Tiempo de Cuaresma. Dios en la Macarena

quinasente7Se abren las puertas y toda la oscuridad se diluye con la fuerza lumínica del mediodía. Es una intrusión que viene a distraer a quienes se alejan del espacio cotidiano para recuperar la tranquilidad y la emoción del recuerdo, para instaurar en el ánimo la sencilla solemnidad del recogimiento. La semipenumbra, por unos instantes tan sólo, es absorbida por la candente fluorescencia del sol. Lo tenue se convierte en dorada claridad y la mansedumbre de las sombras, acogidas a sagrado en espacio que las preserva y cuida, queda delimitada a los rincones que se configuran en las capillas laterales donde se guarecen a sabiendas de su debilidad ante el fragor invasor que se impone desde la calle. En altar mayor se elevan las piezas de una vieja candelería que recupera su esplendor en los días grandes de las grandes celebraciones. No hay luz que refulja tan poco para iluminar tanto, ni fuerza universal para retener tanto tiempo, como no hay tiempo para retener tanto amor que viene a postrarse a sus plantas, a esos pies que se ofrecen para ser guías de los corazones que suelen perderse por la trochas de la vida. Esos pies son el camino que conducen a la felicidad, es la luz que ciega a la de la cera que se consume a su alrededor celosa del gran amor que les llega, del rumor que bisbisean quienes se apostan en los límites de aquel universo que tronca con la humildad de sus gentes, con la candidez de las oraciones y peticiones que llegan. No hay más grande liturgia, ni mayor gozo espiritual que avenirse a la mirada mansa del Señor.

Son los días grandes, las jornadas que preludian los sueños que se concretarán apenas la luna comience a azogar las almenas y las torres que custodian las viejas calles que antes fueron huertas y después ruta por las que se avecinaba la marcialidad y la hombría de quienes le escoltan en la madrugada más bella. Son las horas que se consumen en la angustia de la espera, en la ternura de esos besos que rozan los límites del cielo que son sus pies, que son sus manos prendidas por lazos de amor y entrega. Es la magnitud de la devoción que se muestra en las celebraciones de los cultos que anteceden a la primavera y le ponen aromas a las tardes y sentires a las noches. Es la música lejana de las cornetas y el redoble de un tambor que vienen enredando a la certidumbre de saberse cerca de la gloria, que se confunde, en lo más íntimo de la memoria, con las claridades de una mañana de viernes santo en los alrededores del mercado. Es la nostalgia de la voces que sabes que fueron reptando por la blancura de una pared hasta diluirse en éter donde habita la eternidad y que sin embargo escuchas y distingues entre el murmullo, una voz llamándonos a la comunión a asirnos de las manos para poder retener lo que instauraron éstos que nos antecedieron en la dicha.

Viene la luz a tomar posesión de la tarde, a desbancar la pereza y la somnolencia de los ocasos prematuros señalando las lindes nocturnas en el horizonte del Aljarafe, a recortar la languidez vespertina que viene dictada por la nocturnidad precoz de los últimos días del invierno mientras acceden al templo los viejos que nos enseñan a comprender y a querer lo que a ellos, otros, les hicieron comprender y querer. Es la transmisión que ronda los jaspes y la fachada de la Basílica. Son los siglos transitando desde San Basilio y San Gil hasta empotrarse en las láminas cruentas del mármol que embellece y ensalza la grandeza del sentimiento que se instauró en la Macarena para anudarnos a la devoción del Cristo que se entrega, del Hombre que se enfrenta al pecado y se deja ajusticiar por mor de la crueldad del mismo hombre al que creara.

Hoy, cuando se abran los ojos a la luz, cuando los pies se deslicen buscando la mirada que siembra la mansedumbre y la paz, en la basílica de la Macarena podremos refugiarnos en su semblante, aferrarnos a las manos que acariciaron la Esperanza y soñar con el mundo nuevo que se avino con la mayor de las injusticias. Hoy, cuando las horas arrastren a la tarde, el templo se llenará de la gloria y el aroma del incienso, el corazón se contraerá porque nos enfrentaremos a Jesús, el Sentenciado, el hombre bueno que siembra la Macarena con su Gracia. Hoy comienza el Solemne Quinario del Cristo de la Sentencia.

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