Tiempo de Cuaresma. El rito de los escaparates

escaparatePor inalcanzables, nos asombrábamos ante aquellas exquisiteces que se mostraban tras el cristal, la baliza fronteriza que nos separaba de la dulce degustación. Espigados nazarenos, como retraídos de una noche de domingo de ramos, bajando por la rampla de la colegiata del Salvador, confundidos con la penumbra que se había apoderado de la plaza, dispuestos en tramos confiteros sobre las estanterías de vidrio se nos ofrecían al deleite de la cata que nunca llegamos a saborear. La nariz pegada al escaparate mientras los ojos del dependiente nos espiaban de reojo al tiempo que ofrecía una sonrisa al cliente que atendía con profesional gallardía. ¡Qué nos gustaba observar los nazarenos de caramelos! ¡Qué lejos siempre de nosotros aquel lujo!

Echábamos la tarde del sábado paseando por el centro, antes al casco histórico se llamaba centro porque llegábamos desde los alejados barrios de la Cruz Roja, y algunos de Begoña o la  Barzola, que era donde vivían mis amigos. Accedíamos a la Campana por la calle Laraña, tras dejar atrás Santa Catalina, y la subíamos con la cadencia que nos procuraba la última etapa de la infancia. La luz comenzaba a declina por los aleros renacentista del ayuntamiento y la plaza de San Francisco era el oasis que nos reconforta de la estrechez de Sierpes. Allí siempre discutíamos sobre las razones que llevaron a prisión al príncipe del ingenio, cómo era posible que quién ideara la mejor y más grande historia de todos los tiempos, acabara con sus huesos en la frialdad de una celda por apropiarse de unas monedas de plata. Todavía la ingenuidad nos retenía la razón sin saber que muchos años después seríamos expoliados, engañados y hasta ninguneados por quienes nos gobiernan. Buscábamos entonces completar las colección de postales en las que figuraban los pasos de la semana santa y saltábamos las estanterías y los expositores, dando vueltas, hasta encontrar la que nos faltaba. No todas las semanas reponían.

En los escaparates de casa Rubio volvíamos a detenernos para contemplar aquel anuncio de la belleza de la mujer sevillana. El chantillí y el carey expuestos con delicadeza. La mantilla era el súmmum de la exaltación y soñábamos, mientras hablábamos, con visitar, con la niña de nuestros deseos, en una mañana de jueves santo, todos los sagrarios y presumir de la hermosura que nos cogía del brazo. Todo era sencillo porque buscábamos la naturalidad.

En el siglo sevillano, admirábamos al nazareno que nos recordaba la inminente llegada del gozo y aquel cartel, a su lado, que nos marcaba el tiempo, que nos señalaba los días que restaban para que la Paz asaltara las emociones en el Porvenir. Escrutábamos en la transparencia del escaparate, a los dependientes midiendo, con aquellos metros de madera que manejaban con destreza de esgrimista, piezas de telas, cortando con agilidad y maestría los trozos de ruán que se transformarían en túnicas para acompañar al Señor en la Madrugada, o terciopelos que se convertirían en ábsides para retener las oraciones y las lágrimas fruto de las emociones incontenibles. Luego ascendíamos por Chapineros y vertíamos nuestros anhelos en la consecución de aquellos escudos, bordados a mano. En Velasco se retenían nuestras inquietudes. Su escaparates nos mostraban todo la artesanía cofrade y señalábamos las insignias que ya poseíamos y que indudablemente eran mucho que las que se exponían en las vitrinas del establecimiento.

En el Salvador, tras cruzar el acceso de la cerería, nos alimentábamos con el aroma de los inciensos y la cera confundidos en solo concepto. Aquel era el olor de la semana santa, la sustancia que nutría nuestras almas. El dependiente nos dejaba unos segundo, antes de preguntarnos si deseábamos algo y uno de nosotros le respondía, con la naturalidad de la infancia, de que llegara el domingo de ramos y hombre sonreía cómplice de nuestros deseos.

Allí fueron quedando parte de nuestros recuerdos del tiempo mejor del hombre. Prisioneros en los estantes permanecen. Anclados en las transparencias que eran fronteras. Allí en los escaparates de los comercios, como una obra de Velázquez, quedaron los rostros de unos niños que hoy siguen tan ilusionados como ayer. Volvemos a buscarnos en los espejos y encontramos las sonrisas y las sorpresas de nuestra infancia, enclaustrados, esperando que retornemos cada año para ratificar que la felicidad está por llegar, que en breve manará del corazón el niño que fuimos, para gozar con el aire de la primavera cuando es acariciado  por la primera Cruz de Guía.

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