Tiempo de Cuaresma. Los ladrones de la sorpresa

CUARESMA1No hay elementos que puedan perturbar la memoria más poderosa que los que reposan en el presente. Enfrentarse al momento y compararlo con las imágenes que permanecen agazapadas en las trincheras de los recuerdos, es hundirnos en el dolor. Ni siquiera el cielo parece nimbarse con la luz de una tarde en la plaza del Salvador para rescatarnos de la nostalgia, con esa banda sonora de risas de niños que juguetean mientras retumban sus pasos en las viejas tablas de la rampla de la Iglesia Colegial donde habitan el Amor y la Pasión que esperan impacientes a que las horas mueran para resucitar en el resplandor de un domingo de palmas y aclamaciones, de romero enlosando el asfalto para transformarlo en candente sendero por donde transitarán los hosannas y las exclamaciones multitudinarias. Todo perturba la memoria y regresa la emoción de la impaciencia traspasando los umbrales de los pórticos eclesiales para vencer las tinieblas que rodean el sentimiento que se expone al culto en un altar donde hierven las emociones mientras la cera se funde y se desparraman los aromas del incienso por las alturas de la nave principal intentando alcanzar los cielos que se esconden tras las piedras.

Son los momentos que nos sitúan en la niñez, los instantes que reviven aquel tiempo para instalarnos en la felicidad y la belleza que descubríamos. Todo nos era nuevo. Nos instruíamos en las emociones que nos llegaban envueltas en las enseñanzas sentimentales de los que nos antecedían y soñábamos con la llegada de los cielos azules y la prolongación de la luz en las tardes para advertirnos de la llegada de la primavera. Hasta el aire parecía confabularse para mostrarse más transparente y las calles se transformaban en cristalinos senderos que confluían siempre en la ojiva de una iglesia donde se disponían las pasos desnudos, aquellos esqueletos de madera que todo un misterio por descubrir, aquellas estructuras donde, apenas unas semanas después, y transformadas por el oropel, las flores, las sedas, los terciopelos y la plata reluciente, se erigirían en verdaderos escenarios de los momentos de la pasión del Señor o servirían para recoger las lágrimas de la Santísima Virgen.

El tiempo nos alcanza para rebatirnos en nuestros placeres, para retraernos el sentimiento místico de la contemplación de un primer nazareno doblando las calles para presentarse de improviso y recoger la exclamación de un niño señalándole porque es el anuncio de la gran fiesta que estaba por llegar. El tiempo nos recortaba los momentos y nos mantenía en vilo en aquellas vísperas de cuarenta días en las que se nos abría el alma en el mismo momento en el que nos signaban la frente con ceniza y una cruz grisácea nos avisaba de la fugacidad de la vida, de la rapidez con la que pasarían las semanas santas de nuestra existencia. Todo tenía un valor y un mérito. Todo se rodeaba del misterio que nos convocaba a la sorpresa ante la contemplación del primer paso de misterio, ante la necesidad de asombro por la cadencia con la que movían las bambalinas de un palio en la estrechez blanca de una calle del barrio, ante el descubrimiento por la sobriedad con que se nos mostraba la muerte de Cristo, dulcificado por una alfombra de lirios a los pies de la cruz. Todo nos era inaudito porque todo nos era nuevo cada primavera.

Han pasado los años. En la ráfaga del viento, que nos fue desprendiendo de la inocencia y de los primeros sueños de niños nazarenos, venía prendida la ruptura de las emociones suplementada por un ansía del conocimiento. No es que el tiempo aquel fuera mejor. Es que era distinto. Los mitos han ido cayendo conforme los avances técnicos nos restringían de la privacidad de los montajes de los pasos, de los altares de cultos, donde se abre el camino a una multitud expectante, y hasta los cambios de ropas de nuestras sagradas imágenes que se convierten en meros acontecimientos sociales. Nos están robando la intimidad, el momento del reencuentro con la sorpresa. Piensan, estas nuevas generaciones, que todo debe estar al alcance de todos, que todo es factible de ser puesto en conocimientos de todos. Nos estamos dejando vencer por la falsa tolerancia. Dejar abierta la puerta de la casa es exponerse al expolio. Éstos jóvenes, sumisos esclavos de las redes sociales, de extemporáneos comportamientos ante quienes se muestran contrarios a sus ideales, no entienden que el trigo no nace con la espiga y los granos, Quienes dejan ver vestir a la Virgen convierten en espectáculo lo que debiera ser un momento de intimidad. ¿Acaso dejan abiertas las puertas de las estancias donde se visten o se asean sus madres? Quieren verlo todo hasta consumir cualquier factor de asombro. Andar deprisa y sin medida nos puede llevar al borde del precipicio. Todo tiene su tiempo y su momento.

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