con la tristeza sino cuando estallan los sentimientos mejores. Es la mejor manera de manifestar la alegría porque nos dejamos vencer por ella.

Ha fallecido Antonio Benítez. La bohemia hecha fútbol. El fútbol convertido en arte. Los mitos no se crean en la mediocridad sino en la superación y en la instauración de los valores, en la trasgresión de lo que muchos creemos imposible. ¡Tantos recuerdos! Uno no puede dejar de estampar su figura como la idealizó en su juventud. No reconozco aquellos héroes que nos hicieron felices en los inicios del verano del setenta y siete donde se rompieron los ciclos naturales para imponer la fuerza de los sentimientos. Y viene a mí aquel portento jerezano corriendo la banda, rasgando el aire con requiebro de su fútbol, dejando atrás la propia figura hasta convertirse en eco en sus contrincantes. Y viene a mí el tremendo dolor porque la cesión al portero se convirtió en gol. Había sido el mejor del partido. Desfondado, entregado a la causa del beticismo y sin embargo aquel error le perforó el alma. Ni el consuelo de los compañeros, ni los gritos de ánimo de los béticos que nos repartíamos por aquel viejo Vicente Calderón, lograron elevarle el ánimo. Pero siguió en pie, corriendo la banda, arrimando su hombro. Fue el mejor de aquella batalla. Pero el destino le tenía guardado una broma. Cuando terminó la prórroga se quitó las botas, se sentó en el césped y esperó, fija la mirada en la portería del gol norte donde la historia tenía reservada un hueco para este equipo. Antonio Benítez lloró como un niño cuando Esnaola paró el último penalti. Antonio Benítez besó el escudo que tenía su camiseta antes de fundirse con la amalgama de héroes que le acompañaban esa noche. Antonio Benítez sabía que las ilusiones son el mejor patrimonio de quienes acudían, domingo a domingo, al estadio, a dejar su alma animando, a reafirmarse en la condición que había recibido de sus padres, y éstos antes de los suyos. En aquel aluvión de alegrías, en aquella amalgama de nuevas esperanzas, no cesaba de mirar donde ondeaban las banderas verdiblancas. Sabía que allí residía toda la grandeza y la hermosura de la condición bética. Ni el error le quitó un ápice a su nobleza, al gran partido que realizó. El mito se elevó en su humildad y en su bondad. Ha fallecido Antonio Benítez. Un jerezano que echó raíces en el mejor campo, un labrantío cultivado con corazones que siempre recordarán al once que corría la banda de Heliópolis para que los niños soñáramos un día poder llegar a ser como él. Como futbolista y como persona. Se ha ido Antonio Benítez. Nos queda su memoria, sus lágrimas, su entereza, su humanidad y su beticismo. Y eso no nos lo puede quitar nadie. Siempre nos quedará la impronta de la magia de la megafonía del Villamarín, en las claridades de una tarde de domingo, terminando el recital de los nombres que alimentaban nuestra imaginación y fascinaban la ilusión… Y con el once, Benítez.

 

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