Tiempo de Cuaresma. La ostentación y la modestia

cofradias9En todas las reglas de las hermandades y cofradías de nuestra ciudad se recoge muy claramente, cuales son los pilares por los que deben regir su vida interior. Culto, formación y caridad. En estas tres premisas se sustentan las bases con las que se alimentan las estructuras espirituales de quienes componen estas asociaciones públicas de fieles. En ellas se refleja el espíritu que se nos anuncia desde el Evangelio, en la palabra transcrita de Cristo que llega a nuestros días con inusitada actualidad a pesar de los miles de años en las que fueron pronunciadas. Nos jactamos de enunciarlas y raro son quienes no las hacen valer en sus discursos cuando se quieren significarse como referentes en sus respectivas instituciones. Las atrapan en sus vocabularios y las hacen suyas, como si no hubiese un antes, como si hubiesen surgido por generación espontánea en la redacción de las reglas. Siglos llevan, gracias a Dios, ejecutándose en la vida interior de las hermandades. Siglos llevan ejecutándolas, precisamente, quienes permanecen en el anonimato, dedicándose desaforadamente a contribuir con el bienestar de quienes le rodean. Siglos llevan participando y acercando la obra del Señor a sus hermanos, a quienes comparten la fe con ellos y se han visto desposeídos de los beneficios terrenales. Gracias a estos hermanos, que apenas buscan mayor reconocimiento y satisfacción donde muchos aspiran a sobresalir y hacerse notar si apenas aportar nada y otros que los antecedieron en la tarea, tenemos unas cofradías significadas en las virtudes religiosas, unas hermandades que aún preservan el espíritu y la condición con la que fueron instituidas y que no son  otras que las de seguir los mandatos de Dios, alabar su nombre y bendecir la intercesión, siempre, de su Bendita Madre, la Santísima Virgen.

Pero siempre, porque somos hombres quienes gobernamos, hay conductas desaforadas que no promueven ni llevan a la piedad, a la caridad y ni siquiera, aun cuando nos esforcemos en ofrecer esplendor a nuestros cultos, a la fraternidad que debiera regir los comportamientos. Con demasiada frecuencia se establecen vínculos de enemistad en donde debiera predominar la armonía y el afecto. Que levante la mano quien no haya notado, alguna vez, el leve resquemor de una puñalada espaldera, ni quien no haya advertido una mirada con la que se nos perdona la vida. Mucho me temo que las puntas de los dedos se estirarán señalando las suelas de los zapatos.

Fraternidad es sinónimo de hermandad, un término que banalizamos con demasiada frecuencia. Las cofradías salen a la calle para armonizar los sentimientos, para agruparnos en la mesa que nos ofrece el Señor. Si desechamos de estas expresiones su verdadero y estricto sentido etimológico, si nos aferramos a la superficialidad de la locución y la convertimos en el advenimiento social, estamos engañando nuestra propia esencia, estaremos desechando la consideración y el legado de nuestros antepasados.

Las hermandades no son organizaciones para destacar, son instrumentos para acercar a Dios a quienes comienzan a alejarse, para restituir lo mejor del hombre que empieza a perderse en la enunciación y en la intención imponer nuestra superioridad y no reconocer nunca las obras que acometen otros, por muy bien que estén ejecutadas. Siempre habrá una palabra para revertir el esfuerzo y la dedicación de los semejantes por el mero hecho de no estar concebidas por nosotros. Aquí somos propensos a dictar, en las conciencias de los demás, nuestras propias frustraciones. Una de las expresiones que más suelen utilizarse es aquella de en mis tiempos seguido de un leve movimiento de cabeza para confirmar su aserto, y que tiene la intención de perpetuar las modelos que sirvieron, precisamente en sus tiempos, en unos precisos momentos pero que no tienen por qué ser los más adecuados en otros. O simplemente, partiendo de la base de no molestar ni ofender a nadie, de no restar justicia ni probidad ni quebrar la igualdad entre todos, que cada maestrillo tiene su librillo para la obtención de los mismos fines en beneficio de todos.

Tenemos que ser capaces de adecuar nuestras situaciones a la hermandad y que no sea ésta la que tenga que adecuarse a nosotros. Tenemos que potenciar la fraternidad, instaurar la concordia y la armonía porque es la única forma de conseguir que las cofradías nos sean vilipendiadas. Hoy que tanto se potencia la imagen, que no hemos ni podemos confundir con pretensión y figureo, que tanto consideración tiene la apariencia, debemos conseguir alcanzar la verdad, vivir en ella, conocerla para ser testimonio constante del mensaje de Cristo, ser consecuente con la Fe, sin olvidar el compromiso con la caridad y la formación.

Sigo asombrándome con quienes aparecen en una hermandad para obtener un reconocimiento social, para refrendar su propio ego. ¡Qué equivocados están! Y sigo asombrándome con la humildad y la modestia de aquellos que pasan de puntillas dejando una estela de bien hacer, de trabajo y dedicación. Éstos hermanos anónimos son los que hacen grandes a las hermandades y cuya mayor aspiración es poder reposar en los brazos de la Madre cuando sean llamados a su presencia.

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